1.1.- Un camino que irá hacia adelante

En esta época empieza a entretener a jóvenes y adultos durante las largas tardes de los domingos de invierno en el campo. Acababa de aprender a leer, y también –llevado por sus cualidades de simpatía y de fácil relación- a hacer juegos de manos. Aquellas tardes, con el vecindario reunido en algún establo del lugar, el joven Juan entretenía a su auditorio con algunos juegos y con cuentos y lecturas de los libros de caballería. Todo terminaba con el rezo del Avemaría y las oraciones de la noche.

Va creciendo en él poco a poco la vocación sacerdotal. Observa por las calles a los sacerdotes de los pueblos que, entregados con celo a su tarea, no obstante no tenían un trato familiar con los chicos. Sólo trataban a los adultos. “Si yo fuera sacerdote, lo haría de forma distinta. Me acercaría a los niños y a los jóvenes para charlar con ellos y darles buenos consejos”.

Juan, cuando tiene catorce años, conoce a don Calosso, viejo párroco de un pueblecito vecino. Encuentra en él a un buen amigo del alma. Don Calosso, conocedor de su vocación sacerdotal, empieza a enseñarle la gramática latina e italiana. Se convierte además en su buen maestro espiritual. Juan le abre su corazón y él le enseña a sacar provecho de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, y le enseña a hacer cada día un rato de oración personal. Serán los fundamentos de su formación espiritual. Un año después, Juan Bosco quien hasta entonces no había podido frecuentar la escuela por motivos familiares y por la distancia, se traslada primero a Castelnuovo y después a Chieri, y mientras trabaja como aprendiz de diferentes oficios, asiste a clase con compañeros más jóvenes que él. Su memoria y su despierta inteligencia hacen que adelante rápidamente y, en pocos años, adquiere el nivel propio de su edad. Durante su estancia en Chieri, Juan se convierte en el líder de sus compañeros de escuela y de diversión, gracia a su simpatía, su facilidad con el estudio y su honestidad. Funda con ellos la Sociedad de la Alegría, que tiene por base estas dos reglas: 1. evitar todo aquello que no es conforme al Evangelio y 2. responsabilidad en el estudio y en la vidacristiana. Los miembros de esta sociedad se reunían para estudiar juntos, para asistir a la catequesis y a la misa, y –sobre todo- para divertirse con juegos, historietas y lecturas de aventuras. En esa época, Juan alcanza fama entre sus compañeros y los vecinos de Chieri por su habilidad en los juegos de manos y de prestidigitación, así como en las carreras y saltos. Logra, incluso, ganar una apuesta a un saltimbanqui profesional. El corazón de educador se va formando lentamente en el joven Juan Bosco y aprende a ganarse a todos, compañeros y profesores.

A los veinte años, acabados sus estudios básicos y preuniversitarios, se plantea qué hacer en el futuro. Tiene clara su vocación sacerdotal, pero ¿dónde? ¿cómo sacerdote diocesano o como fraile? Después de reflexionarlo durante un tiempo, decide entrar en el convento de san Francisco de la ciudad de Chieri. Pero no queda tranquilo y su espíritu inquieto le hace soñar de noche: una voz le increpa “Dios te prepara para otras mieses”. Lo consulta con un sacerdote, pariente de un amigo suyo, y decide por fin ingresar en el seminario diocesano de Chieri.

En el otoño de 1835 Juan Bosco viste la sotana de clérigo. En tal ocasión su madre le hace esta reflexión: “Mi querido Juan, ahora vistes el hábito sacerdotal y eso me hace muy feliz; pero recuerda que no es el vestido lo que te honrará sino el estilo de tu vida. Si en alguna ocasión dudas de tu vocación, quítate esta ropa antes de deshonrarla. Prefiero tener un hijo labrador que no un hijo que sea un sacerdote indigno”.

Gracias a su maña en diferentes oficios de los que había sido aprendiz, ayuda a sus compañeros a la hora de coser la sotana, arreglar zapatos, o construir juegos de madera. Y observa con tristeza cómo los profesores del seminario no son cercanos a los jóvenes estudiantes, sino que se mantienen alejados y reservados. Esto aviva en él de nuevo el deseo de ser sacerdote para estar en medio de los jóvenes, para ayudarles en todo. Durante sus vacaciones de verano, ayudaba a los de casa en los trabajos del campo o fabricando muebles sencillos de madera. Seguía reuniendo a los muchachos de las casas de campo de los alrededores para enseñarles el catecismo y también a leer y a escribir.

Empezó a predicar, con el permiso del párroco, en las fiestas litúrgicas del verano por las parroquias de la comarca. Fue entonces cuando aprendió a habar a la gente sencilla con un lenguaje sencillo también, lección que le acompañará a lo largo de toda su vida cuando catequice a los muchachos, escriba libros de instrucción cristiana o predique alos adultos.

El año 1841 es uno de los más importantes en la vida de Juan Bosco. Acaba los estudios teológicos y es ordenado diácono y presbítero. A finales de este mismo año iniciará, deforma todavía tímida, lo que será, años más tarde, la Obra Salesiana. El sábado 27 de marzo recibe el diaconado, y pocos meses después, el 5 de junio, vigilia aquel año de la fiesta de la Santísima Trinidad, el presbiterado. Se marca todo un proyecto de vida en los días de retiro que preceden a su ordenación: “El sacerdote no va solo al cielo o al infierno; va acompañado de las personas que ha ayudado o a las que ha escandalizado. Por eso: 1. Me apartaré de todo aquello que me distraiga de mi vocación sacerdotal; 2. Trabajaré sin descanso a favor del Evangelio; 3. Lo haré todo con la paciencia y la dulzura de san Francisco de Sales; 4. Cada día dedicaré un tiempo a la oración personal; 5. Me mantendré siempre disponible a los demás, sobre todo en lo referente a la educación de la fe”.

Ahora ya no es Juan Bosco, o simplemente Bosco, como le llamaban los compañeros del seminario, sino Don Bosco. Deja el seminario y empieza una nueva etapa en su vida. Años más tarde escribirá: “El día en que tuve que dejar el seminario fue uno de los más tristes. Los profesores me querían y siempre me habían dado pruebas de auténtico aprecio. También apreciaba en gran manera a mis compañeros; puede decirse que vivía para ellos y ellos para mí. Si alguno necesitaba afeitarse o hacerse la coronilla en la cabeza, lo pedía a Bosco; si otro necesitaba arreglar el bonete o coserse la sotana, lo pedía a Bosco. Por todo ello me resultó sumamente dolorosa aquella despedida. Dejaba un lugar en el que había vivido seis años, en el que había recibido educación, conocimientos, formación eclesiástica, y todas las muestra de bondad y de cariño que se puedan desear”.

La ordenación fue acompañada por una serie de primeras misas y de fiestas en su pueblo y en los pueblos vecinos en los que el joven Juan había jugado y trabajado. Todos aquellos mozos que habían recibido sus enseñanzas y que con él se habían divertido durante sus vacaciones veraniegas, ahora le felicitaban porque era un cura de los suyos. Aquel verano, ya sacerdote, dedicó su estancia en su pueblo a celebrar la Eucaristía, a predicar, a visitar enfermos, pero, sobre todo, a enseñar el catecismo a niños y jóvenes, a hablarles, a entretenerles con juegos. De tal forma que iba siempre por la calle rodeado de un buen grupo de muchachos contentos de estar con su sacerdote.