"En el principio creó Dios los cielos y la tierra… Produzca la tierra hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto con su semilla… las bestias de cada especie… y vio Dios que estaba bien. Y dijo: Hagamos al ser humano" (Gn1,1)
Queridos amigos, lectores del Boletín Salesiano, en esta apertura del año me encanta presentarles los augurios para vivir en plenitud el 2007. Este año, en efecto, quiero hablarles del "Dios que ama la vida", como lo define significativamente un texto de la "Sabiduría". "Tú amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces… Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida" (Sab 11,24-26).
Dios ama la vida y nos regala
El tema de la vida es el eje de la Escritura; habla de ella desde la primera a la última página, demostrando que es un Dios que ama la vida, la crea, llegando hasta el punto de crearla de nuevo después de la muerte. Si al inicio la Biblia presenta la creación partiendo del caos primordial, y al final habla de "cielos nuevos y tierra nueva", en la parte central coloca, como elemento clave, la resurrección de Jesús. Es decir que: el único que realmente cree en la vida es el Dios que la creó. Y, para quien tiene fe, la comprobación se funda en el amor a la vida, en su promoción y defensa. Su vocación/misión se vuelve tanto más actual y exigente cuanto más provocativa y cínica es la "cultura de muerte" que nos inunda, amenazando la creación, la vida humana, su dignidad e inviolabilidad, su plenitud. Leyendo el Génesis nos damos cuenta de que la vida es un don: nos precede, no está en nuestras manos darnos la existencia, no descubrimos por nosotros mismos su sentido último y, sobre todo, no poseemos nosotros las claves para abrir las puertas de la muerte. Nadie puede adueñarse de ella, nadie puede comprenderla a fondo. Con excepción de Él.
La vida acogida con responsabilidad
Por cierto hoy, gracias al poder de la ciencia y de la técnica, el hombre es capaz no solamente de interpretar la vida y de volverla más agradable, sino de crearla en laboratorio y así, para los no-creyentes, ella ya no es don sino producto de la casualidad. Por lo mismo puede ser administrada según deseos y criterios personales. Pero esto es sólo un sofisma, porque no se trata de creación de la nada, sino de manipulación de la vida propia y ajena. La vida es don de Dios, y Él es el único capaz de crearla y donarla. Debe ser acogida con gratitud y responsabilidad: puesta a nuestra disposición no como propiedad de que disponer como queremos, según posibilidades científicas, racionales y/o culturales, sino como don que hacer fructificar.
La vida es sagrada
La vida es sagrada por su origen divino, está destinada a ser donada a los hermanos y, finalmente, entregada nuevamente a Dios. Quiero invitarlos a leer con reverencia, asombro y gratitud el primer capítulo del Génesis, auténtica obra maestra que presenta a un Dios victorioso sobre el caos primordial y que, a través de un maravilloso proceso de organización, orienta la creación hacia el ser humano, obra increíble salida de su fantasía creadora, plasmado a semejanza suya y destinado a unirse nuevamente al Creador. Es bello constatar que Dios, con un cuidado inteligente que reboza de amor, construye esta casa que es el mundo para que el hombre la pueda habitar. Nada de lo que existe en la creación es Dios, todo es criatura suya: las aguas, el sol, la luna, las estrellas, las plantas, los animales... todo está al servicio del hombre, quien está polarizado hacia Dios. En efecto, después del hombre Dios ya nada crea. A él le confía la custodia de lo creado, para que lleve a madurez su designio y él mismo, el hombre, se oriente hacia Dios para alcanzar la plenitud de vida.