No desear la mujer de tu prójimo

“La hierba del vecino es siempre más verde”. Es un antiguo refrán del que no conozco el origen, pero viene como anillo al dedo para mi pequeño drama familiar.

Mi querido hijito comienza a hacer comparaciones entre sus padres y los de sus amigos, compañeros de escuela; conoce a estas personas de una manera aproximativa cuando visita a otros compañeros o cuando los encontramos por la calle. Escucha nuestras conversaciones, y la conclusión es siempre la misma: las mamás de sus amigos son mejores que la suya.
¡Cómo quisiera tener una familia como la de ellos; una madre como la de su amigo! Pero, amigo mío, ¿qué conoces tú de ellos? La apariencia, la superficie, lo inmediato: ¿estás seguro de que viven exactamente de una manera tan alegre, serena y tranquila? Escarbo y descubro “la hierba del vecino”: está perfumada de permisos concedidos, de regalos en abundancia, de dulces y meriendas a cada hora del día, de mamás que “harían cualquier cosa” por sus hijos... es decir, les conceden de todo.
Tal vez debería inventar un nuevo dicho: “no desear la madre de un amigo tuyo”.
Me detengo a reflexionar y pienso que, a menudo, nuestros hijos sienten en nuestras conversaciones una nota de envidia por la casa de los vecinos, el trabajo de un amigo, las vacaciones de los primos y no se percatan de ver los tesoros que tienen al alcance de la mano todos los días: todo está por descontado y seguramente existe algo mejor.
Naturalmente no quiero banalizar las situaciones dramáticas de algunas familias destruidas por la violencia, incomprensión, miseria: los extremos no son de enseñanza para nadie, sin embargo quiero hacer un examen de conciencia como madre para comprender si todavía soy una persona con quien hablar o un distribuidor de prohibiciones y reproches. Los hijos son deseados y Dios a menudo concede esta gracia: pero puede suceder que nos olvidemos de este particular y los consideremos objetos que se deben pulir, mostrar, tener lejos de los peligros, sobre un lindo pedestal dorado.
Crecen frágiles y ante las dificultades que pueden ser de distinta naturaleza ante un pequeño reproche, una prohibición, una sanción, su pensamiento corre hacia un mundo más hermoso hecho de esa extraña libertad que lleva al aburrimiento.
En la vida de Jesús hay tantos padres que piden la gracia de la sanación, de la vida para sus hijos: verdaderamente son preciosos, pero deben crecer, llegar a ser adultos y Jesús, que no se quiere mostrar como un mago, un brujo, un médico sabio, pide a los padres la fe: esa familia será una célula viva, donde no reinará el aburrimiento, porque la fe ayuda, guía, sugiere sobre la mejor manera de amar y, por lo tanto de educar.
¿Qué es lo que nos empuja a buscar la “hierba más verde” cuando podemos encontrar el pan cada día? El deseo de todo e inmediatamente.
Pero nuestros tiempos no son los tiempos de Dios y por lo tanto nos cuesta adecuarnos; además el Padre no deja de reprocharnos, mediante la conciencia, las palabras de amigos o los consejos de personas de confianza; de aquí salen las reflexiones, algunas veces las renuncias, que sirven a hacernos comprender cuán débiles somos en la voluntad y la constancia (pero la exigimos de nuestros hijos...).
Así nos dirigimos a la “hierba del vecino”, al ternero de oro, a la mujer del otro, a la mamá de mi amigo: Inmediatamente nos sentimos felices, complacidos de nuestra elección, ¿y luego? A menudo nos damos cuenta que la “hierba no es tan verde y tierna”, que el ternero no es todo de oro y tampoco muy gordo, que la mujer del compañero no es mejor que su propia esposa que vive con nosotros, que la madre del amigo es severa para las tareas y ofrece sus cariños sólo cuando hay lindas notas.
En realidad somos mas bien mezquinos y buscamos la manera de presentar nuestro mejor lado porque nos preocupan un poco nuestros defectos: pero Jesús ha llamado consigo a Leví, un pecador público que ciertamente no estaba exento de “debilidades”, por lo tanto, ¿por qué esconder lo que realmente somos? Seguramente tenemos talentos y cualidades, tratemos de descubrirlos y ofrecerlos con generosidad: seremos “hierba verde y fresca” para nuestros seres queridos y para nuestro prójimo.


Johanna Saule

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