c) 19 de febrero

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO-CICLO A

Lv 19, 1-2. 17-18/Sal 102/ 1Co 3, 16-23/ Mt 5, 38-48

EL AMOR GRATUITO PLANIFICA LA LEY

En una sociedad utilitarista y de mercaderes, como es la nuestra, las cosas sólo parecen tener sentido si responden satisfactoriamente a intereses como: “¿Qué saco yo con esto?” o “¿Para qué sirve esto?”. Hoy todo se vende, todo se comercia y lo gratuito es difícilmente comprendido. Con todo, no entrar en la dinámica de la gratuidad es no comprender el amor y no saber dar plenitud a la ley, como nos enseña la palabra de Dios.

No ilumina la primera lectura con un texto del libro del Levítico. Es un fragmento de lo que los entendidos llaman “ley de santidad”, la misma que busca modelar el orden humano a partir de la santidad de Dios. Santidad es aquí un concepto que no habla tanto de una calidad moral, no era esa la mentalidad de la antigüedad, sino que apunta al hecho de que Dios en cuanto creador está más allá de todo, pertenece a otra esfera diferente de este mundo profano. Ocurre que el Señor santo de la Alianza exige la santificación de su pueblo, y esto no se obtiene con la construcción de un santuario y la práctica de un culto, sino con el cumplimiento de los preceptos de Dios santo. Ser santo supone pertenecer a Yahvé e implica solidaridad entre los hombres, mostrarles que Dios vive y ama. Según la mentalidad del libro del levítico, el ser humano no tiene que hacer cosas extraordinarias para responder a la exigencia de ser santo. Lo que ha de hacer es amar al hermano, al prójimo. Eso sí, a diferencia del libro del Deuteronomio, hay en el Levítico una visión nacionalista de prójimo, pues se trata de no causar prejuicio a la propia sangre en una contexto de comunión fraterna. Se invita al israelita a evitar hacia los suyos actitudes de rencor y venganza, así como evitar todo sentimiento hostil. La palabra de Dios exige, pues, aquí no sólo un comportamiento exterior acorde a la ley, sino que intenta alcanzar el corazón humano inculcándole el amor.

Resuenan hoy en nuestros oídos los versos del salmo 102, salmo que canta a la ternura de Dios. Es la oración de un pecador que al sentirse perdonado sube al templo para ofrecer un sacrificio de acción de gracias. Acude acompañado de una muchedumbre de amigos y parientes, a quienes invita a tomar parte en la ofrenda sacrificial y participar de su acción de gracias. Su alabanza considera la bondad de Dios para los demás hombres, su providencia y su fidelidad, es decir, un amor sin medida para el justo y una extraordinaria longanimidad para el pecador. Luego, es un himno al amor de Dios, al El Dios de la Alianza.

El evangelio de este domingo continúa la enumeración de ejemplos concretos, iniciada la semana pasada, manifestando la dinámica de sentido y significado que Jesús dio a la ley de Moisés. El Señor va más allá de la antigua ley del talión. Ella no era tanto una ley bárbara, sino una norma medianamente civilizada, que ponía límite al afán desmedido de venganza que todos llevamos en nuestro interior. No evitaba la venganza, pero al menos la hacía proporcional a la ofensa y no podía llevarse más allá: ojo por ojo, diente por diente, sí; pero no más. El señor invita a sus discípulos a no contentarse con esta medida: “Yo, en cambio, les digo: No hagan frente al que los agravia; a quien te pide, dale…”. En primer lugar se enuncia el principio general: no hacer frente al agresor, es decir, no recurrir a la violencia. Este principio viene después explicado prácticamente a base de casos gráficos, paradójicos y hasta chocantes.  Veamos. “A quien te pone pleito para quitarte la túnica, dale también la capa”. La túnica era la prenda interior de vestir, la capa, la exterior. A quien se ve enjuiciado por otro, que pretende quitarle la ropa interior que lleva, pues cree que se la ha robado. Jesús le dice: “dale también la ropa exterior”. La propuesta nos deja atónitos, pues equivale a decir que nos quedemos desnudos. Y añade el Señor: “A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos”. El caso contemplado por Jesús es el del invasor romano obligando al judío a llevar una carga por espacio de un kilómetro. La propuesta del Señor es, de nuevo, para dejar atónitos: dobla la distancia que te exige el invasor. Y en este sentido, el discípulo de Jesús debe arrancar de su corazón el sentimiento de venganza y ha de estar dispuesto a hacer más de lo que está estrictamente obligado: presentar la otra mejilla, dejarse cortar la capa, no esquivar a los que piden. Más aún, debe llegar a amar a los enemigos, es decir, no debe tener enemigos, como no los tiene el Padre celestial. Jesús, pues, llevó la ley a su perfección: el “prójimo” que debemos amar son todos los hombres, sin excepción, a diferencia de la visión levítica, y en clima de gratuidad, no de un cumplimiento de la ley por la ley.

Si no comprendemos lo gratuito, lo que no lleva consigo un interés egoísta, es imposible entender mínimamente lo que puede significar el amor que Dios nos tiene o el que se nos pide que tengamos a los demás, incluso a los enemigos. Dios no está en la familia, ni en la raza, ni en la nación; está únicamente en el acto de amar y el amor no se compra, no se negocia, no se vende, es puramente gratuito. El amor cristiano no depende del espacio, no se circunscribe ni al lugar, ni siquiera al tiempo. Se trata de dejar claro que lo que nos propone Jesucristo, al evocar la invitación de ser santos como el Padre celestial, es un intento de vivir a imagen y semejanza de Dios Padre. Y ello no se alcanza con un intento de ser perfectos en el cumplimiento de muchas normas, sino a través de la comunión y del amor gratuito. Si este es el ideal, ¿quién podrá alcanzarlo? Para nosotros parece algo imposible, pero para Dios no lo es. El verdadero amor sólo se muestra en el amor verdaderamente gratuito, que no busca lo suyo ni la simple correspondencia. Esto es lo extraordinario y la verdadera perfección. 

P. José Antonio Pachas SDB