b) 14 de enero

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO-CICLO A

Is 49,3.5-6/Sal 39/ 1Co 1, 1-3/ Jn 1, 29-34

PECADO DEL MUNDO Y CORDERO DE DIOS

El color verde de los ornamentos nos señala hoy que es este un domingo del tiempo ordinario. Atrás quedaron las vestiduras blancas de la navidad y los festejos poéticos del nacimiento del Señor. Si el color blanco refiere a la gloria, el verde nos remite a la esperanza, pero una esperanza que encuentra un fundamento sólido en Cristo Jesús.

Resuena hoy la voz de Isaías, hablando a gente decaída, dispersa, débil y apagada. Buscaba levantar los ánimos, no con falsas promesas, sino con hechos concretos. Sus palabras expresaban que Israel llegaría un día a poseer la gloria del Señor, pero en la persona de un siervo, y por medio de este personaje, la bendición de Yahvé se extenderá sobre su pueblo. ¿Quién es este siervo? No es fácil responder a la pregunta. De cierta manera, representa en su persona a Israel como canalizador de la liberación que todos los pueblos recibirán de Dios. Isaías añadió la figura del cordero que no abre la boca cuando lo llevan al matadero, y que herido, soporta el cruel tormento que nos trae la paz. Un cordero inocente con una muerte vicaria, porque muere por otros. Y su sacrificio se convierte en fuente de vida y santificación para muchos. A la larga, un siervo bien dispuesto que viene a hacer la voluntad de Dios, como expresa el salmista.

En sintonía con esta palabra, Juan evangelista nos presenta hoy al Bautista dando testimonio de Jesús. La imagen del precursor del Señor, con el brazo extendido y el dedo apuntando a Cristo, es más sugestiva que aquella otra en que aparece con una pequeña vasija en la mano, bautizando a orillas del Jordán. ”He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, dijo con resuelta voz. Para los judíos que le escuchaban, la alusión era clara, para nosotros quizás no tanto. Según la ley de Moisés, los judíos sacrificaban animales para la purificación de sus pecados y en la gran fiesta de la Pascua sacrificaban gran cantidad de corderos. En sus costumbres sagradas, ofrecían a Dios un cordero, pero la sangre de los corderos no podía  perdonar los pecados. El Bautista anunció que ha venido el Cordero de Dios, expresión que corresponde a lo que anunciaba el profeta: “Tú eres mi siervo… Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”. Este Cordero es un Salvador que escoge un camino diferente al esperado, porque no es la senda del dominio ni la búsqueda desenfrenada de poder, sino el derrotero del servicio y la entrega sacrificada.

Jesús, pues, vino no como el cordero ofrecido por los judíos en el Templo para expiación de sus culpas, sino como el Cordero que libremente se entregó por nosotros y fue llevado al matadero por nuestros pecados. Él perdona los pecados porque es Dios y hombre y así lo reconoce y lo confiesa el Bautista: Jesús “ha de bautizar con Espíritu Santo”. Juan, iluminado por este Espíritu, pudo descubrir a Jesús entre la multitud y desvió humildemente la atención de las investigaciones sobre su persona. Ahora la mirada ha de centrarse en Cristo, que ya estaba presente, pero que todavía no era “conocido”. Juan practicaba un rito bautismal que invitaba a la conversión, pero no obtenía el perdón de Dios, era un signo que preparaba los corazones para la venida del Señor. Sólo la sangre de Cristo, derramada en la cruz por nosotros, nos obtiene el perdón del Padre por nuestros pecados. Él posee el Espíritu Santo  y bautiza en su poder para darnos la vida nueva de la gracia. Por tanto,  es mayor que Juan: existe antes que él, está sobre él y es nada más y nada menos que el Hijo de Dios. El testimonio del Bautista tocó el centro del misterio de la persona y obra de Jesús, Hijo de Dios, Salvador, desentrañando algunos elementos: Cordero de Dios, poseedor del Espíritu y verdadero Hijo de Dios. Este Cordero vino cono luz e inició su ministerio en un mundo marcado por las tinieblas del pecado y del error.

El tiempo ordinario, pues, nos presenta es domingo la figura de Cristo, el siervo o cordero sufriente que nos obtiene el perdón. Esto es muy importante, porque asistimos actualmente a la pérdida de la conciencia de pecado bajo la dictadura de una conciencia no bien formada y de un relativismo moral asfixiante. Hoy se banaliza el pecado, se dice  que todo está permitido, que lo importante es ser feliz a cualquier precio. El pecado, en singular, consiste en oponerse a la vida que Dios comunica, frustrando así el proyecto sobre el hombre, pero no hemos de cerrar los ojos ante la presencia del pecado social, porque hay estructuras sociales que por sí mismas son injustas y pecaminosas, siempre en desmedro de los más débiles y olvidados. En realidad, la expresión “pecado del mundo” alude a la presencia del mal en nuestra sociedad. ¿Cuál es el pecado del mundo? La oscuridad del error, la soledad de quien ha perdido el sentido de la vida, la espiral de violencia, la  falta de fraternidad y solidaridad, las idolatrías engañosas con sus propuestas de poder y placer.

El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personal y comunitariamente. Nosotros también necesitamos el Espíritu Santo para descubrir a Jesús presente en nuestras vidas bajo apariencias múltiples. Quizá el gran pecado de nuestra vida cristiana sea un pecado de omisión, porque hemos sido llamados para ser luz del mundo y no lo somos. A menudo elegimos el camino de la tiniebla y eso nos hace culpables. No podemos considerarnos inocentes en un mundo dividido, en una sociedad injusta, en un sistema deshumanizado.

P. José Antonio Pachas SDB