a) 26 de febrero

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO-CICLO A

Is 49, 14-15/Sal 61/ 1Co 4, 1-5/ Mt 6, 24-34

SIN ANGUSTIAS NI AGOBIOS

En nuestras costumbres diarias, solemos buscar fundamentalmente lo que nos parece necesario. Y aunque parezca mentira, es una costumbre que agobia interiormente. Parece que es un mal de todos los tiempos el del agobio y la enorme preocupación por cosas que no están en posesión nuestra, y así, nos estresamos vanamente frente a las preocupaciones desproporcionadas o el intento de vivir más allá de nuestras posibilidades. Pero hoy la palabra de Dios nos invita a ir más allá de esto.

¿Puede Dios olvidarse de su pueblo? ¿Puede Dios olvidar a cada uno de sus hijos? El capítulo 49 de Isaías perteneciente al “libro de la Consolación” y hace referencia directa a ésta, ya que se trata de unos hermosos versos de consuelo que el profeta dedica a Jerusalén, conocida como Sión. El profeta anunció el inminente regreso del destierro babilónico, sin embargo, Sión lamentó haber hecho experiencia por muchos años del silencio de Dios y parecía no sentirse con fuerzas para compartir esta buena nueva, llegando incluso a acusar a su Señor y libertador. La pregunta planteada por el profeta era legítima y su respuesta caía por su propio peso: ¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas?”. La respuesta lógica es un “nunca jamás”. Y aunque esto ocurriera, hecho poco probable, el Señor nunca podría abandonar a sus hijos, a su pueblo. Dios solo “olvida” el pecado del hombre una vez perdonado, pero nunca olvida a sus hijos. Su amor no es solo paternal sino también maternal, pues así como un hijo sale de las entrañas maternas y recibe los cuidados amorosos de su madre, así también el amor entrañable de Dios hacia los suyos. Por tanto, Sión se ve invitada a  despojarse del traje de la desesperación para vestirse de gala, porque Dios está muy cerca y sale al encuentro de los tormentos y preocupaciones que agobian a los hombres y les da su soporte oportuno.

En consonancia, las dulces palabras del Salmo 61 son un canto de confianza en el señor: “Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré”. Sin embargo, esta confianza en Dios contrasta con una confianza idólatra que lleva a buscar la seguridad y la estabilidad en la violencia, en el robo y en la riqueza, por lo que el salmista eleva a sus oyentes un llamado: sumamente claro: “No confíen en la opresión, no pongan ilusiones en el robo; y aunque crezcan sus riquezas, no les den el corazón”. Si fuéramos más conscientes de nuestra vida efímera y de nuestros límites, no escogeríamos el camino de la confianza en los ídolos, ni organizaríamos nuestra vida según una jerarquía de “valores” frágiles e inconsistentes. Optaríamos más bien por la otra confianza, la que se centra en el Señor, fuente de alegría y paz.

A la luz del evangelio hemos de subrayar que Jesús apenas hablaba del Padre, pero siempre hablaba desde el Padre, a quien sentía, amaba, y con quien vivía Hoy acudimos a uno de los pocos textos en los que, además, Jesús habló del Padre. Se trata de una instrucción sobre las preocupaciones de esta vida en relación con la premura del reino. El texto empieza anunciando la disyuntiva: o Dios o el dinero, y grafica el mensaje a través de dos comparaciones. El primer símil es el de los pájaros, que ni hilan ni tejen, pero Dios los cuida con amor. No busca resaltar la ociosidad sino la serena actividad, sin inquietudes ni agobios. Si el Creador colma en demasía la actividad pequeña y elemental de los pájaros, cuánto más colmará el deseo profundo de sus hijos. No está prohibido trabajar sino hacerlo en la intranquilidad y la angustia. El segundo símil es el de los lirios del campo, asimilados a la hierba. Ellas visten hermosos colores, ni Salomón en todo su esplendor pudo vestir como ellos. Si Dios viste pomposamente a las flores, mucho más hace por sus hijos que con fe claman a Él. Es el Dios trascendente, pero inmensamente cercano al hombre; el Dios omnipotente, pero delicado en su amor para cada hombre y cada cosa. Por tanto, es muy importante no caer bajo el agobio de las preocupaciones de la vida, porque Dios se preocupa del que cree en esto, que es esencial: la opción por el reino. En conclusión, lo mismo que los paganos “buscan” un tipo de vida lo más llevadero posible, los creyentes “buscan” gozosamente el reino y ponen en Dios su confianza. Buscar sobre todo el reino de Dios ha de ser la primera preocupación del cristiano y la única preocupación verdaderamente importante.

El silencio divino también nos abruma a los hombres del siglo XXI. En nuestro caminar cristiano acudimos a etapas de oscuridad, zozobra y miedo. ¿Qué hacer? Evitarnos la angustia y el agobio personal, que nada soluciona. Las situaciones tan frecuentes de sobrecarga y tensiones hacen que la persona se desmorone encerrada en sí misma y sus agobios. Hacer experiencia del amor entrañable y providente de Dios genera cristianos adultos y libres. Un hombre libre, sin esclavitudes internas, no se instala, vive siempre como invitado y huésped. Posee y disfruta pero no es poseído. Ni adora la riqueza ni la maldice; usa libremente de ella y la comparte fraternalmente en ilimitada mesa redonda. Jesús quiere invitar a todo hombre a ser persona, a ser él mismo, señor de sí mismo y de sus circunstancias, y así dar el paso y ser para los demás instrumento de paz y de concordia. Invita a vivir en el cada día y en el cada asunto que valga la pena, desde una filial relación con nuestro Padre. ”Sobre todo busquen el Reino de Dios y su justicia: todo lo demás se les dará por añadidura”. Es una vida centrada en algo que valga realmente la pena, y por ello vivir y morir.

P. José Antonio Pachas SDB