d) 5 de febrero

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO-CICLO A

Is 58, 7-10/Sal 111/ 1Co 2, 1-5/ Mt 5, 13-16

SAL Y LUZ DEL MUNDO

Puede ser algo real o meramente simbólico, pero el hecho de ser sal y ser luz es algo que tiene su importancia: la sal da sabor y la luz ilumina. Elementos propios de la vida cotidiana que Jesús tomó para ilustrar sabiamente la razón de ser de todo cristiano. Profundicemos esto según la palabra de Dios de este domingo.

La palabra de Dios nos llega hoy por la voz del profeta Isaías. Son tiempos de incertidumbre: vueltos del destierro e instalados en Judea, las obras de reconstrucción del Templo y de las murallas son lentas y desalentadoras para los judíos, que se esforzaban por encontrar el camino de Yahveh su Dios, por serle fieles y por realizar una época nueva  de justicia y de paz. Para tal fin, multiplicaron los días de ayuno y otra serie de penitencias. Probablemente el día en que habló el profeta fuera un día de ayuno en el que se conmemoraba la caída de Jerusalén. Ocurre que el pueblo se quejaba ante Dios, porque su fidelidad mostrada en la escrupulosa observancia del ayuno parecía servir para nada, pues Dios se ha callado y ni oye ni entiende. El día de salvación para el pueblo no aparecía por lado alguno. Cundía, pues, el desánimo y la disposición a abandonar la estricta observancia ritual. El profeta, en nombre de Dios, les salió al paso. Con sus palabras abrió los ojos de la gente sencilla, cuyos gritos eran sinceros, para que vean la hipócrita maldad de las clases dirigentes. Les deja en claro que el ayuno que Dios quiere es la observancia de la caridad para con el prójimo. Desde los más elementos más básicos como la comida, la bebida y la habitación, hasta los más altos derechos de la persona humana como es el respeto a su libertad, romper las ataduras y quebrar todos los yugos. Es la manera concreta como se puede ser sal y ser luz. Se trata simplemente de esto: compartir el pan, y el techo y el vestido; desterrar la opresión, el gesto amenazante y la maledicencia. No se puede decir más en menos. Y, naturalmente, añadimos, es hacer todo esto por  Dios. La promesa de Dios es clara: la verdadera restauración vendrá cuando el creyente colabore en la restauración de su hermano.

Escuchamos la oración del salmista, cuyos veros parecieran invitarnos a hacer experiencia de una felicidad un tanto rudimentaria. El hombre de hoy, como el hombre de los tiempos del salmista, también aspira a una vida de familia feliz, a un cierto éxito en sus empresas, a la tranquilidad de alguien protegido de la desgracia. Dios no nos prohíbe ser felices, al contrario, es su designio amoroso que lo seamos. Pero la felicidad profunda no está en los bienes materiales por más importantes que estos sean: hay una felicidad que nadie puede arrebatar al justo y es su justicia misma. Es decir, la felicidad que brota del compartir, de cumplir el deber, de hacer correctamente los negocios, a riesgo de pobreza, en un mundo sin conciencia. Son muchas las bendiciones que Dios acumula sobre la cabeza del justo: “Su linaje será poderoso en la tierra, en su casa habrá riquezas y abundancia; jamás vacilará, no temerá las malas noticias, su recuerdo será perpetuo”.

Mateo, el evangelista, continúa hoy con las enseñanzas de Jesús proclamadas desde lo alto de la montaña. Esta vez a la sazón de dos sencillas metáforas que parangonan la vida cristiana con dos simples elementos de nuestra vida: la sal y la luz. Ambos elementos tenían en el mundo antiguo la fama de ser imprescindibles. La sal sala, da sabor, permite mantener los alimentos y evitar su descomposición. La luz alumbra y permite ver las formas y colores de cada cosa. De manera similar, los discípulos del Señor han de ser sal de la tierra ¿Qué significado tiene esto? Indica que con las buenas obras y el testimonio de vida conforme al Evangelio han de dar sabor y valor a la humanidad. Pero hay un grave riesgo, porque si la sal se vuelve sosa, es decir, si pierde su sabor, si termina adoptando el estilo y los valores propios del mundo, entonces ya no se va contracorriente, ni se vive más el espíritu de las bienaventuranzas. Aunque propiamente la sal no puede perder su sabor, aquí la imagen quiere expresar que los discípulos pueden perder esa capacidad de manifestar, con sus obras y su testimonio, el Evangelio. La segunda comparación, la luz que brilla, gira en el mismo sentido que la anterior, pero subraya la necesidad de que las obras de la comunidad de los discípulos sean visibles por los demás hombres.

A dos mil años de distancia en el tiempo, vemos hoy que son muchos los que se presentan como la luz de nuestro mundo en una suerte de mesianismo político, económico, social, etc. Políticos con vocación de  salvadores, científicos con complejo de creadores; médicos con pretensiones de ser amos y  señores de la vida y de la muerte, pensadores que se tienen por conocedores de todos los  misterios del hombre, teólogos y hombres de Iglesia que se sienten poseedores y  administradores de los misterios de Dios. Todos pretenden saber la verdad sobre el misterio de Dios y del hombre, y por tanto, creen tener la fórmula correcta para guiar los destinos de la  humanidad. Se elaboran proyectos y se cambian estructuras, pero si los corazones de los hombres no son como la sal y como la luz, es inútil. A la larga, luces que quieren brillar con nombre propio. La luz y la sal no pueden ser para el cristiano sólo el culto; no es luz y sal el hombre  rezador aislado de sus semejantes ni el hombre que ha compaginado, extrañamente, el llamar  a Dios Padre y no tener a los hombres por auténticos hermanos. Hoy nos queda ser honestos y no temer a responder a estas preguntas:   como Iglesia al servicio del Reino ¿somos  verdaderamente sal? ¿Damos verdaderamente luz? ¿Ve la gente nuestras buenas  obras? Si no es así, ¿cómo queremos que glorifiquen al Padre del cielo, que descubran el rostro  de Jesús y que éste les atraiga?

P. José Antonio Pachas SDB