d) 12 de febrero

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO-CICLO A

Eclo 15, 16-21/Sal 118/ 1Co 2, 6-10/ Mt 5, 17-37

LIBERTAD Y ESPÍRITU DE LA LEY

La vida humana se asemeja a aquellas películas donde luchan los buenos contra los malos. Nuestra gran tentación consiste en creernos siempre buenos y no querer cargar con el peso de la propia responsabilidad frente a lo que no está bien, en querer culpar a otros incluso de los propios errores cometidos. El hombre es el único ser de la creación que puede decir sí al bien y a la vida, pero es también el único ser que puede decir no al bien y degradarse como los animales salvajes. El libre albedrío nos permite elegir, pero solo cuando estamos en el bien somos verdaderamente libres. Conviene no olvidar esto, porque si hay algo que el mundo defiende a cualquier precio es precisamente la libertad de los individuos y de los grupos. Sin embargo, nunca está de más preguntarnos: ¿somos verdaderamente libres?

La primera lectura de hoy toma un fragmento del libro del Eclesiástico. Es en el fondo un diálogo entre el maestro y su discípulo. El discípulo de Ben Sirah objeta: “Mi pecado viene de Dios…Él me ha extraviado”; pero el maestro le responde convencido: “No digas eso, Dios no mandó pecar al hombre”. Dicho de otro modo, el hombre tiene ante sí dos vías: “Ante ti están puestos fuego y agua, muerte y vida, el camino de la sabiduría o del pecado”, y seguir la senda de una en desmedro de la otra depende de la decisión personal de cada uno, por eso añade: “Echa mano a lo que quieras… te darán lo que escojas”. En efecto, el Señor, después de crear al hombre, dejó todo en manos de su propia decisión y tanto sus buenas acciones como su pecado son fruto de su libre albedrío, de su propia elección. El Señor es inocente, no saca ninguna utilidad engañando; más aún, odia toda maldad, tanto de palabra como de obra. Jamás quiere el mal para nadie y si se da, lo sanciona y le pone freno. Luego, ante el hombre siempre está la posibilidad de la vida o la muerte, si quiere, puede optar por la primera, pero si elige el pecado, la responsabilidad es sólo suya, no puede culpar a Dios. El Creador hizo al hombre libre y nunca actúa en contra de esta libertad. Los israelitas estaban tan convencidos de que nada se hacía sin Dios, a tal punto que les costaba explicarse cómo un hombre puede pecar sin que ésa sea la voluntad de Dios. Pero, aunque les faltasen fórmulas para explicarlo, consideraban siempre al hombre responsable de sus actos. Para el pueblo de Israel un mandamiento no tenía el sentido de ley según la mentalidad moderna. Un mandamiento es siempre una propuesta de libertad, aunque nos parezca paradójico. El Dios de Israel estableció unos mandamientos para escoger la vida y no la muerte.

En respuesta a esta palabra, proclamamos el salmo 118, el más largo de los salmos. Es un elogio a la ley compuesto por un israelita, joven y piadoso, que vive rodeado de indiferencia religiosa. En sus versos abre y expresa sus sentimientos,  manifestándonos su propia experiencia: “Estoy tan afligido. Mi vida está siempre en peligro, porque los malvados constantemente me tienden un lazo. Pero yo encuentro siempre luz en tu palabra, ella es una lámpara para mis pasos; iluminado por ella, aunque las tentaciones sean fuertes, yo no me desviaré de tus decretos”. Palabras que semejan cinceladas de versos al servicio de una sola idea: la excelencia de la ley. Al cantarlo hoy como salmo responsorial, proclamamos que la verdadera felicidad nace en la fidelidad a Dios, que manifiesta su voluntad por medio de la ley.

El evangelio continúa hoy las enseñanzas el sermón del monte, iniciado hace dos domingos. Mateo pone en frases de Jesús un breve repaso de cuanto la ley exigía a sus contemporáneos, añadiendo la advertencia de que el Señor no ha venido a destruirla sino a darle cumplimiento y plenitud. ¿Acaso se oponía Jesús a Dios? No a Dios, sino a la interpretación que los escribas y fariseos hacían de la ley. De hecho, Jesús fue mucho más lejos que las escuelas rabínicas de su tiempo, porque frente a la ley escrita se situó al nivel del amor. Esto es muy importante, porque a menudo, aferrarse solo  a la ley es condenarse a un mínimo sin vida. Y esto precisamente es lo que hacían escribas y fariseos, contentándose con una justicia que no es la justicia de Dios y sin descubrir el camino del Reino. A través de cuatro antítesis, como son los temas de homicidio y reconciliación, adulterio y escándalo, el divorcio más los juramentos, nos enseña Jesús que la dinámica del Reino traspasa las fronteras de los actos externos y llega hasta las actitudes internas, y que la simple norma escrita carente del espíritu del amor es vacía en sí misma. Visto asi, la ley decía esto y aquello, pero hay que ir más allá de lo que dice la ley.  La ley prohibía el homicidio, pero Jesús condena incluso la cólera contra el hermano y antepuso la reconciliación a la ofrenda, porque Dios rechaza los resentimientos que anidan en el corazón. No se precisa tener relaciones con una mujer casada, basta desearla en el corazón para haber adulterado. El divorcio admitido culturalmente no obedece a la voluntad de Dios, y no es necesario hacer juramentos, basta la palabra bien intencionada y sincera del hombre honesto. Esta nueva manera de cumplir la Ley en su plenitud nada tiene que ver, pues, con el legalismo de los escribas y fariseos. No se trata de una interpretación más perfecta de la letra de la ley, sino de la interiorización de su espíritu.

Ha pasado tanto tiempo y los hombres del siglo XXI continuamos echando la culpa de los males a los demás y también al Creador. Nos parecemos al discípulo de Ben Sirah. Descubrir en el mandamiento la vida, la auténtica vida, y optar libremente por ella, es entrar en el ámbito de la fe y en la dinámica del Reino según el designio amoroso de Dios.  Y para este designio hay un fin: la salvación. Pero todo esto “si quieres”.

Por: P. José Antonio Pachas