4.- Comentario Bíblico: domingo 30 de agosto

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Dt 4, 1-2.6-8 / Sal 14/ St 1, 17-18.21b-22.27/ Mc 7, 1-8.14-15,21-23

IMPUROS POR EL CORAZÓN Y NO POR LOS RITOS

¿Podríamos imaginar un solo día sin leyes ni preceptos? Por ejemplo, imaginemos que por un solo día nadie en la ciudad respetará las leyes y señales de tránsito. ¿Qué sucedería? Sin duda, un caos total, podríamos responder a priori. La simplicidad de este ejemplo nos advierte de manera muy concreta que las leyes, normas y preceptos son importantes porque la vida y sus relaciones necesitan ser reguladas. Pero imaginemos también a un conductor que maneja su automóvil fijando su mirada únicamente en los semáforos y en las señales de tránsito, para no infringir las normas, y por fuera hay gente que le saluda y hay gente que le solicita ayuda, pero él solo conduce sin darse cuenta de ello, muy afanado en respetar lo que está normado. ¿Qué pensaríamos al respecto? El segundo ejemplo nos permite advertir sin mayor complicación que no basta con cumplir leyes y preceptos, que se requiere algo más, una actitud de fondo que nos ayude a descubrir el espíritu de las leyes y a no quedarnos en su simple expresión literal. Imaginemos, también que estas leyes de tránsito llegaran a exceder lo justo y necesario, multiplicándose por doquier a través de un exagerado conjunto de prohibiciones que hicieran insoportable su observancia. Caeríamos en la cuenta de haber creado un cuadro de referencia absurdo e inhumano. Imaginemos, por último, que un conductor cayera en una especia de angustia moral por haber estacionado un momento su ato en un lugar prohibido, quedando así impuro a los ojos de Dios. ¿Qué pensaríamos de estas situaciones?

La primera lectura de hoy está tomada del libro del Deuteronomio, que etimológicamente significa “la segunda ley” y que forma parte de todo un conjunto de libros conocido como el Pentateuco. Esta obra centra su pensamiento en la necesidad de cumplir la ley del Señor. La voluntad divina viene expresada en todo un conjunto de leyes, normas y preceptos que el pueblo debe cumplir fielmente si quiere realmente vivir y entrar en posesión de la tierra prometida por Dios. Israel, en cuanto pueblo escogido por Dios, debe diferenciarse en su modo de vivir de los demás pueblos, que son idólatras y tienen costumbres paganas. Y el modo como ha de realizarse concretamente esta vida viene expresado en la Ley de Dios, cuyos preceptos son justos y auténticos, y deben cumplirse y practicarse fielmente en respuesta a la iniciativa de Dios, que ama a su pueblo con fidelidad, lo libera y lo conduce a la posesión de la vida. Mas, una velada advertencia se esconde en el conjunto de sus palabras: “no añadan ni quiten nada a lo que yo les mande”.

Esta advertencia no se cumplió. El paso de los años permitió, quizás con buena intención, un multiplicarse progresivo de prácticas de carácter religioso en la vida de cada día, con sus circunstancias concretas. En el fundo buscaban ser concreciones o aplicaciones de la Ley, pero estas prácticas terminaban haciéndose costumbres, las que a su vez adquirían el rango de obligatorias, llegando a engrosar el catálogo de preceptos religiosos. Éstos no estaban escritos, pero eran conservados en la tradición oral. Se dice que en total los judíos, en tiempos de Jesús, llegaron a tener hasta 613 preceptos entre obligaciones y prohibiciones. Para los fariseos, convencidos de la necesidad de cumplir la Ley para la llegada del reinado de Dios, éstos llegaron a adquirir un valor moral.

El evangelio de este domingo nos presenta una controversia entre Jesús y un grupo de fariseos y escribas. El motivo de fondo fue la observancia de ciertos preceptos relacionados con la pureza ritual. En el mundo antiguo los conceptos de pureza o impureza no tenían necesariamente la connotación moral que les damos hoy. Para los antiguos la realidad abarcaba tanto el mundo sagrado, que pertenece solo a Dios, como el mundo profano, que es el nuestro. Quedar impuro significaba invadir indebidamente el mundo de lo sagrado. Por ejemplo, la sangre es vida y pertenece a Dios, tener contacto con la sangre significaba tener contacto con lo divino, y por ende, quedar impuro. Quien quedaba impuro debía purificarse, es decir, regresar al mundo de lo profano a través de un conjunto de ritos, entre los cuales destacaban las abluciones. Estos fariseos y escribas critican, pues, a los discípulos de Jesús por comer con manos impuras, vale decir, sin lavarse previamente. La ocasión permitirá al Señor pronunciarse acerca de su postura frente a la Ley. Él, como buen judío, la conocía y la practicaba, pero el Señor se sintió y actuó siempre libremente frente al ritualismo de su época. Tanto fariseos como Escribas han dado mayor importancia a las tradiciones inventadas por los hombres que a la misma voluntad de Dios, expresada en la Ley, y en este afán han creído muy equivocadamente que el hombre pueda quedar impuro por cosas externas a él. El Maestro evidencia que es del mismo interior del ser humano, de su propio corazón, de donde brota misteriosamente el mal y el pecado, y que es éste quien hace impuro al hombre frente a la mirada de Dios. En otros pasajes del evangelio que quedará iluminada con mayor brillo la postura de Jesús frente a la Ley: ella es buena y hay que cumplirla, pero bajo la plenitud del amor, que es lo que le da sentido, y siempre al servicio del hombre, nunca al revés.

Saquemos de todo esto consideraciones prácticas para nuestra vida cristiana. Las leyes son buenas y ayudan, pero no es una auténtica religiosidad multiplicar innecesariamente normas y preceptos presentándolos como voluntad de Dios. Tampoco es auténtico esmerarse en cumplirlos materialmente cuando el corazón se encuentra muy lejos del Señor. No es lo externo lo que ensucia al hombre sino su postura ante Dios y ante sus hermanos, a veces cargada de odio, envidia e impiedad.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb