c) 17 de enero

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

Is 62, 1-5/ Sal 95/ 1Co 12, 4-11/ Jn 2, 1-11

UN ORDEN NUEVO CON LA GRACIA DEL ESPOSO

Jesús inaugura un orden nuevo, trae novedad dentro de la continuidad de la historia de la salvación. Nos preguntamos: ¿cuál es la relación de Jesús con nosotros dentro de este orden nuevo?

La voz del tercer Isaías ocupa hoy las líneas de la primera lectura. Sin duda, el profeta conoció la dura prueba del destierro a raíz de la desobediencia al Señor, y las tristes consecuencias que esta trajo para el pueblo de Dios, carente de tierra, de jefes, de templo e inmerso en la esclavitud. Pero la misericordia del Señor se impone y el pueblo regresa. El profeta vive con expectación el inicio de una nueva etapa. El destierro dejó heridas muy profundas, pero el pueblo debe rehacerse, consciente de que hay mucho que sanar. Serán años de mucho esfuerzo y lucha por reedificar el templo, construir casas y sembrar los campos. Isaías vislumbra un destino glorioso para Sión que puede resumirse así: las tinieblas dejan su lugar a la luz y surge resplandeciente y bella una nueva Jerusalén. Pasado el tiempo del luto, viene ahora el gozo de la gloria. La que antes estuvo abandonada y devastada ahora se eleva resplandeciente, con un nombre nuevo que no volverá a ser motivo de burla, y adornada con coronas y diademas, por ser la favorita del Señor. Emerge, pues, un tiempo nuevo, donde la nueva Jerusalén se engalana para contraer nupcias con su Esposo, que viene a su encuentro para traerle la salvación.

Haciendo eco de esta buena noticia, el salmista nos invita hoy a contemplar las ma-ravillas de Dios, a alabarle con un cántico nuevo, a aclamarle, a mostrarle respeto y a someternos enteramente a Él, porque Dios hace grandes maravillas y gobierna a los pueblos rectamente.

Precisamente, en el contexto de estas maravillas obradas por Dios, el evangelista Juan nos heredó una hermosa página de la que solo él nos brinda conocimiento. Se trata del episodio de unas bodas en Caná de Galilea, donde Jesús realizó su primer signo. El Maestro y sus discípulos habían sido invitados a los festejos de estos novios, posiblemente familiares suyos. Él quiso bendecir con su presencia el desposorio de estos jóvenes, su alegría y la de los invitados. El episodio es totalmente humano; el ambiente festivo; los invitados están entretenidos con la comida y la conversación. Emerge aquí la imagen del Dios alegre que bendice el amor y consagra la unión del hombre y la mujer; el Dios amigo de la vida, la alegría, la familia. María, la Madre del Señor, también estaba invitada a la fiesta, y aunque las mujeres no solían participar con los hombres en el banquete, les pertenecía cuidar la buena marcha de la fiesta. El mayordomo había organizado el evento festivo tratando de cuidar cada detalle, pero no había calculado bien la cantidad de vino necesario para la fiesta. Y ocurrió lo inevitable, el vino empezaba a escasear, lo cual ponía a los novios en una situación bochornosa bajo el riesgo de dar por finalizados los festejos antes de tiempo. Pero ahí está María, atenta a los detalles de la fiesta. María nota la falta de vino e interviene oportunamente. Ella intercede ante su Hijo. Y aunque Jesús objeta el hecho de no haber llegado todavía su hora, accede a la petición de la Madre. Ordenando llenar las tinajas con agua, convirtió el agua en vino, un vino de tal calidad que provocó la admiración del mayordomo.

Juan, al relatarnos este pasaje, no quiso contarnos una simple anécdota familiar. Su intención es otra. Él observó de cerca la escena y contó las tinajas: seis; se fijó en el material, y vio que eran de piedra. Y antes había contado los días en que venía actuando Jesús desde que él lo conoció, y resultaron siete, como los días de la creación. En otras palabras, el relato narrado por Juan nos enseña que Jesús está creando un orden nuevo, que como el primero, es creado en siete días. El vino viejo es reemplazado por un vino nuevo y superior, el vino de la gracia siempre mayor y sobreabundante, y Jesús mismo es el esposo, que celebra sus bodas con un pueblo nuevo, la nueva Jerusalén prefigurada por el profeta y conformada por todos los hombres de buena voluntad dispuestos a acoger la buena nueva de su salvación. Dicho de otro modo, la boda en la que falta el vino simboliza la antigua alianza que va a ser sustituida por la nueva, en la que se dará el vino de la gracia. Jesús inaugura una nueva relación del hombre con Dios, que no estará mediatizada por la Ley (las tinajas de piedra), sino creada por la gracia, que es simbolizada por el vino nuevo. Jesús, el Esposo, anuncia el cambio, que tendrá lugar cuando llegue su hora, la de su muerte-resurrección. Bien concluye el evangelista al afirmar que en Caná de Galilea Jesús inició sus signos y creció la fe de sus discípulos en Él.

La imagen del desposorio nos recuerda múltiples verdades. Somos la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, y Cristo es el esposo. Estamos llamados a vivir esta relación esponsal en fidelidad. El amor esponsal sirve para hacernos comprender mejor el amor que Dios nos profesa. Si queremos ser fieles a esta nueva alianza hemos de hacer nuestras las palabras de María a los sirvientes, que a manera de aguinaldo fueron sus últimas palabras en el evangelio, no volvería a hablar. Si los cristianos hiciéramos lo que Jesús nos dice, qué diferente sería nuestro mundo y nuestra sociedad. Muchas veces se acaba el buen vino; se pierde la gracia y la alegría, nos sentimos lejos el amor servicial y fiel que manifiesta la presencia del mismo Jesús en la vida y en la convivencia cotidiana. Nos desbordan la deslealtad, el egoísmo, la incomprensión. Que sea el Esposo quien nos toque con su gracia, que renueva por dentro y transforma, concediéndonos fidelidad, a fin de engalanarnos como Iglesia con la corona y las joyas de la santidad.

Por: José Antonio Pachas SDB