d) 10 de enero

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

Is 40, 1-5.9-11/ Sal 103/ Ti 2, 11-14; 3, 4-7 Lc 3, 15-16. 21-22

MI HIJO AMADO, EL PREDILECTO

Cerramos hoy el ciclo de Navidad con esta fiesta del bautismo del Señor. Atrás quedó el recuerdo de la gruta de Belén y los destellos de una estrella que resplandecía en modo diferente. Atrás quedó la casita de Nazaret y las experiencias vividas allí durante la niñez y los primeros años de juventud del Señor. Atrás quedaron María y José, que le vieron crecer y le cuidaron con todo su amor. Han pasado cerca de treinta años, hoy contemplamos a un Jesús adulto, presto a iniciar su ministerio público, el mismo que le conducirá a entregar su vida por todos nosotros. Hoy contemplamos al Señor colocándose en la fila de los pecadores sin tener pecado alguno y hoy lo vemos descender a las aguas del Jordán para santificar aquellas mismas aguas con que los creyentes somos bautizados. Antes de entregarse de lleno a su misión, Jesús quiso ser bautizado para ser proclamado en su real identidad, la de ser el Hijo eterno de Dios.

No es intención de la liturgia de hoy centrar propiamente la atención en el recuerdo del bautismo de Cristo y mucho menos en el nuestro. La relación puede indicarse, ciertamente, pero de alguna manera, la lógica de este domingo nos quiere señalar que todo lo que el pueblo de Dios esperaba y todo lo que el Señor hizo y que la Iglesia hoy celebra y anuncia, se condensa en el acontecimiento del Jordán: Jesús, lleno de Espíritu, comunica al Padre, porque Él es su Hijo amado, su predilecto. Se busca, pues, proclamar el inicio de la misión profética de Cristo, que después será continuada con la Iglesia. Y es bueno cerrar el ciclo navideño con esta celebración, porque Navidad no es cosa de niños. Aquel Niño cuyo nacimiento hemos celebrado días atrás es el Dios hombre que viene a revelar y realizar la voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias.

Hemos escuchado en el evangelio la voz de Juan, el Precursor del Señor, que humildemente expresa estas palabras: “Yo los bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo. Él les bautizará don Espíritu Santo y fuego”. El bautismo de Juan era un bautismo de conversión, una expresión sincera del deseo de cambiar de vida. Llegó el Señor a orillas del Jordán y se puso en la fila de los pecadores como signo de la encarnación de Dios en medio de los hombres. Él no necesitaba perdón, pero quiso compartir la experiencia de quienes sí lo necesitan y se identificó con todos aquellos que desean convertirse a Dios. En sí mismo su bautismo tenga quizás un valor meramente simbólico, pero lo importante es la manifestación que ocurrió aquel día: el cielo se abrió, el Espíritu descendió en forma de paloma, se escuchó la voz del Padre. En otras palabras, si Navidad es la manifestación de Cristo en el ámbito humilde de Belén, y la Epifanía es la manifestación universal de Dios a todos los pueblos, el Bautismo es la manifestación absoluta, en plenitud, de la divinidad de Cristo, nuestro Señor.

Pensando en lo que nos sucede, todos, jóvenes y adultos, cada uno con su propia historia, buscamos también conocer nuestra identidad. Nos preguntamos: ¿Quién soy? ¿Cuál es mi papel? ¿Hacia dónde debe encaminarse mi esfuerzo? ¿Qué es lo fundamental en mi vida? ¿Qué pide Dios de mí, hoy, en las circunstancias concretas que me toca vivir? Precisamente, son muchos los jóvenes que sufren hoy por la falta de perspectiva de futuro, porque les cuesta imaginar lo que van a hacer y con qué proyecto de vida se van a identificar. Peor aún cuando no se encuentra un trabajo propiamente estable. Y sucede lo mismo con muchos adultos, que con frecuencia dan la sensación de haber perdido el rumbo. Muchos optan por refugiarse en la vida privada y otros prefieren criticarlo todo, añorando tiempos donde las circunstancias históricas parecían brindar mejor seguridad. Frente a estas situaciones, consideremos que el bautismo de Jesús no es solamente el recuerdo de haber bajado a la aguas del Jordán, sino también y sobre todo el recuerdo de que, como Ungido de Dios, es llamado a una misión. Para ello recibe el don del Espíritu, pues solo lleno de Espíritu podrá liberar a los hombres de toda esclavitud. Jesús, en su bautismo, nace como enviado de Dios y se siente llamado a dedicar su vida entera a dar a conocer el amor del Padre para con todos. Fue éste su proyecto de vida, al que jamás renunció. Hasta aquel momento el Maestro, con su vida sencilla, trabajando y orando en medio de la gente de su pueblo, se había preparado para escuchar la llamada definitiva a manifestarse a los hombres. El Espíritu le conduce a anunciar a todos, con la palabra y el testimonio, la venida del Reino.

También nosotros, aunque no tengamos claro el rumbo, hemos sido llamados a identificarnos con el proyecto del Señor, o mejor, esta llamada de Dios resuena en nuestro interior. Cuando pequeños recibimos inconscientemente el bautismo y a lo largo de nuestra vida lo hacemos realidad en la medida en que respondemos a las llamadas que Dios nos dirige cada día, en cada situación. ¿Llamados a qué? Todos y cada uno de nosotros debemos saber descubrir nuestra llamada, nuestra vocación, la orientación de nuestras decisiones. Nadie puede hacerlo por nosotros. Pero debemos pararnos para escuchar de verdad, debemos hacer silencio, esperar, dejarnos ayudar. Y debemos, como Jesús, tener una cosa muy clara: que la llamada que Dios nos dirige no es para nosotros mismos sino para los demás. Vivir para los demás, ser para los demás. Jesús vivió también unas circunstancias difíciles y no obstante fue fiel hasta la muerte. Estar bautizado en el Espíritu significa estar dispuesto a morir por los demás como Jesús. Y es esto lo que en último término puede hacernos salir de la apatía y de la desesperanza y nos puede situar en nuestro puesto, convencidos de que no estamos solos con nuestra responsabilidad.

Por: P. José Antonio Pachas SDB