b) 24 de enero

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

Neh 8, 2–4ª. 5-6. 8-10 / Sal 19/ 1Co 12, 12-30/ Lc 1, 1–4. 4, 14-21

HOY SE HA CUMPLIDO LA PALABRA DE SALVACIÓN

Nos gusta hacer promesas, ellas forman parte de nuestra vida y de nuestras relaciones personales. Todos prometemos: promete el Presidente de la República, promete el sacerdote, promete el recién casado, promete el amigo y podríamos continuar la lista. Pero ¿estamos atentos y cumplimos fielmente lo que prometemos? ¿Qué sentido tiene para nosotros hoy dar la palabra como garantía de cumplimiento? La experiencia de cada día nos dice que rara vez cumplimos lo que prometemos. Pero ocurre que Dios también promete, y a diferencia nuestra, Él siempre cumple, es fiel a su palabra y esta Palabra no se reduce a un conjunto de normas sino que es una persona concreta: Cristo Jesús. Vamos a meditarlo siguiendo el tenor de las lecturas que nos propone el presente domingo.

No es común proclamar el libro de Nehemías en nuestras asambleas litúrgicas, sin embargo, no por eso deja de tener su importancia. Su texto nos habla sobre todo de un relato continuado después del destierro. Regresan a Jerusalén muchos de los que fueron desterrados, pero han de vivir experiencias plagadas de dificultades, vicisitudes y peripecias para llegar a constituirse en una auténtica comunidad animada por el Espíritu del Señor. A la llegada del destierro había que reconstruir todo, especialmente el templo, lugar de culto. Sería el centro de reunión de la comunidad de fe, en la espera del cumplimiento de las promesas de Dios. También había que reconstruir la ciudad, humillada y devastada por las fuerzas enemigas. Pero había nacido una conciencia nueva, porque la dura experiencia del destierro les permitió comprender que la comunidad debía vivir unida en torno al templo del Señor y a partir de la ley reorganizar la vida familiar y social. Urgía reorganizar el culto e imponer la ley como norma de vida. Había caído la monarquía, viejas tradiciones habían desaparecido. Había que empezar un tiempo nuevo donde se imponía la observancia de la ley y a partir de ella regir y crear nuevas costumbres. Es precisamente de esto de lo que nos habla la primera lectura de hoy, donde el sacerdote Esdras aparece leyendo un libro sagrado a la comunidad reunida, que escucha con atención y llora reconociendo sus culpas. En adelante, la ley, rectamente explicada, será la constitución de este pueblo de Dios y la renovación de una alianza que le garantizará seguir existiendo.

Precisamente, el salmista, en respuesta a esta palabra, nos hace pensar hoy en la ley del Señor, que es perfecta y es descanso del alma. Tanto la naturaleza como la ley son obras de Dios y expresan su grandeza y perfección, por lo mismo, nos invitan a alabarlo y a saborear y recrearnos en su Palabra. La ley es fuente de vida, dulzura y garantía de existencia.

En sintonía con el sentido de la primera lectura, escuchamos hoy un pasaje del evangelio tomado de la versión de Lucas. No era él propiamente un historiador, pero estaba muy interesado por la historia, interesándose por los acontecimientos salvíficos e investigando para colocarlos según un orden lógico. Su escrito, unido al libro de los Hechos de los Apóstoles, es el testimonio de una historia de salvación, ciertamente incompleta, pero inserta en la gran historia profana bajo la convicción de que es Dios quien la guía hacia un fin. Siendo ésta su propuesta, se preocupó por recoger aquellas tradiciones que hablaban del Señor y que eran portadoras de salvación. Intenta, pues, una información sería y un relato ordenado. Y enseguida nos habla de un momento salvífico de la vida del Señor, en el inicio de su ministerio público. Es una especie de carta de presentación del Maestro frente a su gente. Por eso la escena se sitúa en Nazaret, el pueblo donde Él se había criado. Su fama se había ido extendiendo paulatinamente por la comarca y ahora se encuentra en la sinagoga, un sábado cualquiera, dispuesto a proclamar y comentar la Escritura. El auditorio que tenía enfrente no era un público cualquiera, pues se trataba de sus paisanos, de aquellos que le conocieron desde niño y le vieron crecer. Como ocurriera en tiempos de Esdras, Él leyó el libro y la gente le escuchó con mucha atención. El pasaje estaba tomado del libro de Isaías y  a la postre decía: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y  proclamar el año de gracia del Señor”. Él se identificó e hizo suyo este texto, dando a entender a su auditorio que su misión consiste en anunciar la buena nueva y que esta buena noticia adquiere la forma de la salvación. Isaías en su pasaje hablaba del año de la venganza, pero Jesús omitió esa referencia y habló más bien del año de gracia del Señor. Y su comentario no pudo ser más escueto, no se requerían muchas palabras siendo Él mismo la Palabra de salvación: “Hoy se ha cumplido esto que acaban de escuchar”.

Sintetizando, dos hombres, Esdras y Jesús, aparecen hoy proclamando el texto sagrado ante la comunidad reunida. El primero puso el acento en el estricto cumplimiento de la ley como norma de vida, una ley que es vista como palabra de Dios. Jesús se presenta más bien como la Palabra de Dios y puso el énfasis en la gracia, que da vida y libera de toda opresión. Frente a Esdras la comunidad, entre sollozos, se comprometió a cumplir lo que estaba prescrito, aunque bien sabemos que el pueblo continuamente incurrió en infidelidad. Jesús, en cambio, se presenta como el fiel cumplimiento de lo que Dios prometió a su pueblo. Dos pasajes que parecen marchar paralelos y  a la vez invertidos. ¿En cuál de ellos nos ubicamos mejor?

Por: José Antonio Pachas SDB