a) 31 de enero

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

Jr 1, 4–5. 17–19 / Sal 71/ 1Co 12, 31.13, 1-13 / Lc 4, 21-30

NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA

El refrán ha subsistido con el paso de los siglos: “Nadie es profeta en su tierra”. A esto podríamos añadir que entre la admiración y el rechazo hay solamente un paso. Ambas cosas quizás confabularon aquel día contra el Señor en la sinagoga de Nazaret.

El profetismo fue toda una institución en el antiguo Israel, dado su carácter carismático. En el profeta Dios actuaba con total libertad, no importaba el tiempo ni el lugar, tampoco el personaje en mención, que podía ser un sacerdote, un ciudadano o un simple pastor. El profeta es un vocero de Dios, anuncia su amor y su misericordia, pero también denuncia con palabras duras el pecado del pueblo. Con su palabra advierte, amenaza, consuela, acusa, ordena. Es la voz de Dios hecha palabra humana. Dios se comunica gratuitamente a su profeta aunque esto para él signifique meterse en grandes problemas. Y es que nunca fue fácil la misión del profeta, la mayoría de ellos sucumbieron en sus intentos, perseguidos y hasta sacrificados. Aunque su voz molestara, era signo de la preocupación de Dios por su pueblo.

La primera lectura de hoy, tomada del libro de Jeremías, nos habla de la vocación del profeta y de su misión. Dios lo eligió gratuitamente y lo consagró para sí, no es él quien se arroga este derecho. Dios mismo lo ha formado y lo ha modelado, pero no para llenarlo de privilegios sino para una dura misión. Cual valiente guerrero ha de enfrentarse a reyes, ricos, gente con poder. Le van a tratar muy mal, pero no debe temer, porque Dios estará siempre con él y pondrá en su boca las palabras que ha de pronunciar. Y en verdad fueron muchísimas las dificultades que halló en su ministerio, fueron tantas las persecuciones que sufrió, que hasta se vio tentado a abandonar la misión y huir de aquella voz que le quemaba por dentro. Pero a pesar de todo, esa voz fue tan fuerte y se impuso, manteniéndolo en su lucha.

Haciendo eco de este mensaje, el salmista nos hace repetir hoy en el estribillo: “Mi boca anunciará tu salvación”. Es precisamente ésa la misión del profeta de Dios, los problemas de la vida y de la misión que se cumple en ella pueden ser muchos, pero se impone la súplica y la confianza. Caminamos por la vida alabando a Dios por sus beneficios y pidiéndole con fe lo que esperamos.

El evangelio que nos ocupa hoy es continuación del relato del domingo pasado. El Maestro ha llegado a Nazaret, el pueblo donde creció y en la sinagoga, comentando el texto de Isaías, ha anunciado el año de gracia del Señor. Le acompaña una fama cada vez más creciente de ser un buen predicador y de realizar signos que provocan el asombro de la gente. Habló con suma autoridad y en un primer momento sus paisanos le escucharon con agrado, sin embargo, repentinamente el pasaje toma otro derrotero. Y es que el Señor se presentó ante los suyos investido de una potestad superior. Se presentó aquel día no solo como un profeta, sino como el profeta. Pronto aparecieron los prejuicios de sus conciudadanos: ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero José? ¿Acaso no le hemos visto crecer entre nosotros desde muy pequeño? ¿No conocemos a su Madre María? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y esa autoridad con la que nos habla hoy? Lo que había sido una grata admiración repentinamente se transformó en una aguda crítica hacia su persona y en una exigencia, al fin y al cabo, “nadie es profeta en su tierra”, le recordaría en ese momento la sabiduría popular. Le pidieron signos, que hiciera allí  mismo aquellas manifestaciones que le atribuían haber hecho en Cafarnaum. Ahora su gente le miraba con incredulidad, no confiaban en Él. Como buen profeta las palabras de Jesús fueron muy duras, recordándoles la conducta que en un pasado remoto el profeta Elías había tenido para con ellos. La admiración inicial, pues, dio lugar a un severo rechazo de la gente, que ofendida y enfurecida, quiso despeñarlo desde lo alto del monte. El Señor se alejó de ellos, pues aún no había llegado su hora. Tomaría rumbo hacia Jerusalén donde se cumplirían a cabalidad las profecías que desde antiguo hablaban de Él. Hacia allá, pues, le impulsó su misión de profeta. Nunca ha sido fácil la labor de un profeta, no lo fue para Jeremías ni para algún profeta del Antiguo Testamento, tampoco lo sería para el Señor. Jesús hizo triste experiencia del rechazo de los suyos, pero no se desanimó, siguió hacia adelante, hacia las últimas consecuencias.

Pensando en cada uno de nosotros, cristianos, hemos de recordar que desde nuestro bautismo somos con sagrados en Cristo como sacerdotes, profetas y reyes. Cada uno de nosotros, desde la propia condición personal, debe asumir su función de profeta, que nunca es fácil, que siempre comporta grandes dificultades. Como profetas de Cristo hemos de ser portadores de la voz de Dios, pero muchas veces esta voz duele, y aunque duela y el rechazo del mundo parezca inminente, no hemos de callar ni desanimarnos, sino luchar hasta el final, como lo hicieron los grandes profetas y como lo hizo el mismo Jesús. Ser perseguido, criticado o vilipendiado por causa del Señor ha de ser motivo de gozo conforme a la bienaventuranza del Señor, que ofrece el Reino de los cielos a quienes se atreven a correr su mismo destino. Tampoco nosotros, como buenos profetas, seremos bien recibidos en nuestra propia tierra, pues ni la asistencia de Dios nos garantiza el éxito inmediato de nuestra misión. Pero esto, lejos de desanimarnos, ha de impulsarnos a gritar aún más fuerte, porque la voz de Dios no puede quedar adormecida en el silencio.

Por: José Antonio Pachas sdb