a) 18 de junio

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR  – CICLO A

Dt 8, 2-3.14-16/ Sal 147/1Co 10, 16-17/ Jn 6, 51-57

EL PAN VIVO BAJADO DEL CIELO

Hacia el siglo XII creció en el pueblo cristiano una devoción más cada vez más fuerte a la  Eucaristía bajo una forma especial, pues, sin olvidar que la Eucaristía es sacrificio, esta manera es  especialmente sensible a la presencia real, y se muestra muy atenta a la necesidad de rendirle adoración. La fiesta del Corpus, ahora llamada más exactamente “del Cuerpo y la Sangre de Cristo”, arraigó hondamente en la fe popular. No olvidemos, la Eucaristía tiene dos dimensiones: su celebración (la misa) y su prolongación, con la reserva del Pan eucarístico en el sagrario y la consiguiente veneración que le dedica la comunidad cristiana. Eso sí, la finalidad principal de la Eucaristía es su celebración y la comunión con el Cuerpo y Sangre de Cristo, pero desde que la comunidad cristiana empezó a guardar el Pan eucarístico, sobre todo para los enfermos y para el caso del viático, fue haciéndose cada vez más coherente y connatural que se rodeara el lugar de la reserva (ahora, el sagrario) de signos de fe y adoración. Es lo que subraya la fiesta de hoy.

Cuando el autor bíblico escribió el texto del libro del Deuteronomio, que hoy proclamamos en la primera lectura – y que él atribuyó a Moisés- el pueblo de Israel se había establecido ya y gozaba de las bondades de la tierra prometida. Pero este don fácilmente podía perderse y la garantía de supervivencia era para Israel la confianza en Dios y en el cumplimiento de su voluntad. El texto de hoy, pues, nos presenta una exhortación al pueblo para que acate los mandamientos de Dios. El escritor trae a la memoria de sus lectores la experiencia gravitante de los cuarenta años por el desierto, camino a la tierra de las promesas. Pero estos acontecimientos los interpretó como un proceso educativo de la sabiduría de Dios, que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. El desierto es visto por el escritor bíblico y por algunos profetas, como un lugar de prueba y de encuentro con Dios, y el tiempo que duró la travesía lo contempló como un tiempo donde el Señor educó sabiamente a su pueblo. El maná que comieron los antepasados, salido de la gracia de Dios, fue un signo evidente de la eficacia de la Palabra que sale de su boca.

Respondemos a esta palabra con algunas estrofas del salmo 147, que es un himno de alabanza a Dios, Señor de todo, cuya bondad se  manifiesta en toda clase de beneficios. Las estaciones desfilan como expresión de su gracia, tanto la nieve helada que descansa sobre la tierra durante el invierno, como la promesa del agua que pinta la vida durante la primavera. La Palabra de Dios está en el origen del frío y del calor, del ciclo de las estaciones y del fluir de la vida en la naturaleza. La humanidad es invitada a reconocer al Creador y a darle gracias por el don fundamental del universo, que la rodea, le permite respirar, la alimenta y la sostiene.

Escuchamos en el evangelio un fragmento del discurso de Jesús sobre el pan de vida. Tras la multiplicación de los panes en el desierto y el intento de los galileos de proclamar rey a Jesús, el evangelista Juan sitúa en Cafarnaum la proclamación de este discurso. Si la controversia de Jesús con los judíos, y particularmente con los fariseos, se debía al legalismo de éstos, la ruptura de los galileos con Jesús fue consecuencia de los prejuicios nacionalistas y del mesianismo desviado de ellos. Cuando estos esperaban un rey que les diera de comer, Jesús les dijo que Él mismo  es el verdadero “pan bajado del cielo para la vida del mundo”, y los que creen en Él viven para siempre. Los “judíos” son en realidad galileos; Juan los llama así por su incredulidad. Aunque Jesús no les dijo directamente que iba a darles a comer su carne, los “judíos” lo entendieron así y no comprenden nada. Algunos trataron de encontrar un sentido más profundo y misterioso a las palabras de Jesús y se enfrascaron en una disputa. Jesús insistió en lo mismo y completó sus palabras añadiendo que es preciso también beber su sangre. El sentido eucarístico del texto es claro para los oyentes. Para los “judíos” resultaba especialmente irritante porque lo entendían erróneamente. Después de insistir otra vez y decir que se trata de una verdadera comida y de una verdadera bebida, Jesús explicó cuál es el efecto de esa comida y de esa bebida. El que lo recibe entra en unión con Él, en una unión semejante a la que se da entre Jesús y el Padre. Su carne y su sangre indican a toda la persona, es decir,  el mismo Jesús se hace alimento para la vida eterna. Jesús mismo es el pan de vida. El pan del que habla Jesús, Él mismo, es verdadero pan “bajado del cielo”, es decir, enviado a los hombres por el Padre y entregado como un regalo de Dios al mundo. El “maná”, el pan del desierto, no era más que una figura profética del verdadero pan que da vida eterna.

Pensando en nuestra vida cristiana, no podemos celebrar la Eucaristía impunemente, es decir, no podemos comulgar en el cuerpo y la sangre de Jesús sin que tenga consecuencias en nuestra vida. Cuando la comunión se entiende sólo como un asunto privado entre Jesús y nuestra alma, el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, se desintegra, porque cada uno come su propio pan, y éste ya no es el pan que partimos. La comunión sólo es auténtica cuando no se privatiza y se apropia, cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. Adorar y comulgar de este cuerpo y de esta sangre sagrada, es bueno y necesario, pero no es suficiente. La comunión debemos construirla cada día con la gracia de Dios. Ojalá no lo olvidemos nunca, pues todos tenemos mucho que aportar en esta comunión.

P. José Antonio Pachas SDB