b) 21 de febrero

DOMINGO II DE CUARESMA – CICLO C

Gn 15, 5-12.17-18/ Sal 26/ Flp 3, 17-4,1/ Lc 9, 28b-36

A LA LUZ POR LA CRUZ

La esperanza es parte de nuestra existencia. Necesitamos esperar y que el contenido de lo que esperamos tenga fundamento, porque sabemos que se cumplirá. El cumplimiento no es automático, tiene sus propias exigencias, como meditamos hoy a la luz de la palabra de Dios.

Como ocurre con todo pueblo, Israel tuvo su propia historia. Pero no fue una historia cualquiera, es la historia del pueblo de Dios. Grandes personajes intervinieron en ella, en el Antiguo Testamento destacaron sobre todo Moisés y Abraham. Con este último se inició propiamente la historia de este pueblo, es su padre en el origen y es también el padre de todos los creyentes. El relato de su vida se teje de grandes anécdotas sobre las cuales hallamos presente la mano de Dios, que llama gratuitamente y espera una respuesta generosa de su siervo. Era, pues, Abraham, un hombre anciano, un jefe familiar de un reducido clan y propietario de tierras y ganados. Un día y sin imaginarlo, sintió en su corazón la voz de Dios, que le hablaba y le pedía salir de su tierra y de sus comodidades para seguirle por el sendero de otra tierra que manaría leche y miel. Abraham obedeció y se aventuró por el desierto rumbo a lo desconocido. Le animaba la promesa divina de una bendición, de una nueva tierra y de una enorme descendencia. No toda la promesa se cumpliría durante su vida, gran parte de ella quedaría para la esperanza del futuro. Precisamente la primera lectura de hoy tiene que ver con esto último.

En efecto, Abraham, humano como era, no quiso moverse por algo que no existiera ni seguir adelante por algo que no esperase alcanzar. Pero la promesa de Dios era de algo futuro: una gran descendencia y la posesión de una tierra en la cual era solo un extranjero. Abraham necesitaba seguridad, quería una señal, un pacto. Dios fue condescendiente con él. Ambos sellaron un pacto según los cánones de la época, con un ceremonial que hoy nos resultaría poco agradable. Se descuartizaron animales domésticos porque Dios habla a los hombres respetando el lenguaje humano. Dividir en dos partes los animales y pasar entre ellos significaba invocar sobre sí la suerte de los mismos en caso de ser infiel a lo pactado. Dios se comprometió a cumplir y selló, pues, su palabra con un pacto. Vale la pena destacar en este extraño texto cómo Dios condesciende ante el ser humano, cómo promete gratuitamente, cómo habla el lenguaje humano a través de un pacto, cómo bendice y cómo su promesa abre al hombre siempre hacia un futuro que exige una dura lucha en el presente. En definitiva, Dios llama y promete y el hombre escucha y espera.

Precisamente, en el bello salmo que es proclamado hoy, el salmista expresa su confianza en presencia de Dios, a quien reconoce como su luz y salvación y de cuya dicha espera gozar un día en el país de la vida contemplando su rostro.

Y Lucas nos narra un anticipo de “esto que esperamos” en el relato que nos presenta, que es conocido también por los otros evangelios sinópticos y que se suele denominar como la transfiguración del Señor. El suceso ocurre un día en lo alto de una montaña y en un clima de oración. A Jesús le acompañaban sus más allegados, Pedro, Santiago y Juan. Y así, orando al Padre, el rostro del Señor cambió y sus vestidos brillaron de blancos. Otros dos personajes aparecieron en escena, Moisés y Elías, que conversaron con Él sobre su futura muerte. Tras su muerte vendrá la gloria de la resurrección, pero son hechos reservados aún para un futuro próximo. Jesús de modo admirable quiso hacer partícipes por un momento a estos discípulos de esta gloria que le estaba reservada y que es prometida también para todos quienes crean en Él. La visión venció al sueño y así extasiados, Pedro expresó con total espontaneidad palabras que reflejan los más profundos deseos y sentimientos que anidan en el corazón del hombre: “Maestro, qué bien estamos aquí, haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Si bien no sabía lo que decía, él quería eternizar en lo alto del monte aquella maravilla que sus ojos contemplaban brevemente. Era, pues un deseo honesto, pero no caía en la cuenta de que para llegar a la realización de esa gloria reservada para el futuro, primero hay que luchar arduamente en el presente. Era preciso bajar del monte y seguir caminando hacia Jerusalén, donde ocurrirán hechos angustiantes, donde el Señor habría de cargar con el madero de su cruz y entregar libremente su vida por nosotros.

Estamos en cuaresma y caminamos hacia la pascua eterna con Cristo. Es ésa la promesa del Señor y es ésa también nuestra esperanza, la que nos anima cada día a luchar y esforzarnos. Como decía el salmista, un día queremos contemplar el rostro del Señor. Lastimosamente nos estamos adentrando en una nueva época donde la gente parece haber perdido la esperanza y los grandes sueños tras la caída de las utopías de la modernidad. El creyente necesita esperar y saber que un día se cumplirá aquello que espera, porque Dios es siempre fiel a sus promesas. Pero también ha de ser consciente de que no se llega a la luz si antes no se pasa por la cruz. Para alcanzar el triunfo primero hay que luchar y hacerlo arduamente, con valor y con fe. Una medalla de oro exige muchas horas de duro entrenamiento, un título académico conlleva muchas horas de estudio silencioso y sacrificado; así también, tomar parte en la resurrección y contemplar un día el rostro de Dios significa primero pasar en esta vida por la durísima experiencia de la cruz. Pero de una cruz que es fuente de salvación. Ha sido éste el camino recorrido por el Señor. ¿Estaremos también nosotros dispuestos a recorrerlo?

P. José Antonio Pachas SDB