a) 4 de junio

FIESTA DE PENTECOSTÉS

Hch 2, 1-11/ Sal 103/1Co 12, 3-7. 12-13/ Jn 20, 19-23

VIENTO Y FUEGO EN PENTECOSTÉS

El domingo de  Pentecostés marca el nacimiento oficial de la Iglesia y es su fiesta a título particular, porque el Espíritu ha sido desde sus inicios, el alma de la Iglesia naciente. Con este domingo se cierran los cincuenta días de Pascua, dedicados por entero a celebrar el gozo de la resurrección. Celebramos hoy Pentecostés como una actualización de la Pascua, y queremos hacerla realidad en nuestras vidas.

Lucas nos habla en la primera lectura del acontecimiento en Pentecostés, pero hay un quiebre, pues del Pentecostés judío pasará a hablarnos del Pentecostés cristiano. ¿Qué era para el pueblo judío Pentecostés? La palabra Pentecostés significa literalmente, “el quincuagésimo”, es decir, el quincuagésimo día después de Pascua. Se trataba de la fiesta de la cosecha, pero del final, pues la Pascua señalaba el inicio de la misma. Y así como la Pascua estaba relacionada con un hecho de la historia de Israel, el éxodo desde Egipto, así  el Pentecostés en la tradición judía estaba relacionado con la entrega de las leyes en el monte Sinaí. Por lo tanto, las señales que acompañan el relato de la venida del Espíritu Santo hay que entenderlas como una manifestación de la presencia de Dios, tal como sucedió en el monte Sinaí. Y ocurre que fue en el día de Pentecostés que vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles, enviado por el Padre y el Hijo. Simbólicamente Lucas usa dos signos: el viento y el fuego. El viento no se ve, pero se siente, actúa libremente y no podemos atraparlo con los brazos. El fuego ilumina, da calor, es energía y transforma las cosas. Así también el Espíritu Santo es libre como el viento y nos transforma interiormente como el fuego. Y fue esto lo acontecido en los Apóstoles que aquel día fueron transformados interiormente y actuaron con total libertad. El miedo (que paraliza y aplasta) fue transformado en valentía y ardor misionero. Ellos abrieron puertas y ventanas, salieron a anunciar a Cristo resucitado hablando un lenguaje comprensible para todos los oyentes. Y este efecto que produjo la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos, dejó perplejos a todos. Los oyentes, siendo de diferentes lenguas, escucharon hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. El Espíritu posibilita que la buena noticia llegue que a cada uno en su propia lengua, no pasa por encima de lenguas y culturas. Es una acción que unifica, a diferencia de lo ocurrido en Babel, donde los hombres hablaron lenguas diferentes y no se comprendieron, dispersándose y dejando inconclusa la obra iniciada.

En respuesta, unimos hoy nuestras voces a la del salmista para cantar la grandeza de Dios en las obras maravillosas de la creación. El salmo que proclamamos es un himno celebrativo que brota de un corazón agradecido que sabe reconocer la presencia del Creador en la naturaleza y su acción providente sobre todo lo creado. Dios es imaginado como un soberano real, que se ha construido un palacio magnífico en las alturas, y que tiene por ejército a todos los fenómenos atmosféricos (lluvia, vientos, nubes, relámpagos, truenos, etc.) y del firmamento. Desde una mirada cristiana, este salmo canta la obra creadora y recreadora de Dios en la persona de Cristo resucitado, que libera la creación del pecado y de la muerte y la devuelve a su bondad original.

En la misma sintonía se ubica el evangelio que proclamamos hoy. Juan, el evangelista, quiere mostrar que con la resurrección de Jesús se ha creado una situación totalmente nueva, porque su resurrección señala el inicio de una nueva creación y la inauguración del tiempo último y definitivo de la historia. Los participantes en la escena son los discípulos, término que en el cuarto evangelio designa a todos los creyentes en Jesús. Su alcance va, pues, más allá de los Doce y para todos estos creyentes el Espíritu es el mejor don del Resucitado. Es luz, regalo, fuente de consuelo, huésped, descanso, tregua, brisa, gozo, aliento. Su actuación en cada cristiano se concreta en penetrar, enriquecer, alentar, regar, sanar, lavar, infundir calor, domar, guiar, repartir, salvar.

¿Qué significa celebrar hoy Pentecostés? Significa tomar conciencia de nuestra ciudadanía celestial, reconocer el valor de lo espiritual sobre lo material, profundizar en la vivencia pascual y descubrir el valor de la unidad en la diversidad. Pentecostés es la fiesta del aire nuevo, del viento impetuoso que viene de arriba para barrer, purificar y oxigenar nuestra fe, a veces cancina y apagada. En Pentecostés no son los hombres los que tratan de escalar el cielo, como en Babel, sino el mismo cielo el que se vuelca gratuitamente sobre los hombres. El Espíritu no anula la diversidad sino que favorece la comunión entre aquellos que son diversos. Celebrar Pentecostés nos invita a favorecer la unidad en medio de la diversidad, respetando las diferencias y valorando aquello que nos une. Para los creyentes el Espíritu Santo es torrente de vida abundante, fuente de energía que capacita para imitar al Señor, Luz divina que ilumina nuestra frágil inteligencia, paz, amor y reconciliación. Como cristianos, hoy necesitamos ser sacudidos por un nuevo Pentecostés, que transforme nuestros miedos y nos haga abrir las puertas y ventanas del propio corazón. Un Pentecostés que nos impulse a un nuevo ardor misionero, a salir al encuentro de las necesidades del mundo que nos rodea y a hablar los lenguajes de los tiempos actuales, para que la buena noticia del Señor penetre en el corazón de todo aquel que nos escucha hablar en nombre de Jesús. Que este Espíritu descienda sobre nosotros para que seamos hombres con espíritu, con aliento de vida trascendente, con empuje creador. Y que este Espíritu sea para nosotros maestro, abogado, defensor y revelador de la Palabra.

P. José Antonio Pachas