a) 28 de febrero

DOMINGO III DE CUARESMA – CICLO C

EX 3, 1-8a.13-15/ Sal 102/ 1Co 10, 1-6.10-12/ Lc 13, 1-9

DIOS ES BUENO, PACIENTE Y MISERICORDIOSO

Por el sendero de nuestra vida suele sucedernos que acontecimientos negativos nos abren el panorama hacia cosas positivas. Esto no ocurre por simple casualidad. Es siempre la mano de Dios que opera en nuestra historia personal y nos muestra de maneras casi impensables su amor misericordioso.

La primera lectura de hoy, tomada del libro del Éxodo, nos conduce hasta la soledad y el silencio del desierto, que muchas veces en la Sagrada Escritura aparece como lugar de oración y de encuentro con Dios. Propiamente son las estepas del Sinaí. Allí encontramos a Moisés, bordeando quizás los cuarenta años de vida, que pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró. En la mediana edad de su existencia Moisés afrontaba momentos muy difíciles. Sus manos asesinas, su sentimiento de culpa y el temor de ser hallado y sentenciado hacían que su vida pareciese un desierto. Una vida condenada al destierro y a la sequedad, como la maleza que ante sus ojos crecían sobre la arena. Pero casi sin imaginarlo, Dios quiso un día irrumpir en su existencia y darle un sentido nuevo a través de una gran misión que le encomendaba. Se le manifestó sensiblemente en el desierto de su vida a través de una zarza que ardía y no se consumía. Le pidió quitarse las sandalias como señal de reverencia. No muy lejos de allí, en Egipto, su pueblo vivía también circunstancias muy difíciles, marcadas por una dura y cruel opresión. Dios, en su misericordia, había escuchado el lamento de su pueblo, y lo enviaba a él para pedir su liberación. Cono es natural, Moisés sintió su indignidad. Se sorprendió, se estremeció, tembló, escuchó, objetó y al final terminó aceptando, pues nadie puede resistir la voz del Señor cuando ésta quema por dentro. En el colmo del atrevimiento Moisés pregunta a Dios por su nombre y Él se lo revela: Yahvé. Así Dios se hace cercano, puede ser nombrado e invocado, se compromete a escuchar y a actuar. Eso sí, el hombre no podrá mancillar ni usar vanamente ese nombre sagrado. Pero queda de manifiesto su actitud fiel y misericordiosa hacia su pueblo, que sufría graves vejámenes, y hacia su siervo Moisés, en quien depositaba ahora su confianza. Dios quería, pues,  liberar a su pueblo de su angustia y conducirlo hacia una tierra que mana leche y miel conforme a las antiguas promesas. Y así, aquel humilde pastor de ovejas se convertiría por gracia de Dios en pastor de un pueblo de dura cerviz.

El salmista nos invita a hacer resonancia de esta palabra en nuestros corazones, haciéndonos cantar la bondad y la misericordia de Dios, que se manifiesta de mil formas: justicia para el oprimido, consuelo para el débil, compasión para el que sufre, medicina para el enfermo, salvación para quien se halla al borde de la muerte. La experiencia del éxodo con Moisés emerge como la gran revelación del Dios bueno y misericordioso en el Antiguo Testamento y será el prototipo de todas las otras grandes hazañas de salvación, que encontrarán en Jesucristo su más alta expresión.

Precisamente, en el evangelio se enfatiza el tema de la conversión unido a la misericordia del Padre. Esta enseñanza de Jesús, graficada en una parábola, se vio esta vez motivada a raíz de dos acontecimientos ocurridos recientemente. Por un lado, Pilato, en un acto de crueldad desmesurada, había tenido la osadía de mezclar en el templo la sangre de los oferentes con la sangre de las víctimas, unos pobres galileos. Este acto causó durante un buen tiempo una profunda herida en el sentimiento patriótico de sus contemporáneos. Añadíase a esta circunstancia el triste suceso del derrumbe de la torre de Siloé, que provocó la muerte repentina de muchas personas. En la mentalidad religiosa de la época, estos males sufridos por estas personas eran fruto o consecuencia del pecado cometido por ellos mismos. Jesús aprovecha la ocasión y deja en claro que estos que murieron no eran más pecadores que los que quedaron con vida, que la desgracia ocurrida no fue consecuencia de su pecado, pero todo el pueblo corre el riesgo de sucumbir si no se convierte y hace penitencia. Enseguida la parábola de la higuera que no daba fruto y corría el riesgo de ser cortada, nos pone en frente de un Dios que es bueno, paciente y misericordioso. Así lo expresan las palabras del viñador en el relato: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás”.

Estamos en cuaresma. Este tiempo especial de gracia quiere recordarnos que todos somos pecadores  y nos invita a hacer experiencia de una auténtica conversión de vida. Somos como el pueblo de Israel, oprimidos por el peso de nuestros propios pecados. Somos como Moisés, abrumados por el peso de nuestras propias culpas y temores. Somos que aquella higuera, que a pesar de tantos cuidados, no daba fruto. Pero es menester cambiar, dar un giro, convertirnos de corazón. Nuestra conversión es ante todo un don de Dios que hemos de pedir cada día en nuestras oraciones. Y es también una conquista humana. Reconocer la propia culpa, confesarla de corazón, mantener siempre vivo el firme propósito de cambiar y hacer penitencia son expresiones concretas de una sincera conversión. Quien se convierte de corazón no puede no hacer experiencia de la infinita misericordia de un Padre que es siempre bueno con nosotros, para quien siempre somos sus hijos, que nos tiene paciencia y que nos brinda todos los medios que necesitamos para crecer y ser mejores cada día.  Dios es tan misericordioso que no duda en esperar hasta el final a sus hijos, que somos nosotros. Tomemos de una vez la decisión de cambiar y dar abundante fruto por gracia y misericordia de Dios. Es la mejor opción.

P. José Antonio Pachas