d) 7 de febrero

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

Is 6, 1-2ª. 3-8/ Sal 137/ 1Co 15, 1-11/ Lc 5, 1-11

INDIGNOS, PERO AMADOS Y DÓCILES

Dios nos trasciende por todas partes, pero no nos olvida ni nos ignora. Para Él siempre somos importantes y continuamente viene a nuestro encuentro para hacernos partícipes de una gran misión. ¿Qué actitud tomamos frente a su presencia? ¿Huimos? ¿Temblamos de miedo? ¿Nos sentimos indignos? Es bueno meditar esto a la luz de su palabra.

Teofanía llaman los estudiosos de la Escritura a una manifestación sensible de Dios a los hombres. Es precisamente la experiencia que el profeta Isaías nos narra en la primera lectura que hoy es proclamada. Dios, el Santo por excelencia, aparece revelándole su gloria, no de una manera tan imponente y terrible como un día lo hiciera con Moisés en el Sinaí, pero sí con mucha solemnidad y majestad. En el mundo antiguo, decir “santo” significaba trascendencia, estar más allá de todo, más allá del mundo profano. Pero a pesar del abismo infinito que separa a Dios de su creación, Él quiere manifestarse gratuitamente y derramar sobre la tierra su gloria. El profeta narra su experiencia a través de un conjunto de imágenes que revelan la majestad de Dios: el hecho ocurre en el templo, que en presencia de Dios, sentado sobre un trono excelso, se llenó de humo. Las puertas retumban al clamor de su voz, los serafines le acompañaban, pero no podían verlo. Isaías recibió la gracia de contemplar un momento, pero enseguida reconoció su indignidad. Ha tenido contacto con el mundo sagrado y eso significaba quedar impuro. Él mismo reconoce ser un hombre de labios impuros. Temió la muerte ante su atrevimiento, porque nadie en esta vida puede ver a Dios y seguir viviendo. Ante tan maravillosa gloria, pues, el profeta sintió espanto, se supo pequeño, desnudo y pecador. Su presencia mancilló la pureza de un lugar sagrado y ha de morir. Pero no es eso lo que Dios quiso para él. El fuego de su manifestación lo purifica y entonces desea confiarle una gran misión. Su pregunta es intencional y al mismo tiempo una invitación: “¿A quién enviaré?”. Es entonces cuando Isaías expresa su disponibilidad: “Aquí estoy, envíame”.

Y es esta misma conciencia la que anima la oración del salmista, que nos invita a tocar para Dios delante de los ángeles. Por pura misericordia divina podemos tomar parte en su alabanza, en su casa, en presencia de seres celestiales.

El evangelio de Lucas nos narra la vocación de los primeros discípulos de una manera diversa a como lo narran Marcos, Mateo y Juan. En la escena, junto al poder, autoridad y convencimiento de su palabra, se une una señal milagrosa. Estos hombres eran diestros en el arte de pescar, lo habían hecho tantas veces. Pero aquella noche fue frustrante, habían pasado las horas trabajando arduamente, mas todo había sido inútil, no habían podido pescar. Sólo restaba desembarcar y lavar las redes vacías. Llega el día y con su luz llega también el Señor, que pidió subir a la barca de Pedro para desde allí enseñar a la gente, que se agolpaba a su alrededor. Quizás notando el vacío de las redes y la frustración en el corazón de aquellos humildes hombres, el Señor quiso obrar un signo, ordenándoles remar mar adentro y lanzar las redes en el mar. La orden parece no tener sentido, pero ellos acatan y el signo se produce. Eran tantos los peces que pescaron aquel día, que las redes casi se rompían. Sin duda, nos quiere enseñar el evangelista que cuando Jesús está presente en el trabajo diario, éste se vuelve fecundo y que la palabra de Cristo es eficaz si sabemos escucharla con atención y cumplirla con fidelidad.

Pero no solo sería asombro, quizás también un vago sentimiento de miedo y un profundo sentido de indignidad el que invadió el corazón de esos humildes hombres en presencia del Maestro. Pedro, uno de los más experimentados, se descubre pequeño, de manos impuras y pecador: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”, sería su humilde confesión. Salvando las diferencias, hizo en aquel momento la misma experiencia que siglos atrás viviera Isaías en el templo. Pero enseguida volvió a imponerse la palabra de Jesús, esta vez con un sentido mucho más profundo: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. La palabra de Jesús los purificó y consagró. Era la invitación a una gran misión, no merecida, ciertamente, pero quién puede objetar la libre gratuidad del Señor. Ahora Pedro y los suyos deberán navegar en los corazones de los hombres anunciando el amor misericordioso de Dios manifestado en Cristo Jesús. Y nos dice el evangelista que ellos, dejándolo todo, le siguieron inmediatamente.

Qué admirable que el Dios trascendente venga al encuentro de los hombres y nos hable al corazón. Qué admirable también que, tras purificarnos, confíe en nosotros y nos envíe a una misión. Hoy también, como cristianos, nos sentimos invadidos por Él. Cuando nos sentimos tocados muy de cerca por Dios, experimentamos una situación seme­jante: tomamos conciencia de nuestra impureza, de ser indignos, frágiles y pecadores. Y aún así Dios no deja de amarnos. Un en­cuentro con Dios cara a cara sería para nosotros insoportable en esta vida, sufriríamos un colapso y  el desplome de nuestro ser. Él usa hoy mediaciones con nosotros y nos envía, cada cual según su propia vocación. Para acercarnos a Dios, necesitamos una transformación, una purificación pro­funda. Ha sido ésta la experiencia de los grandes santos. Cuanto más se acerca Dios a nosotros, más tiembla nuestra alma. Dios, sin embargo, nos sos­tiene. Si no fuera por su gracia, no podríamos sostenernos. El hundimiento del propio yo nos hace enteramente disponibles para acoger su palabra en el corazón y seguirla fielmente. Pero ¿es ésta nuestra disposición interior?

Padre Jóse Antonio Pachas SDB