c) 25 de junio

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO-CICLO A

Jr 20, 10-13/Sal 68/ Rm 5, 12-15/ Mt 10, 26-33

SIN MIEDOS NI COMPLEJOS

En la vida todos hacemos experiencia del miedo. Tenemos miedo a ir por una calle oscura y solitaria, a entrar en nuestro portal con un o una desconocida, a subir con él o ella en el ascensor, a abrir la puerta de casa cuando alguien, al que no identificamos, llama. Miedo al fracaso,  miedo a perder el trabajo, miedo a hacer el ridículo, miedo a morir. Los temores se multiplican, pero ¿qué nos dice Jesús al respecto?

Escuchamos en la primera lectura el fragmento de una hermosa oración de Jeremías, el hombre de Dios.  El profeta conoció una época muy turbulenta que significó para él una enorme cruz. El contexto histórico fue complicado: el imperio asirio había sido derrocado y había surgido un nuevo poder, el babilónico, al que era casi imposible hacer frente. Todos estos vaivenes se dejaron sentir en el reino de Judá, tanto a nivel político como a nivel religioso. El profeta denunció la superficialidad del culto de Israel al igual que la pretensión del pueblo y del rey de rebelarse contra el “poderoso” Nabucodonosor. Naturalmente, su discurso no gustó a todos y Jeremías sufrió duros vejámenes: perseguido por los funcionarios del rey, hundido en el barro de una cisterna hasta que muera en ella. En su oración, Jeremías confiesa ante el Señor haber oído un duro cuchicheo y acechanzas constantes contra él. A pesar de todo, no perdió la confianza, pues sabía que el Señor estaba con él y no lo dejaría desamparado. En la dura prueba de la soledad y la condena, siendo inocente, se mantuvo fiel y esperanzado en aquel que no se olvida de los débiles. El tropiezo y el sonrojo estaban reservados para quienes pretendían destrozarle y relegarle.

En la misma línea, unimos nuestras voces a la del salmista, que nos invita hoy a elevar el espíritu a través de una oración con tintes desgarradores. Se trata de un individuo injustamente acusado y gravemente enfermo. Además, como argollas que se suceden una tras otra, sufre todo un conjunto de aflicciones. Vive una situación desesperante de la que hace una poderosa descripción y que le lleva a lanzar un grito angustiado: “Sálvame, Dios mío”. Las imágenes que usa para describir su crisis existencial son elocuentes: las aguas le llegan al cuello; el río crece y la corriente le arrastra al centro del torbellino; se hunde en el barro  profundo y no sabe dónde apoyar el pie. Tiene rota la garganta de tanto gritar y sus ojos  se nublan de tanto esperar. Quienes le odian sin razón ni motivo son más numerosos que los cabellos de su cabeza  y sus ataques son de extrema dureza. Hasta sus hermanos le miran como a un  extraño y se siente como un extranjero en la casa de su madre. En su lamento parece elevar una queja contra Dios, pues ante el Altísimo confiesa la causa de su sufrimiento: “el celo  de tu casa me quema como un fuego devorador”. Las ofensas que los impíos lanzan  contra Dios han caído sobre él como espadas afiladas. Si ayuna en honor a Dios, sus enemigos se ríen de él y cuando se sienta a rezar éstos le dedican versos burlescos e irónicos mientras beben vino. Y a pesar de todo, el final de su oración es un “canto de acción de gracias”, porque su esperanza en Dios no se pierde, su cabeza se yergue y amanece para él la alegría como una nueva primavera.

Por último, Jesús añade un mensaje sincero y consolador. En el contexto de presentar a sus apóstoles las dificultades que encontrarán en el cumplimiento de su misión, invita a todos sus discípulos y creyentes a no tener miedo a los hombres religiosos y fundamentalistas de la época. Lo reitera tres veces y tres razones justifican no tener miedo. Primero, porque la buena nueva del Señor seguirá adelante a pesar de la oposición religiosa de los fundamentalistas. Segundo, porque aunque éstos acudan a métodos mortales, la integridad personal del fiel discípulos no se agota en la integridad física ni es destruida por el arma homicida de los adversarios. Luego, no es a éstos a quienes hay que temer, sino a Dios, porque es Dios quien da la verdadera medida de la persona. Pero ocurre que Dios está de parte de quien cree en Jesús y en el peligro no está ausente.  Tercero,  porque el Señor mismo es garante de sus creyentes y a quien le es fiel Él corresponderá solidarizando con él en presencia del Padre.  Y así, solidario con la suerte adversa de su Maestro, el discípulo puede llegar a experimentar desánimo y ganas de retirarse, pero ha de saber que no se mueve encima de una cuerda sin red debajo, sino que tiene la máxima seguridad en sus movimientos, porque Dios cuida íntimamente de él. Dios es un Padre que se ocupa de todo lo que precisan sus hijos. Si tiene un cuidado especial de los gorriones, ¿cómo dejará sin atención a sus propios hijos que le sirven y le aman? Por tanto,  nada de temores, el buen cristiano ha de ser pregonero del evangelio en pleno día sin complejo alguno.

Hoy nos unimos y tomamos parte en la misión del Señor, pero hemos de ser sinceros y saber reconocer que tenemos miedos. De todos estos miedos quiere el Señor que nos veamos libres. Es posible que no lleguemos al extremo de ofrendar la propia vida por el Señor, pero aun así tenemos miedo y miedos, algunos muy profundos. El miedo crece, paraliza y aplasta a quien no sabe superarlo. El Señor nos promete su asistencia, una asistencia que ha sido palpable y visible a través de la historia en la que miles de personas, de toda condición y estilo, han vencido con gallardía el miedo a la muerte violenta con la que se encontraron sólo por testimoniar su fe. Fue ésa la experiencia de Jeremías y del salmista. Para los miedos que invaden cuando se nos presenta la ocasión de abrirnos sinceramente a las exigencias de la fe, son válidas las palabras del Señor asegurando que El estará cerca para hacer de nosotros hombres decididos y resueltos

P. José Antonio Pachas SDB