c)14 de febrero

DOMINGO I DE CUARESMA – CICLO C

Dt 26, 4-10/ Sal 90/ Rm 10, 8-13/ Lc 4, 1-13

EL DURO COMBATE DE LA TENTACIÓN

“No nos dejes caer en la tentación”, rezamos en la oración del Padre nuestro. ¿Quién de nosotros no se ha visto alguna vez tentado de múltiples formas? La tentación forma parte de nuestra vida y pone a prueba de fuego nuestra fe. El mismo Señor Jesús se vio tentado en el desierto y a lo largo de su vida. Satanás lo tentó continuamente como hoy nos tienta a cada uno de nosotros. Vamos a meditar esta realidad a la luz de la palabra de Dios.

El libro del Deuteronomio centra hoy nuestra mirada en la primera lectura, propiamente el capítulo 26, cuyo tema particular son las primicias y diezmos ofrecidos a Dios. En el texto es Moisés quien toma la palabra y expresa un breve discurso que los estudiosos de la Sagrada Escritura catalogan como “credo histórico”. Sus palabras evocan con detalles las exigencias de la alianza sellada con Dios y rememoran los grandiosos acontecimientos de la salida de Egipto y de la dura prueba en el desierto. Al mismo tiempo, recomienda, invita y anima al pueblo, porque éste debe cumplir la ley para su felicidad. El relato del texto sucede en el templo, lugar de la presentación de las primicias, y el discurso del caudillo de Israel puede resumirse en lo siguiente: “Durante muchos años fuimos oprimidos en Egipto, pero Yahvé Dios escuchó nuestros lamentos y nos sacó de la esclavitud con grandes prodigios obrados por su mano poderosa. Nos condujo por el desierto y ha sido Él quien nos ha regalado esta tierra que mana leche y miel. Ahora, con humildad y gratitud, traemos a ofrecerle nuestras primicias a manera de reconocimiento y petición”. Importa destacar las palabras finales del texto, que afirman que quien lleva las primicias las pone ante el Señor y solo en su presencia se postra y rinde adoración.

En respuesta a la lectura proclamada, el salmista nos recuerda hoy que en medio de las tribulaciones de la vida es buena la compañía del Señor y que no es bueno sufrir solo. La sola presencia del Señor ahuyenta los males de quien lo invoca con fe y nunca deja de escuchar su oración. Los mismos ángeles del Señor sostienen al creyente para que sus pies no tropiecen con las piedras y sus pasos seguros se levantan triunfantes sobre fieras y víboras venenosas.

El evangelio nos muestra uno de los grandes misterios en la vida de Cristo, un acontecimiento que provoca particular atención. El Señor aparece en presencia de Satanás y se deja tentar por él. ¿Cuál es la finalidad de esto? No es sencillo brindar una respuesta, pero es llamativo que tanto Marcos, Mateo y Lucas narren el hecho, los dos últimos con mayores detalles. Estamos ante un hecho real, si bien cada evangelista le brinda una orientación determinada. Esta vez es Lucas quien nos evoca el acontecimiento y él orienta el suceso hacia el futuro, hacia el momento angustiante de la pasión del Señor. Al comparar con la versión de Mateo, notamos que Lucas cambia el orden de las tentaciones: coloca como tercera la segunda de Mateo y como segunda la tercera de éste. No es algo casual, hay una intención muy directa. A este evangelista le interesaba concluir el relato en Jerusalén, para que el lector dirija su mirada hacia esa ciudad, de gran importancia para él. Porque es en Jerusalén donde se realizarán los acontecimientos salvíficos más importantes: la pasión, muerte, resurrección y ascensión del Señor. Antes, en la segunda tentación, Satanás ofrece al Señor todos los reinos del mundo si le adora un momento. El Señor rechaza la oferta porque su reino no es de este mundo, a Él pertenece el universo entero, pero no es su interés ejercer poder político sobre él. Un día le serán sometidos todos los reinos, pero Él debe seguir otro camino que le conduce hacia Jerusalén. Es allí donde debe ser reconocido como rey tras hacer experiencia de su pasión, muerte y resurrección. Si bien el Señor supera cada tentación, Lucas nos advierte que Satanás se aleja de Él esperando otra ocasión, y hacia esa ocasión quiere dirigir nuestra mirada.

Hay, pues, todo un sentido teológico en este relato. El Señor es tentado en su identidad de Hijo de Dios y Mesías, se le invita a abandonar el camino de la cruz para acoger otros caminos más cómodos y gratificantes, pero que no son los caminos de Dios. Es tentado a través de la palabra de Dios y supera las tentaciones con el poder de esta misma palabra. Cristo será Rey se­gún la volun­tad del Padre. Fracaso de Satanás triunfo del Señor.

Por tanto, las tres tentaciones van en esa di­rección: emplear los poderes divinos, confia­dos al Mesías para el cumplimiento de su misión, en pro­vecho propio. Los po­deres recibidos, sin em­bargo, han de ser empleados según y conforme a la vo­luntad divina, nunca en contra de ella. Cristo sale vencedor. Cristo no eligió el camino fácil, pla­centero y lujoso: antes bien eligió aquel que lo llevó a la muerte. Hoy también nosotros nos vemos de continuo acechados por las intrigas de Satanás. También a nosotros intenta engañarnos y hacernos tropezar por el camino de nuestra fe. Somos hijos de Dios por el bautismo, pero él trata de que traicionemos esa identidad invitándonos a vivir como si no lo fuéramos realmente. Se afana porque usemos las cosas de Dios en contra de la misma fe, nos invita sutilmente a seguir la senda del éxito según criterios meramente humanos, pero no según la voluntad de Dios. Podemos vencerlo con el poder de la gracia, pero nunca se aleja totalmente, siempre está al acecho, esperando el momento más indicado para hacernos caer. Y su mayor argucia consiste en hacernos creer que él no existe realmente. Que sea la gracia la que nos permita vencer siempre en este duro combate.

P. José Antonio Pachas SDB