d) 13 de marzo

DOMINGO V DE CUARESMA – CICLO C
Is 43, 16-21/ Sal 126/ Flp 3, 8-14/ Jn 8, 1-11
MISERIA HUMANA Y MISERICORDIA DE DIOS

Versa un dicho popular: “Del árbol caído todos hacen leña”. Significa en concreto que, generalmente, los que nos consideramos “buenos” terminamos hundiendo a quien peca, a quien ha caído en desgracia por culpa de sus errores. Así solemos actuar muchas veces en nombre del orden, la ley y la justicia. Pero ¿Dios actúa así? Si Él llevara cuenta de nuestros delitos, ¿quién podría resistir? Los criterios de Dios y su modo de actuar son muy diferentes a los nuestros. Él no quiere la muerte del pecador, sino su vida.

La primera lectura de hoy nos ubica frente a un texto del segundo Isaías. A él le correspondió anunciar el regreso del destierro y trató de expresar con imágenes dirigidas al pueblo los portentos que Dios iba a realizar a su favor. Primero acude a la historia sagrada: ¿Quién no recuerda las maravillas obradas por Dios en el Mar Rojo? Si en Egipto habían sido esclavos, ahora lo eran en Babilonia, pero la situación del momento era peor, pues el pueblo sufría las consecuencias de su propio pecado y rebeldía. Pero si un día en Egipto Dios se mostró tan maravillosamente, ahora Él va a intervenir de nuevo. Será una intervención tan maravillosa, que la antigua hazaña en los valles del Nilo quedará totalmente opacada por esta otra. Y si esta imagen no es aún suficiente, el profeta recurre entonces a otra: la naturaleza. Fuentes de agua cristalina brotarán de terrenos no cultivables, el desierto se convertirá en un jardín, cruzado de extremo a extremo por un camino bordeado de acacias y álamos. Y por esta senda irán los redimidos de Israel, cobijados por la sombra, acariciados por una suave brisa y saciados por el agua. Comienza, pues, una etapa nueva, Dios camina a la cabeza del pueblo y creará un orden nuevo. El pueblo alabará sin cesar la grandeza de Dios, que lo trae portentosamente del destierro.

El salmista canta esta gran verdad y nos la hace repetir a viva voz: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. El regreso del pueblo del destierro es motivo de celebración y gratitud con un gozo indescriptible, una risa sincera,  abierta, y un rostro siempre radiante. Ni los pueblos vecinos pueden dar crédito a lo que contemplan sus ojos, maravillados por el nuevo éxodo de Israel. Es Dios quien cambia esta suerte, Él comienza la obra y el pueblo la continúa. Dios hace cosas nuevas, las lágrimas de la siembra se transforman en cantos durante la cosecha.

En sintonía con esta forma de actuar de Dios, el evangelista Juan nos ilustra hoy una bella página que, aunque un tanto discutible para la crítica literaria, la comunidad cristiana antigua sin duda conoció detalladamente. Una mujer es sorprendida en flagrante adulterio y es conducida ante Jesús para que dé su  visto bueno a la condena que la ley exigía para este caso. En realidad querían tender una trampa al Señor, poco les importaba la mujer. Pero sucede que el Señor, con una mirada llena de misericordia, no condenó a la mujer. Él no vino para condenar sino para salvar y levantar al hombre caído. Quienes condenaban a esta mujer lo hacían por motivos diversos: quizás por odio, quizás por desprecio, quizás por celos. Muy lejos estaban de poder comprender la misericordia divina. Ellos miraban el pecado cometido y centraban en él su atención, el Señor, en cambio, miraba el corazón arrepentido de aquella hija de Dios carente de afecto. Sin duda, dos miradas diferentes con juicios radicalmente diferentes. Las palabras de Jesús: “Quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra”, les llegarían muy hondo al corazón, tanto así que los acusadores van desapareciendo uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Estos hombres buscaban una condena absoluta y la obtuvieron, no para ella, ni siquiera de parte de Jesús, sino para ellos y pronunciada por ellos mismos. Todos eran pecadores y con cuánta facilidad lo habían olvidado. “No peques más”, le dijo el Señor a la mujer perdonada. Él perdona a la pecadora, pero no aprueba el pecado, que es necesario erradicar de la propia vida, porque el arrepentimiento sincero exige un cambio de vida. Qué grande estuvo el Señor con aquella mujer aquel día. Y sin duda, la vida de esa mujer, cuyo nombre desconocemos, cambió. Su corazón desierto de afecto conoció por primera vez una mirada de auténtico amor. El desierto de su vida se transformó en un jardín, en adelante recorrería una senda diferente, cobijada por la sombra de las alas de Dios y  gozando de la suave brisa de su amor misericordioso.

Hoy como ayer los hombres nos escudamos muchas veces en lo que dice la ley para condenar lo que nos disgusta personalmente, pero sin tener en cuenta la salvación del acusado. Juzgamos sin conocer los corazones, las circunstancias personales, la historia de quien ha caído. Somos inmisericordes y olvidamos con suma facilidad que todos nosotros somos reos de muchas faltas y pecados. Dios no quiere destruir al pecador, Él solo quiere perdonar y brindar una oportunidad nueva. Dios se muestra siempre misericordioso porque nosotros estamos llenos de miseria. En nuestra pequeñez Dios ofrece su grandiosidad puesta a nuestro servicio. Su perdón es real, es verdadero y transforma los corazones de quienes realmente lo experimentan. Él siempre es grande con nosotros, especialmente con quienes más apartados se encuentran de su corazón. Él convierte los desiertos de la vida en bellos oasis y nos hace caminar por sendas nuevas si realmente queremos acoger la gracia de su perdón. Pero no olvidemos, es necesario el arre­pentimiento. No se trata de una gracia que nos haga más pecadores, sino me­jores cristianos. El arrepentimiento incluye voluntad de no pecar: “Anda, y en adelante no pe­ques más”. Es un buen punto de consideración que no puede caer en el olvido. La misericordia vence a la justicia, pero no abusemos de la gra­cia. Puede que nos suceda algo peor.

P. José Antonio Pachas