c) 20 de marzo

DOMINGO DE RAMOS – CICLO C

Is 50, 4-7/ Sal 21/ Flp 2, 6-11/ LC 22,14-23,56

TRAS LOS PASOS DEL MESÍAS SUFRIENTE

En la antigüedad llamaban “parusía” al regreso del rey victorioso. Partía éste a la guerra con su gran ejército, y tras vencer regresaba a la ciudad entre aclamaciones y cantos de júbilo. Ingresaba por el arco del triunfo construido para la ocasión, y lo hacía con espada en mano y montando un caballo, signo de la realeza. El pueblo extasiado lo aclamaba con palmas, vítores y agitando ramos de fiesta. Hoy. En el inicio de la semana santa, contemplamos a Jesús que hace su ingreso en la ciudad de Jerusalén. Viene a triunfar sobre el pecado y la muerte, pero no montado en la majestuosidad de un caballo, sino sobre la humildad de un burrito, humildad propia del hombre inocente que sufre para salvar y dar vida.

El libro de Isaías tiene sabor a buena noticia. En su conjunto encierra cuatro poemas que los estudiosos llaman “del Siervo”: los cánticos del Siervo de Yahvé. La lectura de hoy nos presenta los versos más significativos del tercero. Desconocemos la identidad de este personaje, pero lo importante no es su nombre sino su misión, que es misión de profeta y que puede resumirse en tres términos: palabra, sufrimiento y confianza en el Señor. Este profeta, con lengua de iniciado, debe hablar las palabras del Señor, consolando al que sufre, pero estando él mismo abatido. Mas no podrá hablar si antes no escucha, por eso es el Señor quien le abre el oído para que sintonice con su voluntad. Su misión es realmente dolorosa, matizada con ultrajes e injurias personales. Debe ser valiente, debe ser constante, porque no resistirse a la Palabra que lo envía implica no huir del sufrimiento que la misión le ocasiona. Es, pues, una vocación misteriosa, pero ése fue el destino de todos los profetas que hablaron en nombre de Yahvé Dios. De algún modo este personaje desconocido prefigura a Jesucristo, que sufrió con gran dolor hacer realidad en su vida la voluntad de su Padre, que con lengua de iniciado habló siempre con sabiduría, y que abrió el oído para escuchar a Aquel que lo enviaba, y que por nosotros sufrió una muerte ignominiosa.

Haciendo resonancia de esta primera lectura, hoy el salmista nos invita a pensar un momento en el silencio de Dios ante el sufrimiento del hombre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, repetimos hoy. Son las mismas palabras que el Señor pronunciará en la cruz instantes antes de morir. Es un salmo de súplica y de acción de gracias, pero hoy destaca lo primero, pues se trata de la oración de un hombre justo que se siente perseguido precisamente porque es justo. Se trata de una persecución tan injusta y dolorosa que lo lleva a las puertas de la muerte. Parece que Dios no le escucha, pero él no pierde su confianza ante esta situación límite.

Y Lucas nos relata hoy los pasajes de la pasión y muerte del Señor. Lo hace como un fiel discípulo, con sentido histórico e invitándonos a seguir el destino de nuestro Maestro. En todo momento destaca la inocencia del Señor. Sólo este evangelista nos narra la pregunta de Jesús a Judas tras su traición: “¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?”. Quizás todos tenemos en nuestro corazón algo del corazón de Judas cuando sin escrúpulo alguno traicionamos al amigo fiel. Y todo el relato inicia con una alusión al poder de las tinieblas cual recuerdo de las tentaciones en el desierto, pues Satanás lo dejó solamente por un tiempo. Pero tanto ahora como entonces el Señor saldrá vencedor. También resulta conmovedor el encuentro de Jesús con Pedro ante la negación de éste: su arrepentimiento, sus lágrimas, son una invitación para todo cristiano que reconozca humildemente sus debilidades y sienta el peso de su culpa. Tanto insiste Lucas en la inocencia del Señor que ni siquiera Herodes encuentra un motivo para su condena, pero muestra una falsa admiración por Jesús. Pensemos que el ser buenos cristianos a veces será motivo de burla para quienes caminan en tinieblas de pecado y error. Y así también, siguiendo el texto, las escenas de Simón de Cirene a quien le cargan la cruz para que la lleve detrás de Jesús y las santas mujeres que meditativas le siguen, son claras invitaciones al arrepentimiento y al seguimiento del Señor. Ya en la cruz dirá Jesús: “Perdónales porque no saben lo que hacen”, palabras que más tarde serán pronunciadas también por Esteban, su fiel seguidor. Y mientras todos se burlan, el ladrón arrepentido lo confiesa como rey de los judíos, acción que arranca de Jesús para él la promesa del paraíso, cual oveja perdida, que en el último momento de su vida regresó al rebaño del Señor tras ser hallada por Él. Jesús muere encomendando su espíritu al Padre, el centurión lo reconoce como un hombre justo y el velo del templo se rompe como expresión de un duelo universal por la muerte del Señor.

Lucas, pues, nos quiere dejar de manifiesto que Jesús es el Mesías de Dios; pero su mesianismo, sin dejar de ser real, se lleva a cabo mediante el sufrimiento. Es un triunfo a través de la pasión, que más tarde será recalcado en la escena de los discípulos de Emaús, y una pasión que llevó adelante pese a su identidad de Hijo. Este último término nos descubre la humildad del sujeto que afrontó el peso de las injurias, del abandono y de la muerte, pero que despertó en la resurrección: Jesús el Hijo de Dios; muerto, pero vivo; juzgado, pero juez, humillado, pero exaltado; siervo, pero Rey. Confesemos, pues, valiente y devotamente, como lo hace la carta a los filipenses, que Jesús es nuestro Señor, Rey e Hijo de Dios, muerto por nosotros, pero glorificado para siempre y constituido causa de eterna salvación.

P. José Antonio Pachas SDB