b) 27 de marzo

DOMINGO DE RESURRECCIÓN – CICLO C

Hch 10, 34a. 37/ Sal 117/ Col 3, 1-4/ Jn 20, 1-9

BAJO EL SIGNO DE LA RESURRECCIÓN


La pregunta sobre nuestra fe tiene una respuesta precisa y concreta: ser cristiano es creer en la resurrección de Jesucristo. Quien tiene esta fe -con todas sus consecuencias- es cristiano; quien no cree en la resurrección, no ha de considerarse tal, por más que pueda ser un hombre admirador de Jesús o un hombre religioso o un hombre justo. Ser cristiano exige creer que Jesús de Nazaret, tras anunciar la buena noticia del Reino de Dios, aceptó con fe profunda el camino de la cruz, murió, pero no se quedó muerto, sino que resucitó y ahora vive para siempre.

Precisamente, la primera lectura de hoy nos presenta, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, una estupenda síntesis del misterio de Jesucristo en boca de Pedro: Jesús, ungido por Dios, pasó haciendo el bien, y curando todas las enfermedades y dolencias, y lo mataron, pero Dios lo resucitó. Testigos de esto son los Doce, que comieron y bebieron con Él. Los que creen en Él reciben el perdón de sus pecados. Pedro, pues,  proclama el anuncio de la salvación -el -kerigma-. Muchos de quienes le escucharon llegaron a la fe porque su corazón estaba abierto a la escucha y al misterio.

Y en tal sintonía, el salmo que cantamos hoy es un himno triunfal, donde el salmista entona un cántico de acción de gracias por una victoria recientemente obtenida contra los enemigos de Israel. El Señor ha liberado milagrosamente a su pueblo de un gran peligro, y el poeta, recogiendo el sentir colectivo, expresa, durante una procesión al templo, los sentimientos de gratitud hacia Dios.

El evangelio nos relata, según la versión de san Juan, la resurrección del Señor. Ésta ocurre en “el primer día de la semana”, es decir, al día siguiente del sábado, y muy de madrugada, esto es, muy de mañana, cuando la oscuridad cede su lugar a la aurora.  Por los evangelios sinópticos sabemos que la visita de María al sepulcro no la hizo ella sola, sino que llegó en compañía de otras mujeres, cuyos nombres conocemos: María, la madre de Santiago, y Salomé, la madre de Juan y Santiago el Mayor, y otras más. Desde cierta distancia pudo ver la piedra rotatoria que estaba movida, por lo que dejó a las otras mujeres, que llevaban aromas para acabar de preparar el “embalsamamiento” del cuerpo de Cristo, y corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba. Pedro y Juan debieron de salir enseguida, tras esta noticia, pues ambos corrían, pero el discípulo amado, siendo más joven, corría más rápido. Al llegar hasta el sepulcro del Señor no hallarían en él una prueba científica de su resurrección: simplemente vieron que el cuerpo no estaba y las vendas estaban tiradas en el suelo. No eran pruebas propiamente dichas, sino signos que invitan a creer. Y ellos hicieron la lectura de fe correcta: se abrió la tumba de par en par, y el que había muerto bajo el poder de Poncio Pilato resucitó: la muerte no pudo vencerlo, y la tumba quedó vacía. La pascua de Jesús es nuestra pascua: es el paso de la muerte a la vida.

En realidad, las dos razones principales que aducirán los apóstoles para fundamentar su fe en la resurrección del Señor serán la comprobación del sepulcro vacío y las apariciones del Resucitado a algunas de las personas que más le amaron mientras Él vivió aquí en la tierra. Ninguna de estas dos razones puede demostrar científicamente nuestra fe en la resurrección, de acuerdo con las exigencias de la historia y de la ciencia empírica actual. Por eso, antes de su muerte el Señor había hablado ya de un único signo que se daría para las generaciones incrédulas, y este signo es Él mismo, muerto y resucitado por nosotros. Lo realmente importante es que nosotros hagamos de nuestra fe en la resurrección una experiencia vital que nos impulse a vivir como personas resucitadas, en comunión espiritual con el Resucitado.

Hoy, pues,  es un día para vivir comunicando esperanza en que la muerte no podrá con la vida porque Dios está con nosotros. Ésta es la razón más profunda de nuestra fe y nuestra esperanza. La duda y la tristeza de los discípulos al creer que se habían llevado a Jesús se tornó en alegría, la oscuridad se volvió luz, la muerte fue vencida por la vida.

La fiesta cristiana de la resurrección, que se celebramos cada domingo y especialmente en éste, es el descubrimiento de que en lo más escondido de nuestra intimidad hay una salvación. Es el descubrimiento en cada uno de nosotros de que nuestra vida ha sido esencialmente transfigurada por el hecho de la resurrección del Señor. Para muchos hoy la fiesta cristiana es un contrasentido o una utopía. Muchos cristianos, incluso, se desalientan y no son capaces tampoco de afirmar la alegría de esta buena nueva. Pero en nosotros no bebe ser así. Los creyentes en Cristo proclamamos una fiesta distinta de las vacaciones, del descanso o del desvarío. Proclamamos una fiesta que se refiere a lo más sagrado que el hombre tiene en sí. Proclamamos la fiesta siendo conscientes de que muchos, muchísimos hombres, son heridos en su dignidad. Proclamamos la fiesta sintiendo en nuestra carne y en la de nuestros hermanos los límites de nuestra condición.

Hoy no podemos seguir viviendo como si Cristo no hubiese resucitado, como si no estuviese vivo. No podemos seguir viviendo como si no le hubiera sido sometido todo. No podemos seguir viviendo como si Cristo no fuera el Señor, nuestro Señor. Vivir así implica haber hecho la experiencia de Cristo resucitado en la propia vida. ¿La hemos hecho ya?

P. José Antonio Pachas SDB