b) 19 de marzo

DOMINGO III DE CUARESMA – CICLO A

Gn 17, 3-7/ Sal 94/Rm 5, 1.2.5-8/ Jn 4, 5-42

CONOZCAMOS EL DON DE DIOS

¿Quién de nosotros no ha hecho en su vida experiencia de tener sed? ¿De qué tenemos sed nosotros hoy? La palabra de Dios de este domingo, tercero de Cuaresma, nos invita a plantearnos el tema También Jesús tuvo sed y hambre, y los sació con el cumplimiento de la voluntad del Padre. Y comprendió nuestra sed, y se ofreció a sí mismo como dono, como fuente de agua viva. Pero ¿no será que reduciendo nuestra relación con Dios a simples cultos externos no somos capaces de descubrir la riqueza de este gran don?

En el duro caminar del pueblo de Israel por la aridez del desierto hacia la liberación surgieron siempre dificultades de toda índole. Israel lo sufrió amargamente, tal como nos narra la primera lectura de hoy. Una dura sensación de sed por la escasez de agua hizo acrecentar la duda en modo desmesurado. La actitud correcta del pueblo ante este riesgo y peligro debió ser el tratar de superarlos, pero no ocurrió así, sino que se dedicó a hacer lo más fácil: murmurar contra Dios y contra Moisés. Israel tergiversó su liberación al interpretar el éxodo como una salida hacia la muerte. Fue la ofuscación de la fe ante el peligro inminente. El pueblo tentó a Dios desafiándolo a que diera pruebas: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” A la duda del pueblo, Dios respondió con su presencia, haciendo un signo maravilloso por mano de Moisés. Y así, de la dura roca de Horeb manó un agua corriente y viva que calmó la sed y fue presencia salvadora de Dios en medio de ellos. El mismo Dios del éxodo siguió mostrando su poder y su voluntad de salvar, a pesar de la desconfianza y de la rebeldía de los que eran salvados. A ellos les  mostró su don, el don del agua, que es fuente de vida. Pero qué difícil fue para ellos reconocerlo.

El salmo que proclamamos hoy como respuesta a esta primera lectura, nos recuerda que nosotros somos el pueblo de Dios y que Él nos quiere guiar con los cuidados propios de un pastor a su rebaño, para introducirnos en la tierra prometida. Él, que nos ha amado desde siempre, sabe cómo tenemos que caminar para vivir en plenitud, para alcanzar nuestra felicidad. En su amor nos sugiere qué hacer, qué no hacer y nos señala el camino a seguir. Frente a esto, la invitación a escuchar la voz de Dios exige en cada uno de nosotros la actitud de no endurecer el propio corazón.

El encuentro de Jesús con una mujer de Samaria, tal como nos lo transmite el evangelista Juan, tiene un alcance sorprendente. La escena ocurre junto al pozo de Sicar, en Samaria, al mediodía, cuando el sol se encuentra en su cenit. Allí se hallaba una mujer samaritana que vivía en tinieblas, cuando improvisamente llegó hasta ella el Señor, que es la luz. Jesús, solidario con las necesidades de todos los hombres, no se presentó como el Maestro que todo lo sabe, que tiene soluciones para todo, sino como quien tenía una necesidad física: deseaba calmar su sed. La mujer samaritana, educada en la ley, desconociendo el amor gratuito de Dios y moviéndose en el plano de lo religioso, pensaba que en el esfuerzo vital había que buscar la perfección propia de la ley y del culto, y se sentía postergada, porque ella misma había sido incapaz de cumplirla.  En el contexto de un extenso diálogo, Jesús trajo para ella el don de Dios, el agua viva que aplaca la sed. No la sed física, sino la sed de felicidad. Y la aplaca porque la fuente es mejor que un pozo de piedra y su contenido se halla dentro del que bebe. El pozo de Jacob contenía un agua contaminada porque de él bebían personas y animales. El agua que Jesús trae es viva, es decir, limpia y cristalina. Pero para hacerse acreedora a ella, la samaritana tenía que salir de su Torá  y de sus otros ritos religiosos. Tenía que salir y venir adonde estaba Jesús. Él es el nuevo templo. No se trata ya de elegir entre templos para rendir culto a Dios, ha terminado esa época. En la nueva relación con Dios desaparece el culto localizado y ritual. El agua viva, el Espíritu, el don gratuito de Dios, que es Jesús mismo, desborda las reducidas medidas de los depósitos de agua de Jerusalén y Garizim, de basílicas, catedrales, humildes oratorios y sacristías. Cristo le descubre que por encima de los montes sagrados lo que el Padre busca es adoradores en espíritu y verdad. Dios es realmente así: Padre de los perdidos, Dios de los moralmente fracasados y Dios de los sin culto y sin Dios. Esta sí que es Buena Noticia que libera, alegra y carga de esperanza. La mujer corrió contenta a comunicar a los suyos la experiencia vivida junto al pozo. En adelante su vida ya no sería un desierto sino un vergel regado por los manantiales que brotan del corazón del Salvador.

Este domingo nos invita de algún modo a examinar el pozo de nuestro corazón: ¿es como el de los israelitas, duro y rebelde, desconfiado de la presencia de Dios en la vida? ¿Está abierto a la palabra del Señor para seguir sus caminos? ¿Qué hacemos de especial durante la Cuaresma, para intensificar el contacto con Jesucristo, Hijo de Dios? ¿Nos damos cuenta, en acción de gracias, de los dones que Dios nos ha hecho, por Jesucristo, en el Espíritu Santo?  También hoy la vida nos expone a pasar por muchos Massá y Meribá: la injusticia dominante, el hambre de los que menos tienen, la espiral de violencia incontrolable e irracional, el desempleo acuciante, las crisis multiplicadas, los interrogantes sin respuesta; la mediocridad de la Iglesia, y por otra parte, el silencio de Dios. También hoy nos preguntamos: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”  El amor es una necesidad idéntica para todos los hombres; es más, de alguna manera es la necesidad que subyace en todas las necesidades humanas. Dios no dará más pruebas, porque nos habló personalmente en el gran don, que es Jesucristo. Hay que conocerlo, hay que hacer experiencia personal de Él, porque a Él lo llevamos dentro, en el propio corazón. Nos ofrece sólo algunas señales de su presencia para los que tienen ojos y quieren ver. Siempre puede brotar de la roca de nuestra dureza agua viva para calmar nuestros más grandes anhelos. El desierto de nuestra existencia puede llegar a florecer si comprendemos que el culto a Dios es importante, pero más importante que el culto mismo es  el amor, la justicia y la misericordia.

P.José Antonio Pachas SDB