c) 26 de marzo

DOMINGO IV DE CUARESMA – CICLO A

Sam 16, 1. 6-7.10-13/ Sal 22/Ef 5, 8-14/ Jn 9, 1-41

JUNTO A LA PISCINA DE SILOÉ

El domingo cuarto de cuaresma, conocido también como domingo “laetare”, es una invitación a la renovación de nuestro bautismo, una invitación a reflexionar sobre nuestras fuentes cristianas. En realidad, cada año, de manera renovada, se dirige a nosotros esta exigencia que escuchamos hoy: “Ve y lávate en la piscina de Siloé”.

En la Sagrada Escritura existe más de una versión acerca de la manera como el joven David llegó a convertirse en el rey de Israel. Distintas leyendas “adornan” las vidas de diversos personajes escriturísticos y David encaja dentro de ellos: músico y cantor, poeta y gran político, intrépido guerrero, joven humilde que suscita envidias en Saúl y la admiración de amigo en Jonatán, mujeriego hasta llegar al adulterio con premeditación y alevosía, enemigo empedernido de venganzas personales. Hoy la primera lectura nos narra una de las más bellas tradiciones sobre el tema. Samuel, ya anciano, siente que Dios le habla interiormente, y obediente a esta voz, se dirige a la casa de Jesé, pues uno de sus hijos ha sido escogido por Dios para regir el destino de Israel. Samuel no sabe quién es, debe ver bien, porque es fácil dejarse llevar por las apariencias y éstas fácilmente engañan o enceguecen. Uno a uno fueron pasando los hijos y más de uno reunía las condiciones para tan gran misión, pero ninguno de ellos era el elegido del Señor. Llegó el menor de todos, un joven de bella apariencia, pero aún muchacho e inexperto. Y ocurrió que el Señor había puesto sus ojos precisamente en él, por su buen corazón. Entonces Samuel lo ungió con aceite consagrándolo rey de Israel. Mientras Saúl era rechazado, David era elegido por el Señor y  se hacía necesario el traspaso de poderes. La unción es el signo de esta elección, como en el bautismo de Jesús y como sucede también en nuestro bautismo.

El salmo 22 es el testimonio de un peregrino, que, después de haber participado en una celebración solemne en el templo, se dispone a emprender el viaje de retorno. El camino para llegar a su pueblo está lleno de peligros, y puede ocultar encuentros desagradables. Por eso el fiel expresa toda su confianza en Yahvé: “El Señor es mi pastor”. Dios se encargará de que llegue sano y salvo. Así también, Dios, como buen  pastor, conduce al pueblo a través del desierto, después de la dura prueba del destierro. Este creyente que se sabe acompañado por la mano protectora de Dios, confiesa con serenidad su ausencia de ambiciones. Tiene todo lo que necesita: guía, seguridad, alimento, defensa, techo donde habitar. Difícilmente anidarán en su corazón la agresividad, la envidia y la rivalidad. Sin duda, Cristo tuvo presente este salmo cuando narró la parábola del buen pastor y cambió a propósito las primeras palabras “el Señor es mi pastor” por “Yo soy el buen pastor”.

Qué triste es estar ciego, hay que ponernos en los zapatos de quien vive esta condición para comprender su situación existencial. El ciego es un hombre que, por su defecto físico, no puede valerse por sí mismo, necesita de los demás, es dependiente en muchos aspectos. Hoy el evangelio nos narra un pasaje en el cual Jesús curó a un ciego junto a la piscina de Siloé en un día sábado consagrado a Dios. Nos parece impropio condenar a Jesús por haber realizado un hecho así. Sin embargo, decían los fariseos: “Esta acción no viene de Dios porque no guarda el sábado”. En su mentalidad, un precepto religioso había sido quebrantado y para ellos esto era blasfemia y herejía.  Y escandaloso resultó también que Jesús hiciese barro y lo depositara en los ojos de este hombre para devolverle la vista. Por muchos años aquel ciego quiso ver y nadie había podido dar solución a su problema existencial. Pero aquel día Jesús cruzó por su camino y  a través de un signo tan sencillo cambio radicalmente su realidad: quedó curado de su ceguera y convertido en un hombre autónomo y libre. Ya no necesitará de otro hombre que lo guíe por las calles ni de la limosna de la gente para poder sobrevivir. Ahora podía andar solo sin importar los comentarios de muchos. Empero, Cristo pidió al ciego que fuera a lavarse a la piscina de Siloé. El evangelista nos brinda aquí una enseñanza sobre el bautismo, que exige una decisión personal. El ciego se lavó y vio; y comenzó su misión de testimoniar a Cristo. Por el agua adquirió una visión más profunda: la visión de la fe, y fue este paso el verdadero milagro.

Por tanto, la unción y la nueva vida por al agua nos hablan hoy de nuestro renacimiento el día en que fuimos bautizados. Meditarlo a la luz de la fe nos hará bien a todos. Sin embargo, quedan para la interpelación personal y comunitaria algunas interrogantes: ¿Se puede hacer el bien cuando su ejecución tropieza con el orden establecido? ¿Acaso no es un desorden evitar hacer el bien? Para el creyente el primer orden es el establecido por Dios. Cualquier otro orden al margen o en contra del orden divino es puro desorden legalizado. Porque un hombre de fe no puede aceptar de ninguna manera que una autoridad, política o eclesiástica, intente obrar de un modo contrario a como lo hace Dios.  Y de Dios hemos recibido este imperativo inscrito en el corazón: “Haz el bien y evita el mal”. Jesús fue un hombre absolutamente libre, un hombre para el cual el único esquema laudable era el del corazón que obra el bien. Entenderlo exige ir más allá de las apariencias y aprender a mirar el corazón, como hace Dios. Que el agua bautismal nos conceda  a todos un corazón purificado y nuevo, y que la unción con el santo crisma nos ayude a regirnos por la ley del amor y a  buscar por encima de cualquier orden establecido la gloria de Dios y el bien de nuestros hermanos.

P. José Antonio Pachas SDB