a) 5 de marzo

DOMINGO I DE CUARESMA – CICLO A

Gn 2, 7-9. 3, 1-7/ Sal 50/ Rm 5, 12-19/ Mt 4, 1-11

EL DURO COMBATE DE LA TENTACIÓN

La tentación es una experiencia permanente y universal. Todos los humanos fueron, son y serán tentados. Eres tentado tú y también lo soy yo. Es tentado el creyente como el ateo. También el Señor se sometió a la tentación en un duro combate, y triunfó.

La primera lectura de hoy nos narra la escena del primer pecado del hombre. El lenguaje del escritor bíblico es plástico, sencillo e ingenuo. Mal haríamos si le aplicamos una lectura con rigor histórico, porque se trata de una parábola que ocurre en un tiempo primordial y que de algún modo expresa algo real en nosotros: la presencia de la tentación y del  pecado. Un relato que sucede en el jardín del edén y cuyos personajes no son históricos sino que  representan la a humanidad entera. En el edén gozaban Adán y Eva de la amistad con Dios, quien les había impuesto un mandato. Si lo cumplían, vivirían y serían felices. La serpiente que hablaba perturbó la idílica paz y la armonía existente entre el hombre y Dios y entre los hombres mismos.  Los padres de la Iglesia vieron en la serpiente a Satanás, el tentador, pero ciertamente no fue ésa la intención del escritor. La serpiente, animal enigmático, era adorada en la antigüedad por muchos pueblos e Israel corría el riesgo de adorarla también. En el diálogo, la serpiente se mostró interesada en ayudar a la pareja humana, pero por un camino diferente al querido por Dios. “Si comes del fruto de este árbol,  serás como Dios”, le dijo a la mujer, y ésta le creyó e hizo pecar también a su esposo. Es la tentación del hombre a no aceptar su condición de creatura, a querer ser igual a Dios, a decidir por sí mismo lo que es bueno o malo para él. En definitiva, un pecado de soberbia, la madre de todos los males.  Y el resultado fue desastroso: Adán y Eva tuvieron un miedo terrible a Dios y se escondieron, además de tomar conciencia de su desnudez. En presencia de Dios fueron interrogados y ambos se culparon y perdieron la armonía entre sí, porque el pecado no solidariza, sino que divide y traiciona al compañero. Más tarde vendría la expulsión del paraíso y el fratricidio de Caín contra Abel. De algún modo el escritor bíblico nos quiere enseñar que el mal es algo misterioso que brota del mismo corazón del ser humano y que el pecado solo trae muerte y soledad.

Sin embargo, existe siempre la posibilidad de arrepentirse y ser perdonado. Precisamente, en este domingo resuenan los versos del salmo 50, que es la confesión del pecador arrepentido. El salmista experimentó una fuerte tentación y pecó gravemente contra Dios, sus palabras se dirigen directamente al Altísimo, para implorar su misericordia y su amor. La salvación del pecador arrepentido está por completo en las manos de Dios, que nunca rechaza un corazón quebrantado y humillado. Por supuesto, no ignora que Dios es justo, que quiere la verdad y la rectitud de vida, pero precisamente considera que la justicia divina se manifiesta sobre todo en el perdón que le concede.

En un hecho curioso recogido por los evangelios sinópticos,  Mateo nos presenta a Jesús que es tentado en el desierto tras un largo período de ayuno en el desierto. Es una tentación fuerte, reiterada, porque tres veces se le presenta el tentador y en la Sagrada Escritura el número tres expresa intensidad y reiteración. Las tres veces Jesús fue tentado desde la palabra de Dios, presentándosele como voluntad divina lo que en verdad el Padre no quería para Él.  Las tres circunstancias son superadas puntualmente también desde la palabra de Dios, haciendo suyos sendos pasajes del libro del Deuteronomio. El autor del evangelio creyó en Jesús como el enviado de Dios en calidad de Hijo. Y es precisamente ése el meollo del asunto, porque el Señor fue tentado en su identidad de Hijo de Dios: “Si en verdad eres el Hijo de Dios…”. Y con esta convicción Mateo redactó su evangelio, buscando hacer partícipes a sus lectores judíos.  Se tienta a uno en sentido bíblico, cuando se le coloca en una situación en que debe dar buena prueba de sí mismo o decidirse o al menos manifestarse. Una creencia popular sobre el Mesías consideraba que su llegada daría lugar a una gran lucha de la que él saldría victorioso. Y esta creencia es la que Mateo recogió, con la única finalidad de que sus lectores puedan entender quién es Jesús.

En respuesta al tentador, el Señor no quiso convertir las piedras en pan para su beneficio, pero más tarde multiplicó unos panes para alimentar a la multitud hambrienta; no quiso bajar gloriosamente del alero del templo, como tampoco quiso bajar de la cruz, porque precisamente para eso había venido; no se arrodilló ante ídolo ni poder terrenal alguno, pero supo arrodillarse ante sus discípulos para lavarles los pies. La triple tentación se reduce en realidad a una sola: abandonar la cruz, seguir un camino más fácil y cómodo, buscar su gloria personal y no la gloria del Padre. Una tentación que le acompañó durante toda su vida, incluso en momentos previos a su muerte, cuando la multitud ensañada le gritaba que si en verdad es el Hijo de Dios, bajase de la cruz y creerían en Él.  Satanás tentó al primer hombre y venció junto al tronco del árbol prohibido, pero fue vencido por El Señor en el tronco de la cruz. Y así como ellos, todos somos tentados por los derroteros de nuestras vidas, unos vencen, otros no.

No tengamos en modo alguno la presunción de pensar que vivimos rectamente y sin pecado. Las tentaciones de Jesús son paradigmáticas: son las tentaciones de Israel por el desierto; son las tentaciones del hombre universal; son las tentaciones del tener, del poder y de la gloria. Son las tentaciones de la autosuficiencia y la independencia. Son las tentaciones de querer manipular a Dios, incluso de querer ser igual a Él. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. Adán y su mujer no se fiaron de Dios, dudaron y desconfiaron de sus proyectos y caminos; quisieron decidir por cuenta propia. Y así se perdieron y hallaron caminos de amargura, muerte y dolor. Jesús confió en el Padre y venció la dura tentación, hallando así la vida de la que nos hace partícipes. Una misma situación, pero dos respuestas diferentes. ¿Cuál de estas respuestas queremos asumir en nuestras efímeras vidas?

P. José Antonio Pachas SDB