b) 12 de marzo

DOMINGO II DE CUARESMA – CICLO A

Gn 12, 1-4/ Sal 32/2Tim 1, 8-10/ Mt 17, 1-9

SALGAMOS DE LA ZONA DE CONFORT

La tendencia a quedarnos en lo conocido y en nuestra zona de confort es muy frecuente. ¿Para qué ir a otra parte si donde estamos nos sentimos bien? Y es que aventurarse a lo desconocido suele ser peligroso, mientras que lo conocido nos da seguridad. Dominamos el terreno que pisamos, pero es movediza siempre la tierra de lo desconocido. ¿A qué nos invita el Señor?

Primera lectura, el llamado de Abraham. La forma en que la Escritura presenta a Abraham puede tener algo de incompleto, porque no dice nada de sus orígenes paganos, dentro de los cuales vivió su experiencia de Dios, aprendiendo a descubrir su vocación y su misión al amparo de la presencia interpelante del Altísimo. Abrahán escuchó un día la voz de Dios, que le prometía una tierra y una gran descendencia, además de ser motivo de bendición para todos los pueblos. Pero para alcanzar este don maravilloso era preciso dar un paso fundamental: se precisaba desinstalarse, dejar atrás la seguridad de la familia, de la tienda y de los ganados y aventurarse por el desierto, rumbo a lo oscuro y desconocido. Abrahán creyó y marchó. Su disposición de confianza absoluta fue su auténtico sacrificio, y su corazón se mantuvo fiel hasta en la prueba difícil, convirtiéndose en  prototipo del creyente, en “padre” de los muchos que han vivido o viven la fe. Vemos, pues, en este pasaje de la Escritura el desarraigo de lo que es más amado por el hombre antiguo: la tierra, el clan o familia un sentido amplio, y la representación de un pueblo siempre en camino, viviendo como forastero en tierra hostil, pero animado por la promesa de una tierra para siempre.

Hermosas palabras las del salmista, palabras para los tiempos actuales: “El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos; pero el plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad”. Las naciones muchas veces hacen cálculos siniestros, planean, se trazan objetivos mezquinos. Pero contra “los planes de las nacionesse alzan “los planes de Dios”, y ése es el mayor consuelo del hombre que cree, cuando piensa y se preocupa por su propio pueblo. No conocemos los planes divinos, pero existen y eso nos basta. La confianza en Dios exige dejar atrás las propias seguridades, desinstalarse de ellas, para coger el don gratuito de Dios, que defiende a cada individuo de mil maneras y cuya gloria se manifestará portentosamente en la salvación final. La victoria de Dios será, en último lugar, la victoria del hombre y la victoria de cada nación que a sus planes se acoja.

El evangelio de hoy nos narra la escena de la transfiguración del Señor en las alturas del monte Tabor. Sin embargo, en esta fecha no hay que poner el énfasis en dicha transfiguración, cuya fiesta se celebrará más adelante. No, hoy el interés es otro. Los discípulos habían comprendido a su manera que Jesús es el Mesías y estaban persuadidos de que su camino conduce inevitablemente a la cruz. Pero todavía no alcanzaban a comprender que su cruz podía encubrir la gloria divina. Por eso, Dios les concedió por un instante anticipar la contemplación de esta gloria, lo cual fue una experiencia gratísima y fugaz, porque el camino que hay que recorrer sigue siendo el de la cruz. De hecho, los tres discípulos predilectos (Pedro, Santiago y Juan) fueron los mismos que más tarde, en Getsemaní, vieron la debilidad de Jesús. El Señor, pues, se transfiguró en su presencia, contemplaron la gloria de Jesús, una nube los cubrió y afloró la tentación en Pedro: “Hagamos tres chozas y quedémonos aquí”. El deseo era bueno y legítimo, pero no era aún el momento. Un día, junto a Pedro, contemplaremos a Dios cara a cara, es ése nuestro destino final, pero mientras tanto no podemos quedarnos instalados en nuestra comodidad. Se precisa bajar del  monte y salir al encuentro del mundo lleno de necesidades, llevando cada uno  su propia cruz. Así lo hizo el Señor y así estamos invitados a hacerlo hoy también nosotros. Bajar del monte y escuchar a Jesús se vuelve fuente de bendición para todos los hombres de buena voluntad.

A tantos años de distancia en el tiempo, Dios nos quiere hoy “viajeros”. La contemplación final se nos ofrece hoy sólo a través de signos y como si fueran ráfagas, para animarnos, pero no para anquilosarnos en la comodidad. Precisamos levantarnos y bajar del monte, salir del confort para ir al encuentro de las necesidades de nuestro mundo de hoy. Es la exigencia que resuena hoy en nuestros corazones como un día resonó en el corazón de Abraham.  Naturalmente, esto tiene grandes riesgos, pues con frecuencia se critica duramente a quienes asumen el reto. El reto exige valentía y decisión, dejar la comodidad de nuestra tienda, el buen ambiente en el que nos movemos, el status que hemos alcanzado, la seguridad con la que caminamos. Levantarse y bajar de la montaña compromete a mucho, compromete a despertarse y a despertar. Toda vocación empieza por una llamada que nos saca de nuestra casa y de nuestras casillas. Puede tener formas diversas, pero siempre es una llamada a cortar con algo o con alguien, a ponerse en camino, a superarse, trascenderse y transfigurarse. La llamada exige salir, no se sabe lo que nos espera, pero hay promesa y bendición. No responder a la llamada significa conformismo, rutina, apego, falta de libertad, esclerosis, parálisis, vejez, vacío, tristeza, esterilidad, muerte. No se puede llegar a la Resurrección sin pasar por la muerte, no se puede llegar a la gloria sin pasar por la experiencia de la cruz. Ojalá escuchemos la invitación del Señor: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”, “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto. Escúchenlo”. Así avanzaremos con pie firme hasta la meta de la Pascua.

P. José Antonio Pachas SDB