b) 09 de abril

DOMINGO DE RAMOS – CICLO A

Is 50, 4-7/ Sal 21/Flp 2, 6-11/ Mt 26, 14-27, 66

EL CANTO DEL SIERVO SUFRIENTE

Desde el punto de vista cristiano, la semana santa, denominada antiguamente “semana mayor”, es la semana que conmemora la Pasión del Señor. Se compone de dos partes: el final de la Cuaresma (del domingo de ramos al miércoles santo) y el triduo pascual (jueves, viernes y sábado). Es el tiempo de más intensidad litúrgica de todo el año, y por eso ha calado tan profundamente en el catolicismo popular.

Hoy la primera lectura nos habla del tercer canto del siervo sufriente. El mensaje que proclama el profeta de parte del Señor no es de denuncia profética sino de esperanza. Su palabra se dirige a hombres concretos que viven problemas específicos. La durísima experiencia del destierro provocó la desesperación de mucha gente, por eso, es necesario reanimar a quien se siente abatido y dirigirle una palabra de consuelo, de esperanza en el Señor. Los ultrajes que recibe el siervo son aceptados por él y afrontados con decisión. No intenta vengarse, al contrario, al insulto responde con mansedumbre  y es persistente en hacer el bien como los malvados en su maldad. Sabe que su vida no es un camino de rosas, pero a la larga, es su camino. Sin embargo,  cree con firmeza que Dios está a su lado y por eso no pierde la esperanza, sabiendo que al final el triunfo es suyo. ¿Es así también nuestra actuación en el gran teatro de la vida? A menudo nuestras palabras, en lugar de consolar y  dar esperanza, sólo sirven para acongojar y herir, y ante la primera dificultad o dolor no comprendido, nos desesperanzamos. Nos queda mucho por aprender de esta figura del siervo.

El salmo de este domingo conmueve por la historia desgarradora que presenta. Un hombre está en las últimas y en su desesperación brotan de sus labios expresiones que pueden sonar atrevidas. Está muy enfermo y su fiebre es altísima: su garganta está seca como una teja, su lengua se  pega a su paladar. Su delgadez es tan espantosa que hasta puede contar sus huesos, quienes le acompañan le tratan como a un cadáver y no faltan quienes se ríen de él. Y entonces explota su grito desgarrador de protesta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Su memoria le lleva a recordar al Señor las intervenciones milagrosas del pasado, pero para echarle en cara su silencio insoportable: “De día te grito y no me haces caso; de noche y no me respondes”. Hubo un hombre que pronunció esas expresiones angustiantes mientras estaba en las últimas de sus propias desgracias. Después de él miles de hombres han tomado las mismas expresiones ante el silencio de Dios. Finalmente llegó un hombre, llamado Jesús, que poco antes de morir lanzó ese grito desde la cruz. Pero no es que Jesús hizo propias las expresiones del salmista, sino que  cargó sobre sí la angustia mortal de un hombre y de millones de hombres.

Apenas se comienza la lectura de la pasión del Señor según la versión de Mateo, inmediatamente nos damos cuenta de la importancia que tiene el tema del cumplimiento de las Escrituras. Mateo buscó probar a los judeo-cristianos, que esperaban un Mesías triunfador y glorioso, que los profetas anunciaron un Mesías paciente y que las Escrituras previeron el desarrollo de la pasión hasta en sus menores detalles. Apenas detenido Jesús, Mateo precisa que era necesario que así sucediera para cumplir las Escrituras, rechazando con ello la opinión de quienes pudieran ser partidarios de una respuesta armada a la detención de Jesús. Y cuando se produce este suceso, Jesús hace alusión al procedimiento que le identifica con los maleantes, actuación que él relaciona con la del Siervo paciente de Isaías. En Mateo se elabora ya un pensamiento que se centra preferentemente en torno a la idea del cumplimiento: los acontecimientos de la Pasión no tienen nada de accidental y forman parte del designio de Dios sobre el mundo. El relato nos manifiesta la reacción íntima de Jesús frente a los acontecimientos dolorosos que se suscitaron unos tras otros. Es la pasión vivida hasta el extremo. Los relatos que siguieron a Getsemaní (proceso, condena, insultos, crucifixión) son la superficie de la pasión, los hechos, la crónica. Pero el dolor lo llevó el Señor por dentro, afrontando el silencio del Padre en el grito desgarrador de la cruz. Jesús padece y muere, rechazado colectivamente, pese a ser rey y pese a ser  inocente. En la voz de los transeúntes, de los sacerdotes y de los dos malhechores resonaba la misma voz de Satanás, tres años atrás en el desierto: “Si eres el Hijo de Dios…”. Si realmente eres el Hijo de Dios, debes usar el poder de que dispones para obtener credibilidad, para hacer triunfar la verdad. En el momento de entregar el espíritu volvió a ser tentado en su identidad de Hijo de Dios. Con todo, Jesús se supo “muriendo por otros” o, dicho de otro modo: a lo largo del evangelio vamos viendo que Jesús tuvo la seguridad de encarnar en su persona de algún modo la figura de aquel “siervo sufriente” del Antiguo Testamento.

En el mundo de hoy continúan los dolores de Cristo, porque este mundo hermoso, creado por Dios y herido por el pecado, es el lugar de la lucha contra el mal. Cristo recoge hoy todos los sufrimientos de los hombres, causados en último término por el pecado, y, combatiendo encarnizadamente contra los egoísmos y las faltas de amor. Hoy nos parece hacer experiencia del silencio de Dios, hoy nos vemos tentados en nuestra identidad de hijos de Dios, hoy nos resistimos a perder la esperanza en medio de nuestros gritos desgarradores.  Pero también hoy Jesús sigue entregándose por nosotros, muriendo en todo hombre que sucumbe por amor y resucitando en todo hombre que lucha por la paz.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb