b) 13 de diciembre

DOMINGO III DE ADVIENTO – CICLO C

So 3, 14-18a/ Sal Is 12, 2-3/ Flp 4, 4-7/ Lc 3, 10-18

¿QUÉ DEBEMOS HACER HOY?

Conocemos el tercer domingo de adviento como el domingo de la alegría o domingo de “gaudete”. Sabemos que no caminamos solos, pues Dios camina con nosotros, está en medio de nuestro pueblo y viene también a nuestro encuentro en Cristo Jesús. Ante esta realidad, nos preguntamos: ¿Qué debemos hacer hoy? Intentemos hallar la respuesta a la luz de la palabra de Dios para este domingo.

La primera lectura nos presenta un hermoso y breve oráculo de Sofonías, uno de los profetas menores. Fue éste un personaje anterior a Jeremías y su texto, referido mayormente a Palestina, nos presenta un cuadro variado, cuyo tenor de fondo en un primer momento se ve reflejado en un complejo conjunto de amenazas que penden sobre Jerusalén, porque ha confiado solo en sí misma, pero no ha sabido confiar en Dios. El profeta llega a hacer anuncio del “día de Yahvé”, que está próximo y será duro y exigente. Pareciera que la vara de Dios está ya alzada para castigar. Sin embargo, el profeta de pronto alcanza a vislumbrar algo nuevo y diferente. La mano purificadora de Dios sacudirá fuertemente, pero un resto so­brevi­virá a la catástrofe. Entonces cambia el tenor de sus palabras, las promesas se suceden jubilosas unas tras otras: un nuevo sol se posará sobre Jerusalén, huirán los oscuros nubarrones y el cielo se despejará para abrirse y permitir el descenso de la bendición abundante del Señor. Los breves versículos de hoy semejan un hermoso salmo, que se dirige a Jerusa­lén. En lo íntimo del corazón se pregunta el profeta: ¿Qué debe hacer Jerusalén hoy? Él mismo expresa la respuesta en las primeras líneas: “Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén”. No hay lugar ni para la tristeza ni para la angustia, la ciudad está invitada  al canto, a la danza, a la alegría, al gozo. Con visión aguda el profeta anuncia buenas noticias y la fuente y raíz de todo esto es Dios salvador, que está en medio del pueblo. Todo puede resumirse en esto: “Alégrate, Jerusalén, y no temas, tus enemigos han desaparecido y las sentencias de Dios contra ti han sido revocadas. Alégrate, Jerusalén, porque Dios te perdona, hace la paz contigo y habita en medio de ti”.

Si Dios está en medio del pueblo, entonces el futuro tiene sentido. Lo expresa el salmo, cuyos versos son tomados esta vez del profeta Isaías. El Señor es la fuerza y el poder del pueblo, Él es su salvación. Por eso el pueblo ha de cantar sus maravillas y gritar lleno de júbilo la grandeza del Santo de Israel.

El evangelio nos habla nuevamente de Juan Bautista en un contexto de gran expectativa. Los hombres de Israel centraban su esperanza en la venida próxima del Mesías cual poderosa intervención de Dios. Consideraban que algo muy grande estaba ya próximo a ocurrir y que Dios no se había olvidado de su pueblo. Surgió la figura de Juan y una enorme expectativa se centró sobre su persona, rebasando los límites de Palestina. En el desierto su voz anunciaba el inicio de un tiempo nuevo. Para quienes reconocían arrepentidos sus pecados, anunciaba un bautismo de penitencia y la salvación. No en vano, la gente sencilla acudía hacia él, y también pecadores, cobradores de impuestos y hasta militares. Se bautizaban y le preguntaban: ¿Qué debemos hacer? Para todos ellos tenía siempre un consejo saludable. La moral que proponía se encaminaba a corregir el abuso de la riqueza, no exigiendo más impuestos de lo establecido, no extorsionando, compartiendo vestido y comida con el que no tiene. Para acoger la salvación se precisa una moral nueva, una conducta nueva, una disposición nueva. Y es inminente la llegada del Mesías, que es más fuerte y más virtuoso que él. Este Mesías bautizará con Espíritu Santo y fuego. Este Espíritu señala el inicio del último tiempo y el fuego hace referencia al juicio de Dios sobre el mundo, que se hará realidad por su Hijo. De su palabra brotan las imágenes de la horquilla, el trigo y la paja. A este Mesías se le ha dado este poder y los creyentes han de tomar una opción antes que sea tarde. Se precisa abandonar la paja y convertirse en grano fecundo.

A dos mil años de distancia resuena hoy en nuestros corazones la pregunta que la gente pecadora hiciera a Juan Bautista: ¿Qué debemos hacer? De algún modo el profeta Sofonías nos recuerda la importancia de mostrarnos y vivir alegres, más allá de nuestras dificultades, porque Dios está en medio de nosotros, es el Emmanuel. La campaña navideña nos sumerge hoy en una atmósfera hecha de anuncios, programas, exposiciones, fiestas, comidas y regalos, pero nada de esto colma ese anhelo de alegría y paz que anida en el propio corazón. Sólo quien deposita en Dios su alegría y su paz, las encontrará realmente, más aún, conociendo que el Dios que nos mostró Cristo es un Dios alegre y solo desea nuestra felicidad. Él está en medio de nosotros y un día estaremos eternamente con Él en la patria celestial. Por otro lado, Juan Bautista nos invita hoy a compartir caritativamente  nuestros bienes con aquellos que se hallan en necesidad. Es una manera muy concreta de prepararnos para la venida del Señor, un hermoso fruto de conversión, más aún, si hemos estado inmersos en comportamientos egoístas y nos hemos dejado arrastrar por la codicia. De ésta nace la injusticia, la extorsión y la explotación contra el más débil. Quizás estemos invitados hoy a hacer un serio examen de conciencia personal y comunitario acerca de nuestro compromiso con los necesitados y nuestra implicación con los poderes mundanos. ¿Qué debemos hacer hoy? Es una pregunta que vale la pena plantearse y denota un interés por cambiar positivamente. A la luz de esta palabra divina hallemos respuestas concretas.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb