c) 16 de abril

DOMINGO DE RESURRECCIÓN – CICLO A

Hch 10, 34. 37-43/ Sal 117/Col 3, 1-4/ Jn 20, 1-9

EN LA MAÑANA DE RESURRECCIÓN

Es la mañana de resurrección, en la que –como expresaba un antiguo canto- salimos al encuentro de un futuro mejor. La piedra desechada, que es Cristo, removió la piedra de su propio sepulcro para convertirse en piedra angular de nuestras propias vidas. Queremos ser sus testigos y esto exige en nosotros conversión de corazón y la firme decisión de comprometerse en la construcción de un mundo más humano.

Hoy es el tiempo de los testigos. Y nadie mejor que Pedro, el que dejó las barcas y las redes para seguir apasionadamente al Señor, desde las riberas del lago de Galilea hasta las penurias en Jerusalén. Lo siguió paso a paso, le costó mucho comprender las cosas, se esforzó por ser fiel, aunque su miedo le llevó a fallar. Pero este error formó también parte de su testimonio, porque lo que aprendió del señor lo aprendió no en los libros sino por su experiencia personal. La lectura de hoy nos presenta un compendio de su predicación. Sus palabras mostraron una descripción de la actividad del Maestro, siguiendo el esquema que Marcos presenta en su evangelio. Precisamente subrayó que la cosa comenzó en Galilea. Destacó con convicción que Jesús, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, pasó haciendo el bien, esto es, sanando a los enfermos, perdonando a los pecadores y liberando a posesos de espíritus inmundos.  El apóstol habló desde el corazón y con autoridad. No habló de lo que le contaron, sino de lo que él mismo vio con sus propios ojos y de lo que escuchó con sus oídos. Pero él no era el único testigo; por eso habló en forma solidaria “Nosotros somos testigos…” Jesús es el Señor, el juez de los vivos y muertos; pero es también el rostro humano del amor de Dios. En Jesús el Padre manifestó personalmente que nos ama y nos perdona. Todos sin distinción alguna, podemos acoger esta salvación gratuita si creemos que Jesús es el Señor.

Hacemos eco de esta palabra con los versos del salmo 117. Es el salmo pascual por excelencia, cuyas líneas expresan de la acción de gracias por la victoria pascual del Señor. Nos presenta una contraposición: la piedra que desecharon los expertos se convirtió en la piedra escogida por Dios como piedra angular. Su muerte real se transformó en vida real y sobreabundante por obra de Dios. Así lo confiesa el salmista: “Es el Señor quien lo ha hecho…” La iniciativa es siempre de Dios y Jesús quedó constituido como piedra angular de una nueva construcción. En esta mañana de resurrección unimos, pues, nuestras voces a la oración del salmista para proclamar la obra salvífica y maravillosa de Dios, que ha liberado a Jesús de la muerte y lo ha puesto como fundamento de nuestras vidas.

Precisamente, el evangelio de hoy nos narra el inicio de esta mañana de resurrección con la llegada de la aurora. María Magdalena pudo constatar que el sepulcro estaba abierto y vacío y fue a comunicarlo  a dos discípulos. María fue al sepulcro poseída por la concepción de la muerte como algo definitivo; pensaba que la muerte había triunfado; buscó a Jesús como un cadáver. La suya fue solo una constatación ansiosa: “Se han llevado del sepulcro al Señor”. Ella no pensaba en resurrección sino en profanadores de tumbas y ladrones. Sin embargo, pese a no haber aún madurado esta fe, fue la inicial portadora de esta buena nueva.  Los dos discípulos fueron corriendo presurosos, y como es natural, el más joven corrió más rápido y llegó primero, pero no se atrevió a entrar. Ambos inspeccionaron el sepulcro y llegaron a conclusiones distintas. El discípulo amado llegó antes y creyó; Pedro, en cambio, llegó un poco más tarde y de él no se  dice que “creyera”. Este “correr más rápido” tiene en el evangelista un sentido que va mucho más allá de una simple consecuencia física. Correr más de prisa es una imagen y busca significar la experiencia del amor de Jesús. Hasta ese momento, Pedro aún no había podido concebir la muerte del Señor como muestra de amor y fuente de vida. En el atrio del sumo sacerdote había mordido el fracaso en su respuesta de fe a Jesús. El otro discípulo, en cambio, había hecho una experiencia de fe más convencida. Ambos partieron corriendo envueltos en tinieblas y dudas. Ni Pedro ni el otro discípulo habían entendido, cuando partieron, pero el discípulo amado llegó primero y  al ver, creyó. La inteligencia de la fe le iluminó en un instante y comprendió que la muerte física no ponía fin a la vida de Jesús, cuyo amor inigualable manifestó la fuerza de Dios. Pero Pedro llegó más tarde. Su comprensión de fe fue más lenta, aún le faltaba hacer un camino para comprender que vivir es amar y que la muerte no puede triunfar sobre la vida. El sepulcro abierto y vacío, las vendas por el suelo y en un lugar aparte, el sudario cuidadosamente doblado, no eran pruebas científicas de la resurrección, pero sí eran signos que invitaban a creer. El lenguaje de Dios es el lenguaje de los signos y todo signo, revelando una verdad, oculta algo que hay que profundizar. Lo visible remite siempre a lo invisible y sólo ven lo invisible quienes sean capaces de mirar con el corazón. Y en los corazones de ambos discípulos se mezclaban recuerdos que se resistían a morir en el pasado. Atrás quedó la primera llamada, la barca, las redes, los signos maravillosos, las enseñanzas cargadas de sabiduría, las llamadas de atención y las actitudes diferentes que se tomaron en el momento de la prueba.

En breve, el apóstol joven “Vio y creyó”. Hoy nos toca la tarea de “no ver y creer”, de ser testigos de Cristo vivo en un mundo incrédulo marcado por una cultura de muerte. Pero en Cristo tenemos asegurada la victoria. Lo hemos cantado en las hermosas estrofas de la secuencia de hoy: “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la vida, triunfante se levanta”.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb