c) 20 de diciembre

DOMINGO IV DE ADVIENTO – CICLO C

Mi 5, 2-5a/ Sal 79/ Hb 10, 5-10/ Lc 1, 39-45

CONFIAR EN DIOS DESDE LA HUMILDAD

Decía Pascal que “nadie es tan feliz como un cristiano auténtico». Pero, ¿quién puede creer hoy realmente esto? De ordinario, no solemos relacionar la felicidad con la fe, al menos no con esta felicidad efímera de cada día, que ahora mismo nos interesa. Pero en el mensaje de la palabra de Dios no es así: la felicidad está emparentada con la fe en Dios y esta fe conlleva actitudes de humildad y alegría desbordante.

La voz de Miqueas, otro de los profetas menores, ocupa el espacio de la primera lectura de hoy. Su predicación fue realmente una de las más duras, alternada con grandes promesas de salvación. La atenta lectura de su libro nos parece instruir en lo siguiente: Dios amenaza para alejarnos del mal y promete bendiciones abundantes para animarnos a seguir adelante por la senda del bien. Contemporáneo al gran Isaías, Miqueas conoció la destrucción de Samaria, pero el texto de hoy se centra en el pequeño pueblo de Belén. Tratábase de un diminuto pueblo relegado al olvido, pero en aquel lugar había nacido David, el gran rey bendecido por Dios, que supo reunir bajo su trono a todas las tribus del reino, trayendo paz y bienestar. A David hizo Yahvé grandes promesas, particularmente la de un descendiente a quien le sería entregado el poder y cuyo reinado no tendría fin. Asistido por el Espíritu, este retoño traería la paz definitiva a Israel. El profeta evoca aquella promesa. Así como ocurriera con David, también este niño nacerá en Belén de Judá, y reunirá a su pueblo Israel, que hoy se encuentra dispersado, será su nuevo pastor y la mano de Dios estará siempre con Él. Con Él reinará nuevamente la paz, no solo para el pueblo de Dios, sino también para todos los confines de la tierra. Así, pues, Belén, cuyo nombre significa “casa del pan”, será la cuna de quien estaba llamado a entregarse como Pan eucarístico por nosotros. Dios misericordioso dispone que de la humildad del pueblo de Belén, surja el verdadero salvador de Israel anunciado desde antiguo por los profetas. Y esto es motivo de alegría para todos los pueblos.

En sintonía con el mensaje de Miqueas, el salmista nos hace elevar hoy una humilde súplica a Dios salvador: “Restáuranos, Señor, que brille tu rostro y nos salve”. Sus versos, que presentan a Dios bajo la imagen del pastor, recuerdan las acciones de Dios a favor de su pueblo en tiempos de crisis nacional y expresan el deseo de volver a una situación anterior de bendición, que se perdió a causa de una invasión extranjera. Es la humilde súplica de una nación que se sabe devastada y que clama a un Dios que parece haberse quedado dormido, bajo la confianza de que el Altísimo en persona va a actuar a favor de su pueblo afligido.

En un breve texto, Lucas nos presenta hoy a María como modelo del adviento. Ella, habiendo tomado noticia de la situación de su prima Isabel, que en su vejez espera un hijo, “se puso en camino” y partió sin mayor demora a su encuentro. La que había sido estéril iba ahora a dar un fruto de sus entrañas por gracia de Dios. En un contexto de alegría ambas mujeres santas se saludan y el niño que Isabel espera salta de gozo en sus entrañas. El humilde saludo de Isabel nos hace pensar no tanto en una pregunta por el sentido de la vida sino más bien en un sentido de pequeñez que brota del corazón: “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? Isabel no podía siquiera imaginar que Dios la visite, que Dios se acuerde de ella, que Dios vaya a buscarla a su casa y  se ponga a su servicio en la persona de María y del niño que ésta había concebido. Isabel no se sentía con derecho a nada,  solo expresaba su sorpresa, agradecida y agraciada. Reconocía que carecía de mérito alguno frente a la infinita misericordia de Dios. Todo el mérito está en Aquél que la visita y que María lleva en su vientre. Todo sucede en una aldea desconocida e insignificante, en la montaña de Judá. Dos mujeres embarazadas conversan sobre lo que están viviendo en lo íntimo de su corazón. Son estas dos mujeres, llenas de fe y de Espíritu, quienes mejor comprenden lo que está sucediendo. Las palabras de la anciana al final de su saludo: “Dichosa tú porque has creído que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” evocan la grandeza de María, que en su humilde fe confió plenamente en las promesas del Señor.

Este cuarto domingo de adviento nos abre, pues, un abanico de reflexiones cuyo eje central lo constituye la verdad de que en el humilde encontramos a Dios. Él quiso que su Hijo eterno naciera en un humilde pueblo. Su Hijo quiso encarnarse en el seno de una Virgen, que en su humildad creía plenamente en las palabras de Dios, su salvador. Una anciana humilde se regocija con su hijo aún en las entrañas y reconoce su pequeñez ante la presencia de otra Madre que es portadora de buenas noticias. Humildad, alegría desbordante y la actitud saludable de saber ponerse en camino para asistir con amor a quien requiere de nuestra solidaridad, son valores que hemos de poner en práctica si realmente queremos acoger en nuestra vida la salvación de Dios. Y es que hay una manera de amar que debemos recuperar en nuestros días, hay una sabiduría de vida que hemos echado en el olvido y que consiste en ser portadores de alegría desde la pequeñez y humildad de nuestra existencia. Es desde esta pequeñez desde donde Dios obra maravillas si creemos realmente en Él. Desde esta actitud acompañemos siempre a quien se encuentra hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o sencillamente vacío de alegría o de esperanza.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb