a) 6 de diciembre

DOMINGO II DE ADVIENTO – CICLO C

Ba 5, 1-9/ Sal 125/ Flp 1, 4-6. 8-11/ Lc 3, 1-6

PREPAREMOS EL CAMINO DEL SEÑOR

El tiempo de adviento nos habla de un retorno a los brazos de Dios siguiendo un camino que exige ciertas condiciones. ¿Cómo hemos de preparar este camino?

Baruc, profeta cuyo nombre significa “bendecido”, nos regala unas palabras que ocupan hoy el lugar de la primera lectura. Su libro, unido al de Jeremías, es breve, solo seis capítulos, pero con un mensaje muy profundo, una buena noticia para Jerusalén, que  siendo cruelmente destruida, había mordido duramente el polvo del exilio. El profeta avizora el retorno inminente de los hijos de Jerusalén. La alegría de este acontecimiento próximo exige dejar atrás el viejo vestido de luto para ponerse un vestido de gala, cuyas prendas más valiosas son el manto de la justicia y la corona de la gloria de Dios. Se precisa también abandonar la tristeza y el dolor. Con ánimo renovado Jerusalén debe ponerse en pie, subir a lo alto y contemplar que sobre sus ruinas se levantará radiante una nueva casa para el Señor. Al duelo, al dolor y al llanto, seguirán ahora los perfumes, la ale­gría y el júbilo; a la humillación, el esplendor y la belleza de una ciudad bien dispuesta y engalanada. Es Dios quien se muestra misericordioso y conduce a tan noble regocijo, disponiendo que la naturaleza se asocie a este bello designio. Baruc hace suyas imágenes usadas mucho antes por Isaías: los valles se elevan, los barrancos se rellenan, los montes deponen su orgullo, porque el pueblo elegido retorna del exilio y nada debe lastimar sus pies: ni piedras ni espinas ni sendas tortuosas. Nada debe agobiarlo, porque la glo­ria del Señor lo acompaña. A su paso crecen árboles de todo tipo, que lo defien­den del calor y lo bendicen con sus aromas, y es tan grande esta bendición que hasta la ciudad cambia de nombre, se llamará “Paz de la justicia”. En síntesis, los hijos de Jerusalén regresan, son reunidos de nuevo, y sobre ellos se posa la gloria del Señor.

El salmista busca resonar en nuestros corazones esta grata noticia, haciéndonos aclamar con fe que el Señor ha estado grande con nosotros, su pueblo, y por eso debemos andar siempre alegres. Sus versos evocan la historia de Sión, cuyo destino cambió radicalmente porque así lo quiso Dios, que le hizo volver del destierro. Las lágrimas de sus ojos fueron cambiadas por sonrisas abundantes en los labios y los cantos fúnebres por cantares de felicidad, que causaron la admiración de los paganos al constatar las maravillas obradas por el Señor.

Sin embargo, ni Baruc ni los demás profetas pudieron precisar con exactitud el tiempo de la realización de estas promesas, solo alcanzaron a vislumbrar cual tenue destello un nuevo tiempo donde las cosas serían gratamente diferentes. Hoy Lucas intenta responder a esta inquietud, tratando de encuadrar la obra salvadora de Dios dentro del contexto de la historia profana. En efecto, el Dios eterno salva al hombre “metiéndose” en la historia de los hombres, escribiendo derecho sobre los renglones torcidos de las incongruencias humanas. Y la encarnación del Señor es parte y centro de esta historia. El evangelio de hoy nos habla de un hombre que a orillas del río predicaba, hablando de otro hombre cuya misión estaba por empezar: “En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea…” En realidad, Juan el bautista, predicaba más allá del río, recorría la región del Jordán y anunciaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Esta conversión es el retorno del pueblo a los designios de Dios por el camino del Señor. Para graficar sus palabras hizo suyas las imágenes de Isaías, porque todo debe favorecer gratamente el regreso de los conversos por este camino de santificación: los montes se allanan, los valles se igualan; lo escabroso se vuelve suave, lo tortuoso se endereza. El pueblo que vuelve no debe encontrar a su paso obs­táculo alguno que le lastime, pues Dios en medio de él lo conduce a la salvación. Y todos los que tengan fe podrán contemplar la acción de Dios, que es grande con su pueblo. Por tanto, Juan anunciaba la salvación y la entendía como el retorno de los hombres del pecado a la amistad con Dios, siguiendo un camino que ha de ser preparado convenientemente: cada creyente que quiera seguirlo debe rebajar su propio orgullo, elevar el desánimo y la moral, enderezar aspectos de la vida que se han torcido, practicar la justicia, etc.  Esta salvación está ya a la puerta y no ha de encontrar obstáculo alguno.

Isaías y Baruc anunciaban la salvación que estaba por venir. Juan decía que  la sal­vación estaba cerca. Para  nosotros, la salva­ción ya ha llegado, pero está también por venir. Llegará un día en que estaremos definitivamente con Dios, pero por ahora camina­mos al encuentro de Cristo, que viene. El tiempo de Adviento nos recuerda la necesidad de prepararnos diligentemente para tal acontecimiento. La iniciativa la tiene siempre Dios, que viene hasta nosotros en Cristo, pero estamos invitados a caminar hacia su encuentro. Este camino hay que prepararlo. Son los caminos del propio corazón. Una casa deshabitada por mucho tiempo se cubre de polvo y telarañas; un camino no transitado por humanos se cubre de maleza y es frecuentado por fieras y animales salvajes. Un corazón no bien dispuesto es presa fácil de orgullos altivos, de situaciones no correctas y torcidas, de pérdida de sentido existencial. Pregúntese cada uno de nosotros qué tiene que hacer en concreto para preparar este camino a fin de no encontrar mayores obstáculos en este retorno al amor misericordioso de Dios. Preparemos alegremente el camino del Señor y recorramos juntos esta senda, despojándonos del viejo vestido del pecado y revistiéndonos con el traje de fiesta de los hijos de Dios.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb