a) 2 de abril

DOMINGO V DE CUARESMA – CICLO A

Ez 37, 12-14/ Sal 129/Rm 8, 8-11/ Jn 11, 1-45

LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA

Junto a la tumba del amigo fallecido suenan esperanzadoras  las palabras del Señor: “quiten la losa” y “ven a fuera”. La muerte nos resquebraja, pero el cristianismo, al anunciar su mensaje de vida y resurrección, ofrece a todo creyente la única oportunidad de liberación: la liberación de todos los miedos, especialmente del pecado y de la muerte. Morir no es el fin para quien cree firmemente en Jesús.

El pueblo de Dios estaba desterrado en Babilonia, tumba de los pueblos, lejos de la tierra y de una promesa divina que parecía no cumplirse. Era un pueblo sin libertad y sin vida propia: un pueblo muerto y sin destino. Duros momentos en los cuales resonó la voz del profeta Ezequiel. Transportado a una especia de llanura, tuvo  ante sus ojos visionarios dos realidades fuertemente contrastantes: por un lado, huesos y más huesos resecos y calcinados, huesos de muchos días, muerte por doquier; y por otro, viento-espíritu, soplo animador por los cuatro costados, vida por doquier. Huesos y espíritu, muerte y vida fue el eje central de su visión. De pronto los huesos se ensamblaron, les nacieron tendones, la carne los cubrió, su piel se puso tersa. De allí su profecía: Dios abrirá los sepulcros y los levantará para que el pueblo salga, se organice y adquiera una nueva vida animada por el Espíritu del Señor. Será una nueva liberación histórica, un nuevo éxodo, una nueva elección. Israel, pues, saldrá de su sepulcro babilónico, del país de la muerte, para establecerse en la tierra de la vida.  Aunque este pasaje de Ezequiel no habla directamente de la resurrección de los muertos, sino la liberación del pueblo elegido, el cristiano puede leer esta página  viendo en ella el símbolo perenne de la resurrección particular y universal.

Oímos en el salmo de hoy: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”. El autor de este salmo, desconocido para nosotros, sintió la necesidad de expresar sus sentimientos de fe y confianza ante una realidad tan íntima, la del pecado y la tristeza. Y el pueblo de Israel lo hizo suyo cantándolo en sus peregrinaciones hacia Jerusalén. Es la humilde oración de un hombre que se siente inmerso en un abismo: en la profundidad de su pecado.  Se siente hundido, apartado de Dios, inquieto por grandes remordimientos. Junto con el peso del pecado, el salmista expresa su confianza en la infinita misericordia de Dios y en su perdón absoluto.

Hace dos mil años, Marta y María, dos hermanas amigas del Señor, anunciaron a Jesús que su amigo Lázaro estaba gravemente enfermo. Jesús respondió que esta enfermedad no era para la muerte, sino para que en ella se manifieste la gloria de Dios. Con estas palabras alimentaba en esas mujeres la esperanza de una posible curación milagrosa. Las hermanas hicieron todo lo posible por salvar a su hermano enfermo, le dedicaron todos los cuidados, pero fue inútil. El hermano murió. Hace dos mil años ambas hermanas lloraban desconsoladamente la muerte del hermano, acompañadas por los gemidos y palabras desconsoladas de sus vecinos y amigos, que lloraban con ellas. Jesús llegó hasta el hogar en duelo y Marta salió corriendo a sus pies. Ya los médicos nada tenían que decir, pero quizás el Señor tenía para ella las palabras que su corazón necesitaba desde lo hondo de su dolor. Creía que Jesús podía curar a los enfermos sólo con su presencia, por eso se lamentaba de que llegase después de haber enterrado a su hermano. Jesús le preguntó si creía en la resurrección y ella respondió que sí. Pero la suya era aún una respuesta fría, apoyada en una verdad de fe aprendida de memoria. Jesús le dio el fundamento necesario: “Yo soy la resurrección y la vida y el que crea en mí no morirá para siempre”. Bastaba eso. Fueron al sepulcro y Jesús lloró por su amigo muerto. Llorar como el Señor la desaparición del amigo es manifestar el valor único e irrepetible de cada ser humano. Es recordarnos la importancia de vivir haciendo vivir a los demás. Es  reclamar una trascendencia, un sentido a nuestro paso por el mundo. Hemos de  aprender que nuestra vida terrenal puede ser breve o larga, pero es un tiempo para amar y servir de corazón, que a la larga, en eso consiste tener fe en Jesús.  Jesús dijo que Él mismo es “la resurrección y la vida”; es decir, que tiene poder para resucitar y dar la vida a cuantos crean en Él. Los que creen en Jesús, pues, no morirán para siempre. Este don no nos evita la muerte corporal, pero ella ha sido ya vencida y un día hallará su propia muerte. Ya en el sepulcro el Señor dijo al amigo muerto: “Ven afuera”. Y Lázaro salió del sepulcro, su carne se había reanimado, sus tendones estaban otra vez articulados, la piel volvió a estar tersa ante el asombro de todos.

Cristo, pues, convierte en realidad la visión de Ezequiel. Él pasó por la vida calmando dolores y resucitando a quienes dormían inertes en sepulcros, tanto del aguijón de la muerte como del aguijón del pecado. Porque Él es vida y Resurrección. Hoy nos encontramos con tantas clases de sepulcros y muchos tipos de muerte. Comprendemos hoy que podemos sobrevivir a la  muerte si existe un Otro eterno, que nos ama con un amor infinito y que nos quiere asemejar a su naturaleza divina. Dios, que es vida y amor, nos pide hoy hacer una opción por la vida. Aprendamos de una vez a decir no a la cultura de muerte que nos rodea por doquier y optemos de una vez por la vida, defendiéndola en todas sus formas. Donde está Cristo hay vida, no puede haber muerte.  ¿Creemos esto? ¿Lo creemos porque nos lo enseñaron en el catecismo o lo creemos porque hemos hecho experiencia personal y comunitaria del amor gratuito de Dios?

P. José Antonio Pachas Zapata sdb