d) 23 de abril

DOMINGO II  DE RESURRECCIÓN – CICLO A

Hch 2, 42-47/ Sal 117/1Pe 1, 3-9/ Jn 20, 19-31

EL TESTIMONIO DE LA COMUNIDAD

El domingo es día del Señor. En el primer domingo de Pascua el Resucitado, se manifestó primero a las mujeres y después a los discípulos. Tuvo el Señor por primera preocupación reunir a sus discípulos después del escándalo de la cruz. El segundo domingo, el primer día de la semana, es decir, hoy, el Resucitado volvió a reunirlos para confirmarlos en la fe.

En la primera lectura de este domingo Lucas nos hace una somera presentación de la primera comunidad cristiana en Jerusalén.  ¿Está Lucas diciendo lo que de hecho ocurría en Jerusalén  en los años treinta de nuestra era? Parece que no. Pero todo ello no significa que este texto sea falso o inútil. Lucas nos muestra el ideal de la comunidad cristiana y como ésta debe incidir en el bien de cada uno de sus miembros.   Nos presenta  cuatro bases sobre  las que reposó la vida de esta primitiva comunidad. Primero, la catequesis apostólica, es  decir, los recuerdos sobre el Señor, poniendo énfasis en su muerte y resurrección; la  segunda, la comunión de bienes, es decir, la exigencia de vivir en unión y de  compartir el amor y los bienes materiales, como fidelidad al mensaje de Jesús de Nazaret; la tercera, la fracción del  pan, esto es, la Eucaristía o acción de gracias en memoria de Jesús, el Señor. Por último, la oración, que nace de la misma vida del grupo cristiano. Este testimonio comunitario de Cristo resucitado producía sus frutos, pues la gente los admiraba y cada día crecía el número de los creyentes, que atraídos por este estilo, querían también ser cristianos. Luego, de algún modo Lucas quiere enseñarnos que a Cristo resucitado hemos de encontrarlo presente en la comunidad de fe y en ella hemos de testimoniarlo profesando la misma fe, celebrándola, viviéndola y orándola.

El salmista nos invita a dar gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Pero no de manera solo individual sino comunitariamente: la casa de Israel, la casa de Aaarón, los fieles del Señor. El contexto parece ser una procesión que se realiza  por las calles de Jerusalén. El mensaje esencial de este himno de acción de gracias es el siguiente: incluso cuando nos embarga la angustia, debemos mantener enarbolada la antorcha de la confianza, porque la mano poderosa del Señor lleva a sus fieles a la victoria sobre el mal y a la salvación. Jesús hizo suyo este salmo al compararse con la piedra angular rechazada por los arquitectos, por eso nos sentimos invitados por el Señor a cantar el amor indefectible que el Padre siente por su Hijo, que se ha hecho obediente hasta la muerte con el fin de expresar este amor. Este es el día en el que la diestra del Señor se nos da a conocer como verdaderamente excelsa y poderosa, exaltando a Cristo de la muerte a la gloria. Cristo, la piedra desechada por los arquitectos, una vez resucitado es colocado en nuestras vidas como piedra angular, sobre la cual se podrá levantar la construcción de la nueva humanidad, hasta formar una sola ciudad santa en la que Dios habita en el corazón de todos los hombres.

El evangelista nos habla en dos momentos el inicio y el fin de la octava de Pascua. Su relato inicia al atardecer del mismo día en el que, de madrugada, Pedro y el discípulo amado habían comprobado que el sepulcro de Jesús estaba vacío. El lugar es un espacio cerrado a causa de un miedo que viene de fuera. Jesús resucitado se les presentó  comunicándoles paz e infundiéndoles alegría. El segundo momento del relato se sitúa al domingo siguiente. Esta vez el problema no es externo (miedo a los de fuera), sino interno: Tomás puso condiciones para poder creer que Jesús está vivo. Repentinamente se hizo Jesús presente comunicando paz, e inmediatamente se dirigió al hombre que había puesto condiciones.  Los discípulos, la comunidad, había hecho ante Tomás confesión de su fe: “hemos visto al Señor”. Pero Tomás, ausente inicialmente en la comunidad, les respondió que él haría suya esta misma confesión, siempre y cuando tuviese razones tangibles para hacerlo. Jesús resucitado en persona le aportó esas razones y Tomás hizo suya la confesión de fe. Jesús la acepta, pero reprocha a Tomás el modo de llegar a ella, declarando, en cambio, bienaventurados a los que crean sin necesidad de haber visto. Aquí hay una conexión con el relato del domingo anterior, donde el discípulo amado ”vio y creyó”. Hay pues una reiteración en el episodio que gira sobre el hecho de confesar y experimentar la paz y el gozo del Resucitado como comunidad. Es ella la que recibe, vive, ora y celebra la fe en el amor misericordioso del Padre que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos. En adelante ya no tendremos su presencia en modo inmediato, sino mediatizado por la comunión en la comunidad, los sacramentos, la oración, el trabajo y en el hermano que camina a nuestro lado.

En conclusión, el primer día de la semana, y luego el día octavo, o sea, siempre en domingo, la  comunidad apostólica experimentó la presencia de Jesús resucitado, primero sin Tomás y luego  con él, y “se llenaron de alegría”. Con la Pascua nace la comunidad cristiana y el gozo de la resurrección la impulsa a la gran obra de la evangelización de los pueblos. La palabra “comunión” o vida en comunidad nos ha de conducir a un examen sobre nuestros modos  individualistas de vivir la fe y las formas de organización de la comunidad misma. No cualquier  agrupación humana se puede llamar comunidad. A nuestras comunidades cristianas les unen lazos de fe en el Resucitado, he ahí la gran diferencia con cualquier otra organización. De allí la necesidad de cultivar en ellas verdaderas relaciones interpersonales que  constituyan una auténtica comunicación. Pascua es la primavera permanente de la comunidad cristiana: no dejemos marchitar sus  flores por nuestra falta de fe.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb