d) 23 de diciembre

FIESTA DE NAVIDAD- MISA DE MEDIANOCHE

Is 9, 1-3.5-6/ Sal 95/ Ti 2, 11-14/ Lc 2, 1-14

HOY LES HA NACIDO UN SALVADOR

Todos los años escuchamos con gozo este evangelio o buena noticia en su sentido más genuino: “Hoy les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”. Como los pastores, acudimos al pesebre del propio corazón, a contemplar este misterio de salvación: el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, la Palabra eterna de Dios que se hace carne y pone su morada entre nosotros. Es un mensaje de salvación que venimos transmitiendo y celebrando con alegría y fe desde hace dos milenios. Hoy nosotros también, con el ingenuo temor de los pastores ante las palabras del ángel, hemos venido aquí a escuchar, a recordar, a celebrar, esa noticia que será la gran alegría para todo el pueblo. La noticia de que en la ciudad de David nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. El esperado desde tanto tiempo. El que es una luz grande para el pueblo que caminaba en tinieblas.

En realidad, la Sagrada Escritura no señala la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo. Durante los primeros tres siglos de la era cristiana, la Iglesia no dedicó un tiempo especial a la Navidad, pues fue una época de dolorosa persecución religiosa. Sería recién en el siglo IV, cuando el cristianismo fue establecido como religión oficial con la conversión del emperador Constantino, se empezó a celebrar una liturgia especial la noche del 24 y durante el día 25 del último mes del año, para proclamar al niño Jesús nacido como la Luz del mundo, en lugar de la fiesta pagana que se dedicaba al “nacimiento del sol invicto” con motivo del solsticio de invierno. Este es el sentido que desde nuestra fe le damos los cristianos al anuncio profético del llamado “tercer Isaías”: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló”. Lo que este profeta proclamaba, refiriéndose al regreso de los israelitas de su destierro en Babilonia en el año 538 antes de Cristo, nosotros lo aplicamos a la manifestación visible de Dios hecho hombre como nuestro Salvador, iniciada con el acontecimiento de la Navidad hace poco más de dos mil años, que hace posible la justicia y la paz en la medida en que acojamos su “buena noticia”.

La “buena noticia”, significado etimológico de la palabra “evangelio”, es precisamente el nacimiento de Jesús. Se trata de una noticia gozosa: “Les anuncio una gran alegría”, que no sólo se expresa ante todo con una alabanza a Dios, sino que implica además una bendición para todos los seres humanos que la reciban con fe, y cobra por ello un significado especial el cántico de alabanza del inicio de la celebración eucarística, que resuena con gozo en la noche de la Navidad: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”. La paz que proclaman los ángeles viene de Dios para los hombres que están dispuestos a recibirla. Es una paz que el mundo no puede dar. Consiste en la reconciliación de los hombres con Dios por medio de Jesucristo y, en consecuencia, en la reconciliación del hombre consigo mismo y con los demás.

Hay además en el relato evangélico de Lucas un detalle muy significativo: la “señal” por la cual puede verificarse la realización de esa buena noticia es un niño envuelto en pañales y acostado en un establo, en un pesebre. Aquel Niño envuelto en pañales, aquel Niño tan igual a nosotros -y más aún, tan igual a los pobres- es el signo de que en medio de nuestra pequeña vida, de nuestro mundo, de nuestro país, de nuestra historia, se ha abierto un camino. Y que abriendo paso en este camino va alguien que no nos puede fallar. Alguien que ha convertido nuestra pequeña vida en la vida de Dios, nuestro mundo en el mundo de Dios, nuestra historia en la historia de Dios. En otras palabras: al Dios que ha venido a salvarnos no hay que buscarlo en las alturas inaccesibles -no obstante la exclamación “Gloria a Dios en el cielo”-, sino en la realidad cercana de lo humano, porque Él mismo ha asumido nuestra propia naturaleza para redimirla. Y no se le encuentra en medio del dinero y de los títulos, sino en la pobreza, humildad y sencillez de una pesebrera. Y feliz aquel que no se escandalice de esto.

Con buenos sentimientos nos preguntamos esta noche: ¿Qué podemos hacer para que la Navidad no se quede fuera de nosotros, para que la Navidad entre realmente en nosotros, en el corazón de nuestra vida? En muchos de nuestros hogares hemos hecho  una representación sencilla del nacimiento, un pesebre. Es como un símbolo de lo que quisiéramos: que la Navidad entre y esté en el hogar de nuestra vida. Que no sea sólo una fiesta externa sino también que sea una gracia de Dios que se haga presente en nuestra vida y la fecunde. Porque esta fiesta no debe quedarse para nosotros en una mera contemplación, debe llevarnos también al compromiso de una existencia vivida de acuerdo con el plan salvador de Dios, que precisamente implica una conducta coherente con nuestra fe en Él. Como nos lo ha recordado San Pablo, llevemos esta manifestación a la práctica a través de nuestras “buenas obras”. Si para nosotros la Navidad es sólo un hermoso recuerdo, un hecho del pasado que ya sucedió, entonces tampoco tiene fuerza suficiente para entrar en nuestra vida y cambiar algo en ella. Todos los años repetimos el mismo cuadro: queremos vivir en este día lo que debiera ser nuestra vida siempre. En esta noche nos parece un sacrilegio la falta de amor, la incapacidad para perdonar, la ausencia de solidaridad. Incluso para la guerra nos hemos inventado “la tregua navideña”. Que no sean simples deseos enlazados a un viejo recuerdo. Hagamos realidad en nuestras vidas todos juntos, cada quien desde su propia condición, el espíritu de la Navidad.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb