c) 15 de noviembre

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Dn 12, 1-3/ Sal 15/ Hb 10, 11-14.18/ Mc 13, 24-32

UNA MIRADA DE FE EN TIEMPOS DIFÍCILES

Los golpes de la vida debieran hacernos crecer como personas, pero no siempre sucede así. Los problemas, las tribulaciones diarias, los dolores y sufrimientos, las frustraciones de la vida, las persecuciones y muchas cosas más a veces nos siembran dudas en torno a Dios y nos hacen tambalear en nuestra fe. Podemos llegar al extremo de pensar que todo está perdido, que ya nada queda por hacer, que todo esfuerzo por revertir las situaciones y construir un mundo mejor es inútil. Intentamos mirar el final de la historia humana y nos parece verla oscura. Pero ¿es ésta la mirada de Dios? Intentemos responder a esta interrogante amparados en lo que nos dice hoy la palabra de Dios.

Un fragmento tomado del libro de Daniel centra hoy nuestra atención en la primera lectura. Se trata de un libro muy interesante, escrito probablemente a inicios del siglo II a.C. Contiene, con la libertad propia del estilo de su autor, relatos episódicos de fondo realmente histórico con fines edificantes. Pero a esta forma narrativa se une un género que los estudiosos llaman “apocalíptico”, propio de la época, que con imágenes catastróficas y palabras coloridas intenta sembrar consolación y esperanza a los fieles en circunstancias difíciles, de hostilidad y persecución. Con este estilo se busca revelar (apocalipsis) a los hombres de fe el misterio de Dios a todos oculto. Es un género literario que apunta a “los últimos tiempos”, que son los tiempos actuales, abundando en símbolos, números simbólicos, visiones, sueños, revelaciones, secretos y cosas por el estilo. Su mensaje de fondo consiste en afirmar que en Dios los creyentes hemos obtenido el triunfo definitivo frente a las fuerzas del mal, por muy poderosas que éstas sean.

Precisamente, en tiempos difíciles de cruel persecución, el autor del libro de Daniel se pregunta: ¿Qué será de los servidores fieles a Dios? La respuesta es clara: ellos serán salvados por el poder de Yahvé, representado aquí por la figura del arcángel Miguel. Y esta salvación alcanzará tanto a los vivos como a quienes ya duermen en el polvo de la tierra, que resucitarán para la vida eterna. Pero no así los malvados, que serán resucitados para el castigo eterno. Los buenos, tras resucitar, serán transformados y brillarán como el fulgor del firmamento por toda la eternidad.

En sintonía con este mensaje de salvación, el evangelio de hoy nos inquieta con palabras de Cristo revestidas de aparente oscuridad. Es solo un fragmento tomado de lo que los estudiosos llaman el “discurso escatológico” de Jesús. La palabra escatología viene referida a las realidades últimas de nuestra existencia. Cristo aparece, pues, en este discurso anunciando el fin a través de un conjunto de escenas que se suceden unas a otras sin indicar claramente el momento que las separa. Por un lado, habla el Señor del fin que apunta sobre Jerusalén y la nación judía; por otro, de la catástrofe que espera al mundo que la rodea. Sobre este trasfondo Jesús nos hace un llamado a permanecer siempre atentos y vigilantes.

El texto de este domingo se centra propiamente en el fin del mundo y lo hace a través de un conjunto de imágenes que son propias del género apocalíptico. Se habla así de una gran angustia, que probablemente apunte a todo un conjunto de persecuciones, tormentos y terrores que sufren los hijos de Dios. Y se añaden enseguida imágenes que grafican el colapso definitivo del sol, que terminará apagándose por completo, del opacamiento de la luna y de los astros del cielo. Si la voz de Dios trajo todo esto a la existencia, también la voz de Dios lo conmoverá todo cuando los hombres vean venir al Hijo del hombre acompañado de sus ángeles del cielo. Desde un principio los primeros cristianos creyeron en el retorno del Señor, ya no como un niño indefenso, pero sí en gloria y majestad, como salvador y juez, como Señor del universo, que viene a salvar a los suyos, es decir, a quienes con fe han sufrido las tribulaciones y se han mantenido fieles hasta el final. Vendrá a poner fin a esos sufrimientos, lo cual será motivo para una gran consolación. ¿Cuándo sucederá? No lo sabemos. Ni siquiera el Hijo del hombre. Tampoco los ángeles tienen noticia del momento del acontecimiento. Habrá, sin embargo, señales. Ellas nos avisarán de la proximidad del evento y hay que saber leerlas e interpretarlas con la misma certidumbre que tenemos cuando las brevas de la higuera anuncian la llegada del verano.

Nos acercamos al final del año litúrgico. Casi como condensando el misterio de Cristo, la liturgia de este domingo nos quiere iluminar con este mensaje de salvación. Es verdad que en nuestra vida cristiana afrontamos grandes dificultades, es verdad que a menudo nos asaltan las dudas, las aflicciones y el peso de nuestras propias caídas. Es verdad que nos vemos acechados de continuo por amenazas terrenales que se presentan con relativo poder y hasta nos hacen tambalear en nuestra fe. Pero el Señor no nos abandona. Nuestros tiempos son muy difíciles, pero Dios protege a su pueblo, que somos nosotros, los creyentes, y en Cristo Jesús nos ofrece el triunfo definitivo sobre las fuerzas del mal. Él quiere para nosotros no la muerte sino la vida, y por eso nos resucitará. El universo entero será transfigurado cuando el Señor venga de nuevo, el mal será definitivamente extirpado de nuestros corazones, el día brillará ya no con la luz del sol sino con la luz del bien, que resplandecerá en cada corazón cual estrella luciente. Todo esto es muy buena noticia para todos nosotros, pero ¿lo creemos de verdad?

P. José Antonio Pachas Zapata sdb