d) 22 de noviembre

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Dn 7, 13-14/ Sal 92/ Ap 1, 5-8/ Jn 18, 33b-37

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

En este domingo celebramos la fiesta de Cristo Rey, y es, al mismo tiempo, el último domingo del año litúrgico. Hoy la palabra de Dios vuelve a resonar en nuestro interior para invitarnos a acoger a Cristo, que en su realeza quiere tomar la sede de nuestro propio corazón.

En la primera lectura, Daniel, el profeta, nos habla de un personaje misterioso a quien aplica el título de “Hijo de hombre” y a quien contempla en una visión nocturna. Este personaje se presenta ante el Anciano, recibiendo poder real sobre todos los pueblos y cuyo dominio no tendrá fin. ¿Quién es este personaje? ¿Es un individuo? ¿Son varios? ¿Indicaría una persona? ¿Sería más bien un grupo de fieles, el pueblo de Dios? Los autores no están de acuerdo en las interpretaciones. Se trata de una persona concreta, un individuo, pero en palabras del profeta parece apuntar también a un grupo: el pueblo elegido, los santos de Dios. Para nosotros, cristianos, el título recibe un significado preciso. Ese personaje es una persona concreta: Cristo, pero no por ello podemos olvidar el aspecto colectivo. Junto a Él estarían los que con Él y por Él forman el pueblo de Dios.

Ahora bien, el profeta testimonia una visión, que es un elemento propio de la literatura apocalíptica, con lo que se busca señalar que se trata de la revelación de algo que estaba escondido a los creyentes, de un misterio. En esta visión el Hijo de hombre viene sobre las nubes, es decir, estamos en presencia de un personaje que trasciende la esfera humana, un ser celeste para quien las nubes son su trono. El Anciano, ante quien se presenta, le ofrece sus dones: poder real, dominio eterno, respeto universal, reino sin fin, es decir, este Anciano es Dios, el ser supremo, el principio y el fin, a quien sirven todos los ángeles y para quien todos los reinos del mundo están bajo su poder. Es Él mismo quien confiere esto al Hijo de hombre. No en vano, el salmista nos anima a exclamar hoy que es el Señor quien reina vestido de majestad.

A tono con este mensaje, la narración del evangelio de este domingo nos presenta el diálogo de Jesús con Poncio Pilato en el contexto de la pasión del Señor. El evangelista Juan, al relatarnos estos momentos cruciales en la vida de Jesús, busca acompañarlos de ciertos detalles que nos hablan de la realiza del Señor: la corona de espinas, el manto, el cetro de caña, la inscripción sobre la cruz. Pero nos deja claro que Jesús es rey en y por su pasión. El texto proclamado precisamente nos coloca en el centro mismo del proceso que se abrió contra Cristo. Lo habían acusado de sedicioso y de proclamarse rey, lo cual iba en contra del poder político de Roma. Pilato, el gobernador, lo interrogó, buscando conocer la veracidad de la acusación. Pero mientras el gobernador interrogaba acerca de un poder político, el Señor respondía hablando de un reino que no es de este mundo. Él es rey por nacimiento y por vocación, y para eso ha venido en medio de nosotros. Su misión como rey consiste en dar testimonio de la verdad, para que los hombres la acepten y aceptándola vean transformadas sus vidas. Cristo no hablaba de la verdad como un tema filosófico, pues la verdad es mucho más que un acercamiento intelectual a la realidad o una doctrina entre varias, sino más bien una persona concreta. Esta verdad es el mismo Cristo Jesús. Toda su vida, desde su encarnación hasta su entrega a la muerte por nosotros, es un testimonio auténtico de la verdad sobre el hombre amado infinitamente por su Padre Dios. Buscando la verdad el gobernador pregunta al acusado si en verdad es rey y éste responde apoyándose en la misma interrogante: “Tú lo has dicho”. Pilato, al condenarlo a morir en cruz, no hizo más que entronizarlo en su verdadero puesto, pues es en la debilidad humana del madero donde se manifestó con mayor esplendor la gloria del amor de Dios. Humillado en la cruz, pero exaltado en su resurrección, el Señor se hace merecedor de recibir la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos y ante cuyo nombre toda rodilla ha de doblarse en el cielo y en la tierra.

Es verdad que hay que mirar siempre al fin, como dicen los filósofos “in omnibus respice finem”. La finalización del presente año litúrgico nos invita a mirar el fin de la historia a sabiendas de que este fin se encuentra estrechamente vinculado a la persona de Cristo. Es Él quien con su muerte y resurrección ha dado sentido a esta historia de salvación. Una historia que de algún modo es escrita por Dios sobre los renglones torcidos de nuestros pecados. A lo largo del año litúrgico que termina hemos escuchado continuamente la voz de Jesús hablándonos acerca del reino de Dios, que no es un lugar geográfico ni una asociación ni un Estado. Ni siquiera la Iglesia. El reino es Él mismo, pero llenando de amor nuestros corazones. Con Él, como pueblo elegido, hemos de trabajar para que este amor, que es ante todo un don, impregne cada corazón, sin importar el color de la piel, la lengua o condición alguna. Un día, cuando Él venga de nuevo como Señor y Juez, extirpará completamente cualquier vestigio de mal que aún pudiera anidar en cada uno de nosotros. Y así, anclados totalmente en el bien, podremos reinar definitivamente con Él, quien recapitulará todos los seres en su persona y los entregará a su Padre Dios. Es esto lo que hemos venido reflexionando a lo largo de todo este tiempo y es ésta también nuestra fe, la misma que nos gloriamos de declarar en Cristo Jesús, nuestro rey y Señor.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb