e) 29 de noviembre

DOMINGO I DE ADVIENTO – CICLO C

Jr 33, 14-16/ Sal 24/ Tes 3, 12- 4,2/ Lc 21, 25-28. 34-36

LEVANTEMOS LA CABEZA

Con el primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico. El Evangelio que nos acompañará en el curso de este año, ciclo C, es el de Lucas. El cambio de tiempo y de año litúrgico de algún modo nos invita a preguntarnos hoy: ¿Hacia dónde se dirigen nuestras vidas? ¿Hacia el vacío o hacia un encuentro definitivo? Intentemos hallar la respuesta a la luz de la palabra de Dios.

La primera lectura evoca palabras del profeta Jeremías, dentro de lo que es conocido como el libro de la Consolación. El profeta había sido testigo de la destrucción y humillación de Palestina, cuyo destino parecía encaminarse hacia la nada y el vacío. Conjugando verbos en futuro profiere palabras que anuncian esperanza, pues tras la dispersión, Dios quiere reunificar a su pueblo. La angustia dejará paso a la alegría y al gozo, el castigo se transforma en perdón y la desolación cederá su lugar a la bendición y a la vida. El profeta vislumbra y alude sutilmente al reinado del Mesías, el ungido del Señor. Con él todo renace y vuelve a cobrar vigor. A través de este Mesías Dios mantiene vigente su promesa, pues un vástago nuevo surgirá de la casa de Israel, siendo su cetro la justicia y el derecho. Y también a través de este rey bueno y justo Judá encontrará su salvación y Jerusalén su tranquilidad, porque el mismo Dios será su justicia, no dioses inventados por hombres, sino Yahvé, el Señor de los ejércitos.

El pasaje evangélico nos regala un horizonte o contenido nuevo, que es el retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos. El evangelista pone en boca de Jesús palabras que anuncian grandes desastres sobre Jerusalén, que ha sido una ciudad incrédula y recalcitrante. Del hermoso templo judío no quedará piedra sobre piedra, la ciudad será completamente destruida, sus habitantes sufrirán la ignominia y serán dispersados en todas direcciones. Las fuerzas de los cielos serán sacudidas, el estupor, el miedo pánico, la angustia, la congoja, se apoderarán del corazón de las gentes. Los mismos elementos naturales perderán su tradicional equilibrio y estabilidad y se precipitarán unos contra otros. Y es entonces cuando se manifestará el Señor en todo su esplendor. Porque los hombres verán venir al Señor en una nube con gran poder y gloria. Vendrá como un rey y un juez con total poder. Pero no vendrá para destruir ni añadir más calamidades a las que ya afligen a los seres humanos, sino que vendrá para salvar. Por eso la actitud correcta es la de levantar la cabeza y llenarse de alegría en su presencia, pues viene a liberarnos de la gran tribulación. Además, no sabemos exactamente cuándo sucederá todo esto, por eso es muy importante saber esperar. Ciertamente, las imágenes usadas por el evangelista es muy importante saber esperar. Ciertamente, las imágenes usadas por el evangelista son apocalípticas y desastrosas, pero el mensaje es de buena noticia, porque en el fondo nos dice que no estamos caminando hacia un vacío y un silencio eternos, sino hacia un encuentro, el encuentro con aquél que nos ha creado y que nos ama más que un padre y una madre.

Desde el punto de vista cristiano, toda la historia humana es un adviento, una larga espera, en la cual anhelamos el encuentro definitivo no con la muerte sino con la vida. Antes de Cristo los judíos esperaban su venida. Vino como un humilde servidor a dar su vida por nosotros y muchos no le reconocieron. Después de Él los creyentes esperamos su retorno glorioso al final de los tiempos. Y precisamente por esto el tiempo de Adviento tiene algo muy importante que decirnos para nuestra vida. La vida es espera, pero también el hecho de esperar es vida. Es verdad, nuestra efímera existencia se tambalea cuando gemimos bajo el peso de las persecuciones, de las calamidades, del dolor y de la muerte. Pero es hora ya de levantar la cabeza, porque se acerca nuestra liberación. Cristo vendrá nuevamente, así lo ha anunciado repetidas veces. Vendrá a recogernos, a rescatarnos, a llevarnos con Él, a extirpar definitivamente el mal en nuestros corazones, a transformarnos radicalmente para hacernos partícipes de la gloria con Dios. Terminará para siempre todo lo que pueda entristecernos, por más mínimo o insignificante que fuera. Hoy es el momento del gozo indescriptible, de la alegría completa, de la felicidad plena, y por eso, debemos tener la cabeza levantada.

Mientras tanto, puesto que no sabemos ni el día ni la hora, nos inculca la vigilancia y la actitud correcta de quien tiene el corazón debidamente preparado. Hoy podemos hacer nuestras las palabras del salmista en oración confiada: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador”. Porque es verdad, corremos el gran peligro de dormirnos, de dejarnos distraer por tantos afanes incongruentes que nos conduzcan a la perdición eterna. Y no es éste precisamente el designio amoroso del padre para con cada uno de nosotros. La rutina suele generar en nosotros un cansancio de la vida, una especie de aburrimiento que desanima y quita la capacidad de asombro necesaria para el buen ánimo y la esperanza. Puede que nuestro corazón se encuentre duro, pesado, anquilosado y, a pesar de las señales, no se conviertan nuestras vidas. La palabra de este domingo, pues, nos invita a no dejarnos llevar por estas cosas y a mantener encendida la esperanza del encuentro definitivo con nuestro salvador. Mantengamos levantada la cabeza. Levantar la cabeza no es una actitud pasiva sino activa y significa salir del abatimiento y de la aflicción. Podríamos preguntarnos hoy: ¿Ante qué situaciones concretas tenemos que levantar la cabeza?

P. José Antonio Pachas Zapata sdb