b) 8 de noviembre

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

1Re 17, 10-16/ Sal 145/ Hb 9, 24-28/ Mc 12, 38-44

CON AMOR Y SIN OSTENTACIONES

¿Cuál es el tipo de piedad que agrada a Dios? ¿La que ostenta o la que ama? Hoy la palabra de Dios nos habla del testimonio de dos mujeres que vivieron en épocas diferentes y cuyos nombres no conocemos, pero que tenían algo en común: eran viudas y si se trataba de amar a Dios, lo daban todo sin pensar en ellas mismas.

La primera lectura de hoy nos transporta hasta el siglo IX a.C. Tiempos de Elías, tiempos difíciles. Los personajes se sucedían en Israel uno tras otros, generalmente trayendo la ruina del pueblo. Elías sería una excepción muy importante. No en vano, se le conocería como el hombre de fuego, un hombre santo, consolador de pobres y de viudas, profeta de Dios, itinerante incansable, voz inagotable. Dura época en la que todo parecía estar confabulado contra Dios: los reyes se sucedían provocando reyertas por doquier, motivados por envidias, ambiciones, homicidios, injusticias, idolatrías y corrupción. Los profetas no tenían voz y las alianzas con naciones extranjeras provocaban la paganización del culto, hasta el extremo de practicarse la prostitución en nombre de lo sagrado y muchos sacrificios humanos. Surgió Elías con todo un ciclo de relatos que nos dejan maravillados, cual rayo de luz en medio de la noche oscura. Él, como hombre de Dios, levantaría su mano y su voz para acusar sin temor. Sus solas palabras enmudecían los cielos y dejaban a la tierra sometida a una sequía sin precedentes. El poder de Dios estaba con él, por eso, donde iba, dejaba la huella de señales divinas. El relato de hoy nos conduce a Sarepta, ciudad fenicia ubicada entre Tiro y Sidón. En la puerta de la ciudad se encuentra con una viuda, de la cual no se nos dice ni el nombre ni la edad, pero sí que tenía un hijo y que era muy pobre. La sequía y el hambre arreciaban en la zona, la muerte acechaba continuamente. El profeta, cansado, hambriento y sediento por la travesía, pide a la mujer primero un jarro con agua para beber y después un trozo de pan, ambos elementos necesarios para sobrevivir. La mujer accedió gustosa a lo primero, mas para lo segundo tuvo sus reparos, pues era muy pobre y apenas si tenía en casa un poquito de harina y de aceite para compartir con su hijo y morir. Parecería egoísmo del profeta, pero él insistió, confiaba en su poder, sabía que si la mujer era generosa con él recibiría de manera sobreabundante en recompensa a su bondad. La mujer supo reconocer en Elías a un hombre de Dios y accedió a su petición, practicando también con esto la ley de la hospitalidad, tan fuerte en pueblos semitas. Preparó el panecillo con lo único que tenía, y comieron Elías, ella y su hijo, y ni el cántaro de harina se vació ni la alcuza con aceite se agotó. El amor de Dios hizo el milagro, la mujer supo confiar y darlo todo, apostó renunciando a lo presente para ganar lo futuro, y ganó. No en vano, el salmista nos invita hoy a alabar al Señor, que da pan a los hambrientos, que sustenta al huérfano y a la viuda.

El evangelio de este domingo nos presenta dos secciones que inicialmente existieron por separado, pero que al ser escritas fueron unificadas. La primera contiene palabras duras de Jesús contra los escribas, la segunda nos narra la ofrenda de la viuda en el templo. Nos centramos en esta segunda, por ir de la mano con el episodio meditado en la primera lectura. Mientras muchos escribas del tiempo de Jesús ostentaban y empobrecían a gente sencilla, la viuda que apareció repentinamente en el templo nos muestra una realidad muy diferente. Sentado muy cerca de la caja de limosnas, en el atrio de las mujeres, Jesús observaba a la gente. En la caja los transeúntes depositaban e indicaban el destino de sus ofrendas, sus limosnas. Pasaban ricos y pasaban pobres, las cajas se llenaban de monedas de todas las naciones. Los ricos ostentaban, ofrecían grandes sumas, pero siempre de aquello que les sobraba. La viuda llegó casi de improviso, quizás un poco avergonzada por ofrecer algo tan pequeño. Tímidamente avanzó al llegar su turno y en la caja sostenida por el sacerdote depositó apenas un lepto, la moneda más pequeña que existía en el mundo griego. Ignoramos la mirada del sacerdote al notar algo tan insignificante, pero sí sabemos que el Señor le miró con cariño. Para los presentes había pasado desapercibida, pero para el Maestro no. Esa pequeñez significaba grandes privaciones para ella, pero lo había dado todo, sin dejarse algo para sí, su confianza estaba puesta en Dios, que le proveería convenientemente. En palabras de Jesús, ella dio mucho más que los ricos, porque dio todo lo que tenía para vivir.

Leemos en la Escritura que el Señor no mide nuestras acciones, las pesa (1Sam 2,3). Eso hizo el Señor aquel día con la ofrenda de la viuda del templo como mucho antes hizo Yahvé con la generosidad de la viuda de Sarepta. No se midió la cantidad ofrecida, pero sí se pesó el amor con que fue entregada. A los seres humanos nos gusta medir y ostentar, aplaudimos y aprobamos según la magnitud de lo que se presenta ante nuestros ojos. Esto que se sucede en nuestras relaciones humanas solemos llevarlo también al plano de la fe. Visto así, nos parecemos a los escribas del tiempo de Jesús, siempre dispuestos a vanagloriarse de sus conocimientos sobre las cosas de Dios o por mostrar vestimentas y ofrendas decorosas. Frente a estas ostentaciones la piedad de esta viuda y la generosidad de la viuda de Sarepta se presentan como auténticas. Nada de aplausos y orgullos, pero sí mucho de amor y confianza en Dios, que sabe sustentar a quienes confían en Él. Es ésta la piedad auténtica, la que agrada a Dios, pero ¿es así la nuestra? La generosidad de ambas viudas nos hace pensar, pues, en el valor de nuestras intenciones cuando el corazón se encuentra cerca de Dios.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb