a) 1 de noviembre

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Dt 6, 2-6/ Sal 17/ Hb 7, 23-28/ Mc 12, 28b-34

AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO, DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA

La ley es buena y santo es el precepto. Pero cumplir una ley o norma solo tiene sentido cuando se hace con y por amor. Este amor ¿abarca solo a Dios o se extiende también a nuestros hermanos? ¿Podemos amar a Dios sin amar necesariamente a nuestros hermanos?

Un texto del libro del Deuteronomio ilumina la primera lectura de hoy. El nombre del libro, un poco complicado para nosotros, significa literalmente: “la segunda ley”. Ocupa el último lugar dentro del Pentateuco (los primeros cinco libros de la Sagrada Escritura) y es un conjunto de pasajes, narraciones y exhortaciones que giran en torno a esta idea central: Dios hace un pacto con su pueblo. Y es precisamente el texto de hoy quien nos lo descubre abiertamente. Dios aparece haciendo un pacto con su pueblo por boca de Moisés. La invitación es clara: al pueblo se le ofrece la ley como un don y está llamado a cumplirla fielmente. Esa ley expresa la voluntad de Dios, porque su pueblo escogido ha de diferenciarse en su estilo de vida de las costumbres de los pueblos paganos. Ante todo deberá comprender que el Señor Dios es uno solo, que hay que amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Si esto vive Israel, verá prolongarse sus días, crecerá su número, le irá bien y disfrutará los beneficios de una tierra que mana leche y miel. El autor del texto escribe en un modo exhortativo, hace una invitación, quiere mover a los suyos desde el corazón. En sus palabras intenta hacer comprender a su gente que los mandamientos, leyes y preceptos sellados por un pacto no nacen de un capricho de Dios sino de un amor gratuito de predilección. Yahvé sacó a Israel de Egipto, lo condujo con mano poderosa a través del desierto hacia la tierra de las promesas, lo cuidó de todo peligro sin que éste lo mereciera, ahora quiere conducirlo por los senderos de la vida verdadera iluminando este transitar con los mandamientos de su ley. Frente a tan gran amor gratuito no queda otra actitud que no sea la de un sano temor, de la escucha con el corazón, de la puesta en práctica con convicción y fe. Es la respuesta auténtica y ha de darse libremente. Todo buen israelita conocía el Shemá Israel (escucha Israel), que debía recitar dos veces al día, mañana y tarde.

El evangelio profundiza esta temática, pero trayendo siempre algo nuevo con relación a la enseñanza del Antiguo Testamento. En el pesaje que hoy nos ocupa, versión de Marcos, es esta vez un escriba quien se acerca al Señor para interpelarlo con una pregunta aparentemente sin importancia: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”.

Hasta parecería la pregunta de un niño afanado por conocer detalles nimios como qué es más grande o más importante que. Pero la pregunta tenía su razón de ser. Un escriba, en tiempos de Jesús, no era un personaje cualquiera, pues se trataba de alguien culto y buen conocedor de la Sagrada Escritura. Y este personaje no pregunta con el afán de tender una trampa ni hay en él envidia u ostentación. Había sido tanto el afán de las autoridades religiosas de Israel por normarlo todo que habían hecho de lo simple una complejidad absurda. Se dice que entre mandatos y prohibiciones llegaron a tener hasta seiscientos trece preceptos. Frente a tal amplitud era comprensiva la confusión de este escriba, que deseaba conocer qué era importante y qué no, qué era más grave y qué no lo era.

El Maestro, viendo su buena intención, respondió haciendo apelo al texto del Deuteronomio. No se limitó estrictamente a lo que el escriba le pedía, fue más allá. Para Jesús lo primero es amar a Dios con todo el ser, pero hay un mandamiento que está íntimamente unido a éste, es inseparable de él y se trata del amor al prójimo. En realidad, son dos aspectos de un único precepto. Y por prójimo el Señor entenderá no solo al israelita sino a todo aquél que se nos presenta necesitado, sea compatriota o no, sea amigo o enemigo. Por tanto, Dios no se considera honrado si no se honra de corazón al prójimo y el amor a Él necesariamente pasa por el amor al hermano. Cumplir esto y hacerlo con el corazón vale mucho más que cualquier holocausto o sacrificio.

De algún modo, la palabra de Dios es siempre para nosotros, creyentes, motivo de interpelación. Dios está por sobre todas las cosas, la plenitud que puede plenificarnos, a quien hemos de amar con todo nuestro ser, pero ¿no hemos de reconocer, acaso, que fácilmente nos dejamos seducir por otros dioses hechos a nuestra imagen y semejanza? El dinero, el genio maligno del poder, la búsqueda desenfrenada de placeres pasajeros suelen ocupar en la vida de muchos cristianos aquel lugar que solo corresponde a Dios. Por otro lado, hemos escuchado que amar a Dios y al prójimo vale mucho más que cualquier holocausto o sacrificio, afirmación que sutilmente nos invita a pensar en aquellos ritos religiosos que cumplimos “para agradar a Dios”, pero teniendo el corazón lejos de Él. La eucaristía celebrada por cumplir, la confesión frecuente “para sentirnos bien”, la comunión rutinaria, la oración desatendida y muchas cosas más pueden ser expresiones de este ritualismo carente de sentido. Por último, la calidad de nuestro amor a Dios se mide por la calidad del amor a nuestros hermanos, aunque estén lejos de nosotros. No podemos separar lo uno de lo otro, no se puede servir a Dios sin servir al prójimo. ¿Lo creemos realmente?