a) 4 de octubre

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Gn 2, 18-24/ Sal 127/ Hb 2, 9-11/ Mc 10, 2-16

LO QUE DIOS HA UNIDO NO LO SEPARE EL HOMBRE

La cultura que estamos construyendo influye necesariamente sobre cada uno de nosotros. Es la cultura de lo aparente y de lo descartable, que favorece en nosotros el surgir de una mentalidad divorcista, donde fácilmente se busca romper vínculos espirituales que provienen de Dios. ¿Puede el hombre separar lo que Dios ha unido en matrimonio?

La primera lectura, tomada esta vez del libro del Génesis, nos presenta el segundo relato de la creación. Con un lenguaje figurado y propio, con imágenes plásticas y sencillas, y con un fuerte interés didáctico, el escritor bíblico presenta a Yahvé con la habilidad de un gran cirujano, que realiza una intervención quirúrgica sobre Adán, para formar de su costilla a Eva, su mujer. Antes, contemplando su soledad en medio de las demás creaturas, había exclamado: “No es bueno que el hombre esté solo”. Es decir, el varón requiere de la ayuda de alguien que sea semejante a él, con quien pueda conformar una unidad profunda y sin la cual sería simplemente “un ser a medias”. Los animales, siendo buenos, son creaturas inferiores a él y le están sujetos, verdades sugeridas por el hecho de que es Adán quien les pone nombres. Pero en ninguno de ellos encontraba Adán su compañía, pues no son propiamente su complemento. Dios ha dispuesto que cada especie busque por naturaleza a alguien semejante a sí, y en el caso del ser humano, este semejante es un ser de carne y hueso, con inteligencia, libertad y capacidad de amar. Yahvé infunde en Adán un profundo sueño y de su costilla forma a la mujer. No sabemos con exactitud el real alcance de la figura del sueño, quizás el autor bíblico nos quiera decir que el varón ignora el origen de la mujer y que ésta es total gratuidad de Dios para él. Tampoco sabemos el alcance de la imagen de la costilla, pero el libro judío del Talmud nos ofrece una hermosa referencia sobre el tema: “La mujer fue creada de la costilla del hombre; no de su cabeza para ser superada, ni de sus pies para ser pisoteada. Fue hecha de su costado para ser igual, debajo de su brazo para ser protegida, y muy cerca de su corazón para ser amada…” Adán, despertando, reconoce con alegría a su mujer. Le pone nombre, ambos son iguales y distintos al mismo tiempo, con cualidades que se complementan e integran mutuamente. Y el escritor bíblico sella su relato haciendo memoria de un plan originario de Dios para el matrimonio y la familia: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. Los dos, pues, han de formar uno solo, una persona, un querer, un sentir, un proyecto en común.

El evangelio nos habla de dos circunstancias diversas que no guardan relación la una con la otra: el tema del divorcio y la actitud del Señor frente a los niños. Nos interesamos aquí por lo primero. De continuo aparece Jesús como un hombre a quien sus enemigos plantean preguntas capciosas y con mala intención, buscando motivos para acusarle. Esta vez es un grupo de fariseos que se acerca a Él para pedir su opinión sobre un tema que ya en su época era bastante polémico. Le preguntan: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer”? La narración se va centrando poco a poco en la enseñanza del Señor. Los fariseos que le cuestionan parecen hallarse en un plano diferente: ellos hablan de lo que está permitido por Moisés, mientras que Jesús señala lo que ha sido mandado por Dios. Ellos preguntan por lo que es considerado lícito y Jesús responde sobre la voluntad de Dios. En realidad, más que discutir sobre la validez o licitud en sí del divorcio, parecen preguntar sobre la licitud del divorcio según los motivos o causas concretas que se alegaban para su declaración. Se movían en el terreno jurídico y en ese terreno había más grupos que se diferenciaban por su rigidez o por su laxitud. Se pide al Señor una postura y Él enseguida hace apelo al plan originario de Dios: “No fue así en el principio”. En efecto, desde el principio quiso Dios que varón y mujer, uniéndose, sean una sola carne. Y lo que Dios ha unido en santo matrimonio el hombre no lo puede separar. En el pasado Moisés solo pudo regular una separación o repudio permitido por la dureza de corazón de su pueblo, pero la voluntad de Dios no corresponde a dicha costumbre. En la enseñanza del Señor, el matrimonio es indisoluble, luego, no separe ni hombre ni mujer ni jurista alguno lo que Dios bendijo y unió, nadie tiene autoridad para ello. Y tan claro como esto, añade Jesús que si esposo o esposa se casan nuevamente, cometen adulterio, no hay lugar ni motivo para tergiversación alguna.

Gran responsabilidad pastoral despierta para todos nosotros la enseñanza del Maestro sobre el matrimonio. Hoy se dice que la familia y la institución matrimonial están en crisis, y si esto sucede es porque la persona misma está en crisis. Hoy algunos sectores de la sociedad pretenden hacer caso omiso a este designio originario de Dios, que en palabras del Génesis y en boca de Jesús se resume así: “Dios ha instituido el matrimonio indisoluble, para siempre. Dios ha unido dos personas en una sola carne. Nadie ha de separarlos; nadie tiene autoridad para hacerlo. Un matrimonio posterior no sería un matrimonio, sería un adulterio”. Hemos de emprender hoy esfuerzos denodados para educar a los jóvenes en el amor y a vivir sanamente su sexualidad. Hemos de emprender acciones para preparar a la gente al matrimonio desde una temprana edad, sin reducir dicha preparación a unos temas catequísticos que se vierten en la parroquia semanas antes de las nupcias. Hemos de educar en el respeto y fidelidad a los compromisos que se asumen para siempre. Y hemos de levantar la voz frente a propuestas matrimoniales o familiares que contradicen el plan originario de Dios y la misma dignidad del hombre.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb