b) 11 de octubre

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Sb 7, 7-11/ Sal 89/ Hb 4, 12-13/ Mc 10, 17-30

EN POS DE LA VIDA ETERNA

Prudencia, qué maravillosa virtud. Nos conduce a escoger los bienes mejores. Pero desde una mirada de fe, ¿cuál será este bien mejor para nosotros? El mundo, con sus criterios egoístas y efímeros, nos propone el camino del poder y de la riqueza. La palabra de Dios nos señala la senda de la sabiduría según los designios de Dios. Es precisamente lo que comentaremos a continuación.

Un texto tomado del libro de la Sabiduría ocupa el lugar de la primera lectura de hoy. Su autor escribe con un estilo directo, propio y sincero. Reconoce que en su vida llegó a poseer la virtud de la prudencia y ésta le iluminó en sus elecciones fundamentales. Frente a él se alzaban como estrellas rutilantes el poder, con sus cetros y sus tronos; la riqueza, con su plata, su oro y sus piedras preciosas; y hasta la vida, con su salud y su belleza. Pero él consideró todo esto como poca cosa, porque descubrió el valor de la sabiduría y junto con ella le vinieron todos los bienes juntos. El artista ama la belleza, el científico ama la ciencia, pero el hombre sabio, sin despreciar ambas cosas, ama la sabiduría. La sabiduría tiene un poco de ciencia y un poco de arte, viene de Dios y a Dios conduce. Es un don de Dios y al mismo tiempo una conquista humana. Frente a ella todo pareciera ser secundario y sin ella las cosas parecieran perder sentido, porque solo Dios es necesario. Ella hace vivir bien, porque conduce a saborear y dar sabor a las pequeñas y grandes realidades que la vida presenta, y en definitiva, caminando por los senderos que Dios propone, permite ganar la vida eterna.

Ganar la vida eterna. Era precisamente lo que deseaba aquel hombre que se acercó a Jesús corriendo y se puso de rodillas ante Él, un día mientras el Señor iba de camino. La pregunta de aquel hombre fue directa y sincera a los oídos de Jesús: “¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?”. El Maestro le recordó la importancia de vivir a diario los mandamientos, y hasta los fue citando uno por uno: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre…” No conocemos ni el nombre ni el apellido ni el origen de aquel interlocutor del Señor, pero sin duda, era un hombre recto y de buenas intenciones, por el matiz de su pregunta y la sinceridad en sus palabras. Los mandamientos de Dios los aprendió y los practicó desde niño. Quizás como premio la mirada cariñosa de Jesús se reflejó un momento en sus ojos. “Una cosa te falta para ser perfecto, le dijo el Señor, anda, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y luego sígueme”. Grandes comentarios ha despertado en la reflexión cristiana este “una cosa fe falta para ser perfecto”. Muchas veces se hizo su aplicación a la vida religiosa en un marco vocacional, como si Jesús pidiese a aquel hombre la vivencia libre de un consejo evangélico que le diera total libertad para poder seguirlo. La interpretación no es errónea y, sin duda, puede mirarse desde allí si el contexto vocacional lo amerita. Pero sin duda, la intención del evangelista va por otro lado. Él no habla de un consejo evangélico sino a una exigencia.

A aquel hombre aún faltaba algo para ser perfecto, para cumplir la ley de Dios de modo debido. Aquí “perfecto” significa ser cabal. Es decir, para el Señor es perfecto quien cumple cabalmente la ley de Dios. Y esa especie de plus, la cabalidad, no era otra cosa sino la exigencia de venderlo todo y seguir al Señor. Jesús le invitó, pues, a una exigencia que si era desoída simplemente dejaba incumplida la voluntad de Dios. Y aquel hombre desoyó. Sintiendo tristeza, dio la espalda y se marchó, porque era muy rico. No tuvo prudencia para elegir el bien mayor y sobreabundante que le ofrecía el Señor, no tuvo la sabiduría suficiente, prefirió sus riquezas. Las riquezas son siempre un bien y hasta una bendición de Dios, pero en este caso significaron un serio obstáculo para que aquel hombre cumpliera sabiamente la voluntad de Dios, y generalmente suele suceder así. Las palabras de Jesús así lo expresan: “! Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de los cielos!”. Más aún, el evangelista pone en labios del Maestro aquella conocida hipérbole que expresa: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios”. El término “camello” obedezca quizás a un problema de transcripción, no se refiere propiamente al dromedario de oriente sino a aquellas gruesas sogas que servían a los pescadores para sujetar sus botes al muelle. La imagen habla por sí misma. Poseer la vida eterna, pues, significa acoger gratuitamente el reino que Jesús nos propone, pero su ingreso exige tener en el corazón la debida prudencia que nos permita escoger el bien mejor. Y este bien no es otra cosa más que la sabiduría de acoger cabalmente la voluntad de Dios en la propia vida. Esto será imposible de comprender para quien tiene su vida aferrada y enceguecida por la locura de las riquezas.

A dos mil años de distancia en el tiempo, nuestro mundo no pareciera haber cambiado radicalmente. Muchos no creen en la vida eterna, otros dicen creer, pero viven afanados por la seducción de dioses mundanos y efímeros como son el poder, el placer y la riqueza. Estos no son prudentes al momento de hacer la elección fundamental en sus vidas. Estamos invitados a cultivar la sabiduría desde una mirada de fe. Ojalá, como en aquel hombre del evangelio, exista en nuestros corazones el deseo ferviente de ir en pos de la vida eterna, pero que este deseo se vea impulsado por la decisión firme de acoger a cabalidad la voluntad de Dios en las pequeñas y grandes cosas que la vida nos presenta.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb