c) 18 de octubre

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Is 53, 10-11/ Sal 32/ Hb 4, 14-16/ Mc 10, 35-45

ENTRE EL SERVICIO Y EL GENIO MALIGNO DEL PODER

Tener poder y ejercer autoridad son cosas que quizás empiezan a gustarnos desde que somos pequeños. ¿Es bueno esto? Una respuesta espontánea podría decirnos que sí, sin embargo, es bueno profundizar el tema y hacerlo desde una mirada de fe. ¿Qué sentido tiene ser autoridad y junto con ello poseer y desplegar poder? Nuevamente la palabra de Dios tiene mucho para enseñarnos al respecto.

Un fragmento del cuarto cántico del Siervo de Yahvé, es proclamado en la primera lectura de hoy. Este siervo es un simpático y amable personaje que actúa a favor de los hombres, porque lleva sobre sí el peso de nuestros propios pecados. Él está puesto por Dios para servir y este servicio se expresa concretamente en el hecho de sufrir por nosotros. Y son grandes sufrimientos. Grandes humillaciones y dolores le conducen a la muerte y una muerte afrentosa. Pero en realidad nadie le quita la vida, él la ofrece libremente a Dios y Dios revertirá su situación. En efecto, por su ofrenda vital triunfa sobre el mal el plan del Señor y Dios prolongará sus años y le permitirá ver su descendencia. Pasada la noche del dolor podrá contemplar los destellos de una nueva luz, y porque su sacrificio por otros ha sido admirable, será también admirable la exaltación que Dios le concederá, y así se convertirá en un beneficio para todos. En pocas palabras, Dios dispuso que trabaje duramente, que sufra y que muera para expiar nuestras culpas, pero lo exalta con una descendencia abundante y una gran prosperidad.

El evangelio de este domingo se contextualiza en circunstancias previas al tercer anuncio de la pasión del Señor. La escena ocurre mientras Jesús y sus discípulos van de camino. Y la instancia permite nuevamente al Señor regalarnos una de sus más grandes enseñanzas. Los inmediatos interlocutores son esta vez los hijos de Zabedeo, aunque en otras versiones es la madre de estos hermanos quien se acerca al Jesús, pero esta pequeña discrepancia no altera el mensaje del pasaje evangélico. En el colmo del atrevimiento, estos hermanos hacen al Señor la petición de sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda cuando esté Él sentado en su trono. Continuamente habían escuchado a Jesús hablar de un reino y se imaginaban que el Señor había venido para gobernar políticamente, con corona de oro en la cabeza y cetro real en la mano. Antes de iniciarse este reino, querían asegurarse un lugar importante en él. Y en realidad, nada habían comprendió bien, de allí el sincero reproche del Maestro al escuchar tan absurda petición: “Ustedes no saben lo que piden”.

“Ustedes no saben lo que piden”.

Lejos estaban de pensar que llegar a este reino supone asumir un conjunto de grandes pruebas, siendo el Señor el primero en someterse a ellas. ¿Tendrían sus discípulos esta disponibilidad? Aún dominados por su ignorancia estos hermanos respondieron: “Podemos”. La ignorancia es atrevida y por conseguir esos honores humanos estaban decididos a todo. No era más que la expresión de una ambición egoísta que los otros compañeros condenaron prontamente. Jesús aplicaría entonces las imágenes del cáliz y del bautismo para hablar de su pasión y de su muerte, y expresó claramente que estos discípulos podrán recibir este bautismo y beber de ese cáliz amargo, mas ocupar los primeros puestos es algo que solamente lo dispone el Padre. Y enseguida aprovechó la ocasión para regalarnos una nueva instrucción, esta vez referida al servicio entre los hombres. Él, siendo el hijo del hombre, no ha venido a ser servido sino a servir. Su misión no es la de sentarse en un trono y ser revestido con todo tipo de distinciones y honores humanos. El bautismo que va a recibir y el cáliz amargo que va a beber es un servicio gratuito llevado hasta las últimas consecuencias, incluso hasta el hecho de hacerse último y siendo último recibir por nosotros una muerte de cruz. Pero quien se hace último por servir a los hombres es grande a los ojos de Dios. El Padre lo exaltará resucitándolo y reivindicando su nombre por encima de cualquier nombre. La lógica mundana es muy diferente, pues en el mundo los fuertes hacen sentir su poder y su autoridad sobre los débiles.

Hoy, llevados por nuestra comodidad, nos gustaría pensar que las cosas pudieran ser de otro modo, pero la redención obrada por Cristo siguió por ese camino, el camino de la humillación y del servicio como un auténtico siervo desde el principio hasta el fin. Y es esta la línea que ha de seguir todo cristiano si desea ser grande a los ojos de Dios y tener parte en el reino: hacerse último y ser servidor de todos. Los Papas, siendo vicarios de Cristo, y con la autoridad espiritual que les es conferida, estampan en sus firmas esta loable expresión: “Siervo de los siervos de Dios”. De eso se trata, es lo que la palabra nos inculca hoy teniendo a Cristo como modelo. El poder y el ejercicio de la autoridad vienen de Dios y como tal son cosas buenas, pero en la lógica del mundo existe en nosotros una tendencia idolátrica o una especie de genio maligno que nos lleva a querer añadir más poder al poder obtenido. ¿Para qué? A veces nos ilusionamos soñando con ocupar en la vida cargos importantes, pero ¿para qué? Nos gusta que nuestros nombres aparezcan señalados cuando se trata de subirse al carro del triunfo, pero ¿para qué? Jesús nos enseña que tener poder y autoridad tiene sentido solo si los empelamos para servir y hacerlo con amor. ¿Es verdad que somos unos siervos de los otros? Es hora de meditarlo y conviene insistir en ello, pues fácilmente lo olvidamos.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb