d) 25 de octubre

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Jr 31, 7-9/ Sal 125/ Hb 5, 1-6/ Mc 10, 46-52

¿QUÉ QUIERES QUE HAGA POR TI?

Dispersión y ceguera, dos terribles males que afligen a los hombres de hoy. La primera puede traducirse en falta de unificación interior, en una fragmentación espiritual que se vuelve acuciante y condena a tantos hermanos nuestros, quizás nosotros mismos, a perder el sentido de las cosas y a vivir en el vacío. La segunda es falta de luz y visión, falta de claridad, ausencia de ideales y metas que valgan la pena, de una autocrítica sincera que nos permita superar los tropiezos y crecer en el bien y en la verdad. Frente a estos males propios de todos los tiempos ¿cuál es la actitud o la respuesta de Dios? Compartamos juntos esta búsqueda a la luz de la palabra de Dios.

La primera lectura cede la palabra esta vez a Jeremías, el profeta. Aquel a quien cupo anunciar grandes pruebas para Israel, aquel de los anuncios tristes, quien profetizara la cautividad de los suyos y la destrucción del templo. Profeta perseguido y abandonado, esta vez eleva su voz para anunciar palabras de esperanza. Tiempos difíciles, parecía que la Alianza de Dios con su pueblo se había perdido totalmente. Pero el profeta contempla que Dios no ha dejado de amar a su pueblo, y aunque Yahvé ha permitido grandes penurias para él, desea salvarlo y hacer con él una alianza nueva. Tras la horrible tempestad vendrán ahora tiempos de bonanza: la ruina se transformará en edificación, la dispersión en regreso, el castigo en perdón, el abandono en cariño. Son palabras cargadas de sentido, porque el profeta anuncia lo que contempla, lo que ha visto en Dios, lo que ha escuchado de sus labios. A Dios no le complace la muerte de su pueblo, sino que viva y que tenga vida en abundancia. El profeta, pues, invita a los suyos a gritar de alegría, porque Dios salva gratuitamente a su pueblo. En efecto, aunque el momento es crítico, aunque reina la dispersión, Dios ha dispuesto el retorno a la patria, a la tierra que un día prometió, a la renovación del culto en el templo y a reconstruir la unidad nacional. Si multitudes partieron llorando al destierro, multitudes volverán cantando: ciegos, cojos, mujeres embarazadas y las que ya dieron a luz, todos caminarán por un sendero diferente donde ya no habrá tropiezos. Y la razón es una sola: Dios es un padre bueno y misericordioso, su acción es motivo de júbilo. Como canta el salmista, si el señor ha estado grande con nosotros, debemos estar siempre alegres.

En el evangelio Marcos nos narra un signo maravilloso, un acontecimiento salvífico que llamamos “milagro”, y con el estilo que le es característico. Se trata esta vez de la curación de un hombre que no podía ver, que estaba dominado por las tinieblas, porque era ciego. Otra vez no se nos dice el nombre, ni la edad ni la procedencia. Basta saber que era un hombre disminuido por la falta de visión, que no podía valerse por sí mismo, que necesitaba de los demás para hacer sus cosas, que vivía de la caridad. Inmerso en la oscuridad, su vida estaba llena de tropiezos. Pero había algo muy bueno en él y es que no deseaba continuar así. Él quería ver y contemplar la hermosura de la creación al amparo de la luz. Sabiéndose cerca del Señor pidió compasión con insistencia, haciendo de todo para llegar hasta Él. “¿Qué quieres que haga por ti?”, Le preguntó el Señor. Aquel hombre sabía lo que necesitaba y lo que quería. “Señor, haz que yo vea”, pidió con humildad y fe. Y por su fe llegó la luz y con la luz la visión. El Señor no pudo negarse a concederle lo que le pedía. “tu fe te ha curado”, le respondió, y aquel hombre se fue y pudo ver por su fe. El evangelista no nos hablará más de este hombre, pero fácilmente podemos inferir que aquel día la vida de este bienaventurado cambió radicalmente. Poder ver significó para él caminar sin tropiezos, insertarse en las acciones de su comunidad, trabajar para ya no vivir de limosnas, iniciar una vida nueva, seguir al Señor. La compasión de Dios fue grande para él y su vida se cubrió de alegría.

Fe del hombre y misericordia de Dios, pues, son los temas que iluminan hoy el mensaje de la liturgia. Jeremías y el signo obrado por Cristo nos dan testimonio de ello. En tiempos del profeta el pueblo de Dios caminaba en las tinieblas de la desolación, imploró a Dios con fe y Yahvé escuchó sus gemidos. El personaje del evangelio mendigaba inmerso en las tinieblas de su propia ceguera. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Y él supo responder con fe su deseo de ver. Hoy también, a dos mil años de distancia, el Señor nos plantea la misma pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Nuestra respuesta ha de ser sincera y convencida. Hoy quizás debamos pedirle con fe que nos libere de la oscuridad a la que nos condena la falta de unificación interior, cuando nos vemos sobrecogidos por la noche de la fragmentación, carentes de un punto vital de unificación. Y que nos liebre de la ceguera de nuestros pecados, particularmente de nuestro orgullo, que muchas veces nos hace creernos dueños de la verdad y que no nos deja reconocer nuestros propios errores o de la superficialidad, que no nos permite una mirada profunda en nuestra vida y darnos cuenta de que a menudo caminamos tropezando.

Yahvé permitió con amor el regreso de su pueblo. Lo había privado de su presencia, lo había echado fuera de sí, pero no lo abandonó a su suerte para siempre. Él es Padre, ama tiernamente con amor de compasión, y determinó la salvación por medio del regreso. Jesús miró con cariño y tuvo compasión de aquel hombre que le suplicaba afligido. Dispersión oscura y ceguera pecaminosa, ambas nos condenan a caminar tropezando y nos quitan libertad interior. Cristo viene a liberarnos y regalarnos la alegría perdida. En Cristo Dios se muestra misericordioso y salvador.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb