b) domingo 13 de septiembre

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Is 50, 5-9/ Sal 114/ St 2, 14-18/ Mc 8, 27-35

¿QUIÉN DICES QUE SOY YO?

¿Quién es Jesús para ti y para mí? He aquí una pregunta crucial que cada cristiano ha de plantearse en algún momento de su proceso de maduración en la fe. ¿Quién es? ¿Acaso un triunfador hecho a nuestra medida? ¿Acaso un fracasado cuyos proyectos se terminaron en la dureza de un madero? ¿Quizás un personaje del pasado cuyo recuerdo sirve para mantener viva la esperanza de mucha gente? ¿Quién es realmente? No basta aprender la respuesta en los libros de religión ni en el catecismo, es preciso encontrarla en la propia experiencia de fe iluminada necesariamente por la cruz.

La primera lectura proclama palabras inspiradas del profeta Isaías, quizás un duro poema conocido como el tercer cántico del siervo sufriente. ¿Quién es este siervo del cual habla el profeta? Hemos de confesar que no conocemos su identidad personal, pero se trata de un hombre de Dios que sufre por otros. Su oración es una especie de salmo, una súplica individual. A él Dios ha encomendado una gran misión, la misma que le acarrea grandes sufrimientos expresados en desprecio, persecución, dolor físico y espiritual. Estas pruebas insoportables podrían conducirle a la desesperación y al deseo de abandonar la misión confiada, pero el siervo sabe que Dios está con él, siempre a su lado, lo sostiene y lo consuela. Aunque la situación que vive pueda ser angustiante, su confianza es más fuerte, porque a la larga, nadie puede contra Dios. Su sufrimiento parece estar dispuesto por Dios, pero su abnegación le lleva a comprender que Dios es bueno y misericordioso, tan bueno que salva gratuitamente a quien está sin fuerzas. Comprende que cuando el justo invoca al Señor, Él arranca su alma de la muerte y sus ojos de las lágrimas. En pocas palabras, Dios asiste a su siervo, no lo abandona y lo saca de su angustia.

Acaso esta figura nos permita pensar más directamente en el Señor Jesús, tal como el evangelio de hoy nos sugiere. La escena ocurre en Cesarea de Filipo. Yendo de camino, Jesús planteó a sus discípulos una pregunta clave: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. La pregunta buscaba dejar al descubierto una ingenua ignorancia de parte de sus interlocutores. En efecto, tanto sus discípulos como la gente en general, conocían de Él su nombre, su edad y su origen terrenal, pero desconocían su identidad profunda. Es éste un tema propio del evangelista Marcos que tiende a ser olvidado por otros evangelistas.

Hasta el momento de esta escena había ido creciendo un fuerte misterio en torno a la persona del Señor. En efecto, había salido del anonimato revelándose como un hombre de sabiduría profunda y palabras que llegaban al corazón. Sus acciones habían sido prodigiosas, mostrándose como aquel que sana a los enfermos, expulsa a los demonios, da órdenes a la naturaleza. Y todo lo hacía bien, provocando el júbilo y la admiración. Continuamente la gente se preguntaba quién era Él, y cada vez que alguien quería revelar su identidad, era Él mismo quien imponía silencio y exigía no contar algo a nadie. Un secreto mesiánico en torno a la persona del Señor, que en la teología de Marcos estaba destinado a ser dado a conocer en un momento cumbre, la dura prueba de la cruz. Tras una breve incertidumbre estos discípulos expresaron a Jesús lo que la gente decía de Él, pero la ocasión le permitió plantearles todavía una pregunta más directa, más profunda y más incómoda: “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?”. Sería Pedro quien se atrevería a revelar el secreto: “Tú eres el Mesías”. Hasta entonces la gente había tenido esta sospecha, pero nadie había podido expresarlo abiertamente ni el Señor lo había permitido. Ahora era el mismo Pedro quien hacía esta confesión en privado, mas Jesús siguió haciendo la prohibición de revelarlo. De pronto el relato adquiere otra tonalidad, porque el Señor, sin desmentir al Apóstol, anuncia grandes sufrimientos para su persona. En efecto, va a Jerusalén con una gran misión, pero ésta no supone para Él honores humanos ni motivos de vanagloria personal. Él va a sufrir, será humillado, condenado a muerte y crucificado. Sin embargo, el Padre no lo abandonará y por su fidelidad lo resucitará al tercer día. Lenguaje duro para sus discípulos, particularmente para Pedro, que esperaba para su Señor un destino muy diferente.

El Maestro reprocha al Apóstol su actitud mezquina de ver las cosas según los criterios de los hombres, pero no con los criterios de Dios, que son mucho más elevados y diferentes. Enseguida el Señor, llamando a la gente y a sus discípulos, les invita a llevar su cruz para seguirle con total libertad, aseverando que perder la vida por Él significa salvarla, y pretender salvarla sin Él significa perderla. No es la cruz de los pequeños sufrimientos de cada día, sino la cruz de quien se niega a sí mismo, es decir, la de quien es pequeño a los ojos de Dios, renunciando a sus propios proyectos y aspiraciones para acoger con total libertad lo que Dios dispone. Sin esta actitud fundamental es imposible ser auténtico seguidor de Cristo.

A dos mil años de distancia en el tiempo resuena hoy en nuestros corazones la pregunta del Señor: “¿Quién dices que soy yo?”. Un velo misterioso y sorprendente cubre hoy para nosotros la identidad de Jesús. Que como Pedro podamos comprender con la inteligencia del corazón que Él es nuestro Mesías salvador, pero no a nuestra manera. Es el Mesías que viene a servir y no a ser servido; el Mesías que hace el bien sin esperar recompensa; el Mesías que actúa con total libertad sin someterse a estructuras humanas; el Mesías incomprendido que sufre y carga su cruz por nosotros; el Mesías que muere injustamente y perdonando; el Mesías cuya fidelidad extrema le conduce a la muerte, pero que no se queda muerto sino que resucita para que nosotros tengamos vida. Un Mesías así vale la pena seguir, pero con la actitud de fe de quien saber negarse a sí mismo para dejar que se haga en la propia vida la voluntad de Dios.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb