c) 20 de septiembre

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Sb 2, 12.17-20/ Sal 53/ St 3, 16-4,3/ Mc 9, 30-37

CON LA CONFIANZA PROPIA DE UN NIÑO

Ser y sentirnos importantes ante los hombres. ¿A quién no le seduce esta posibilidad? Quizás un sentimiento de autoestima por encima de lo normal provoque en la mayoría de nosotros deseos de ser siempre los primeros en todo, de ocupar los puestos o cargos más importantes, de ser considerados dignos de aprecio y reconocimiento por los títulos que ostentamos, por la cuenta corriente que guardamos en el banco o por nuestro lugar de procedencia. Motivos para sentirnos orgullosos ante el mundo, quizás, pero motivos vanos y efímeros al fin y al cabo. Cuando nos movemos en esta lógica solemos poner nuestra confianza en estos recursos y poco a poco vamos dejando a Dios en el olvido. Careciendo de esta actitud básica, elemental, es difícil tener al Señor y su proyecto de vida como horizonte fundamental de nuestras existencias. La sabiduría de Dios va por otro sendero, no es exactamente la sabiduría de los hombres.

Precisamente, la primera lectura nos regala hoy un hermoso texto tomado del libro de la Sabiduría. Aquella misma sabiduría que conoce, penetra, dispone y juzga todo, que procede de Dios y a Dios retorna, que invita a hacer siempre el bien y es fiel amiga del hombre, que discierne a la luz de Dios los caminos de la justicia y los senderos que conducen a la vida. Ideas ciertas que nos acercan al contexto de la lectura de hoy, bajo la convicción de que la conducta del hombre justo es un severo reproche para la maldad de quien actúa injustamente. Incómodos por la buena conducta del hombre justo, los malvados aparecen complotando contra él, quieren tenderle una trampa para comprobar la autenticidad de sus palabras. Desean someter a indigna prueba su paciencia y su confianza en Dios. Detrás de todo ello se oculta un velado interés por humillarlo, por torturarlo y condenarlo a muerte ignominiosa. Pero el sendero del hombre justo es muy diferente al camino escogido por el hombre malvado. El segundo no confía en Dios sino en sí mismo y en sus propios recursos, por eso mismo busca los lugares de honor y continuamente quiere ser el primero en todo, se afana por acumular motivos de vanagloria y así sentirse siempre importante; detesta a quien obra de manera diferente al suyo. El hombre justo ante todo pone su confianza en Dios movido por una humildad y una sencillez muy profunda, por eso mismo, no requiere apetecer los mejores puestos ni los primeros lugares, solo que busca servir y hacerlo de corazón. Dos formas de ser diferentes que marcan proyectos de vida radicalmente diferentes.

Y en tal sentido el evangelio de hoy quiere ahondar en esta temática. Es Jesús mismo quien por segunda vez anuncia a sus discípulos su próxima pasión. Le esperan momentos duros y difíciles en Jerusalén, horas de oscura angustia. La fidelidad a su proyecto le conducirá inevitablemente a la muerte más ignominiosa, pasando antes por el escarnio de la traición y de la humillación. Sabe que nadie le quitará la vida, Él la entrega valientemente por otros, pero su confianza está puesta en el Padre, y por eso está dispuesto a seguir adelante, hasta las últimas consecuencias, consciente de haber venido a servir y no a ser servido. Sin embargo, sus apóstoles parecen no haberlo comprendido así, y en el colmo de la ironía se hallan inmersos en una actitud muy diferente. En el camino venían discutiendo quién de ellos era el más importante. Habían escuchado las enseñanzas del Maestro, pero inmersos en estos afanes estaban aún muy lejos de poner su confianza en Dios. Para ellos mucho más concreto era ostentar poder, ocupar puestos de honor, aparecer primeros delante de los hombres. Circunstancia triste y desalentadora, ciertamente, pero el Señor aprovecha la ocasión para instruirles acerca de una actitud que deben saber cultivar si quieren ser sus auténticos seguidores. En efecto, llamando en torno a sí a un niño, invita a acoger a quienes son pequeños como él, a sabiendas de que quien acoge a un niño pequeño, acoge al mismo Señor. En otros pasajes aparecerá invitando a hacerse pequeños como niños. Todo esto nos sugiere desde la fe una presencia misteriosa de Jesús resucitado en los que son pequeños ante el mundo, y quien es pequeño como un niño, es grande a los ojos de Dios, porque sabrá poner su confianza en Él, así como un niño confía y depende totalmente de sus mayores. Sólo sobre la base de este total abandono, por el camino de la sencillez, se podrá construir algo que realmente valga la pena y en eso consiste la sabiduría del justo sufriente.

Hoy nos invade quizás una vaga sensación de no ser tan diferentes a los discípulos del Señor. Fácilmente nos hacemos partícipes de esta “mentalidad” marcada por la búsqueda desenfrenada de los lugares de honor, de los primeros puestos, de querer vanagloriarnos con cosas efímeras, que florecen por la mañana y por la tarde se secan. Y es que en el fondo no sabemos confiar en Dios, preferimos confiar en nosotros mismos y buscamos motivos para poder hacerlo. Dentro de esa lógica es natural que huyamos de ese Cristo exigente, cuya lógica es la de hacerse últimos ante los hombres para ser primeros ante Dios, confiar plenamente en Él, a la manera de un niño, para asumir la propia vida como un servicio marcado por la abnegación y la alegría de hacer felices a los demás en las pequeñas y grandes cosas de cada día.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb