d) 27 de septiembre

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Nm 11, 25-29/ Sal 18/ St 5, 1-6/ Mc 9, 38-43.45.47-48

PONER LÍMITES A DIOS, QUÉ GRAN MEZQUINDAD

Encerrar a Dios en nuestros esquemas humanos y creernos dueños de su acción, he ahí una de las grandes tentaciones presente en algunos sectores de la comunidad creyente desde los primeros tiempos hasta el día de hoy. Sobre esto, la palabra de Dios de este domingo nos brinda pistas de luz.

Un pueblo difícil en medio del desierto. Ese es el contexto de la primera lectura, tomada del libro de los Números. Un pueblo que parecía no tener fe, un pueblo que murmuraba contra Dios y contra su elegido, un pueblo que constantemente rechazaba el alimento que Yahvé le otorgaba para añorar la carne y las cebollas de la esclavitud en Egipto. Qué pesada era la carga que Moisés llevaba sobre sus espaldas al hacerse cargo de este puedo de dura cerviz. Qué abrumadora responsabilidad en medio de la incredulidad del pueblo y los celos de Dios. Yahvé quiso aligerar la pesada carga de su siervo Moisés, y dispuso hacer partícipes de su espíritu a setenta ancianos, que compartirían sus tareas en el gobierno del pueblo. Estos ancianos, reunidos en la tienda, fueron invadidos por la acción de este espíritu y empezaron a profetizar en nombre de Dios. Pero entonces empezó el recelo, porque hubo dos de ellos que no pudieron estar presentes en la tienda cuando irrumpió el espíritu, y a pesar de ello, profetizaban. Josué, si bien con buena intención, no podía aceptar esto, no encajaba con sus valoraciones personales ni sus esquemas mentales. Indignado, quiso impedirlo, y acudió a Moisés. El siervo de Dios lo comprendió de inmediato. Dios es siempre libre para actuar, ¿quién es él para impedir esta acción? Si Dios quiere multiplicar su bondad y extender su espíritu más allá de lo que puede el hombre concebir, ¿por qué habría de oponernos a su libre actuar? Moisés no fue envidioso, no vio en la acción divina un límite para su misión, al contrario, se alegró y expresó un sano deseo porque esta acción se siga multiplicando para todo el pueblo.

El evangelio se circunscribe en la misma orientación. Dios es amplio, generoso y libre, pero cómo nos cuesta comprenderlo y aceptarlo así. Ahora es el apóstol Juan quien se muestra indignado porque ha contemplado cómo un “extraño” al grupo, un hombre desconocido, se atreve a actuar en nombre del Señor y expulsa espíritus inmundos. Apóstol impetuoso, a quien apodaban “hijo del trueno” por su temperamento fuerte, se le antojó prohibírselo, porque consideró que dicha acción iba en contra de los derechos de su Maestro. En su lógica mezquina, si aquel hombre no pertenecía al grupo de Jesús, no tenía derecho alguno para actuar así. Jesús aprovechó la ocasión para instruir nuevamente a los suyos. ¿Por qué impedírselo? Quien está con Él no puede estar contra Él. Juan asumió una postura incalificablemente cristiana, incapaz de comprender que si aquel hombre desconocido expulsaba demonios en nombre de Jesús, de algún modo es porque estaba convencido del poder real de ese nombre y tenía fe en él. Aquel hombre pertenecía en el espíritu al grupo del Señor, aunque no pareciera así. Hay que alegrarse, porque la acción de Dios es ilimitada y el poder de Satanás se desmorona.

El resto del relato evangélico nos habla acerca de la unidad que hay entre Jesús y los suyos, tanto así que cualquier servicio, aunque insignificante, hecho a favor de los discípulos del Señor, no queda sin recompensa, pues en último término, el servicio se ha prestado a Dios en las personas de estos discípulos. Y enseguida vienen unas referencias en torno al pecado de escándalo. Mateo es muy expresivo al hablar sobre el escándalo dado a los “pequeños”, es decir, los humildes, los pobres, los insignificantes seguidores de Jesús. Y advierte que al escandaloso hay que arrojarlo fuera de la comunidad creyente, como algo podrido, pestilente, asqueroso, porque cae en la injuria de destrozar la obra del Señor y hacer despreciable su muerte y resurrección, convirtiéndose para otros en motivo de tropiezo. Cualquier cuidado para evitar el escándalo será siempre poco. Frente al pecado de uno mismo hay que ser radicales, no se trata de sacarse el ojo, o cortarse la mano o el pie, sino de cambiar el corazón, pues si el interior de uno no cambia, todo esfuerzo exterior será vano.

Una vez más nos sentimos interpelados por esta palabra de Dios que nos habla gratuitamente al corazón. Dios es siempre libre, su acción misericordiosa no encuentra límite, hace salir el sol sobre buenos y malos, su actuar es semejante al viento, que sopla donde quiere y cuando quiere. Todo lo bueno que exista, se encuentre donde se encuentre, ha de ser admirado, respetado y aplaudido, porque viene de Dios. Pero a veces nos parecemos a Josué y a Juan, celosos y envidiosos, y nos llegamos a considerar “dueños” del Espíritu de Dios, que ha de actuar según nuestros criterios mezquinos. Nos parecemos a Jonás, que no podía asimilar que Yahvé quisiera salvar a los enemigos de su pueblo o al hijo mayor de la parábola, que obediente y cumplidor, no aceptaba que su padre matase el cordero más gordo y organizara una fiesta por su hijo pecador arrepentido. En todos los tiempos ha habido al interior de la Iglesia sectores radicales con mentalidades cerradas, olvidando que la “iglesia de los puros” no es precisamente la Iglesia del Señor. Qué admirable que Dios sea siempre bueno y misericordioso y qué gran noticia para nosotros saber que su gratuidad supera nuestros conceptos, esquemas mentales y formas de apreciar la realidad. Moisés y Jesús nos enseñan hoy a valorar y dar gracias por la huella de Dios, que está presente en todo cuanto existe. Ojalá todos fuéramos predicadores y testigos de la salvación de Dios, aún sin merecerlo.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb