a) domingo 6 de septiembre

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Is 35, 4-7/ Sal 145/ St 2, 1-5/ Mc 7, 31-37

¡ÁBRETE!

Lo que está cerrado no se comunica. Quizás esa realidad comunicará que “está cerrada”, pero difícilmente podrá comunicar más cosas sobre sí, precisamente porque la cerrazón no permite ni salir ni entrar. Podemos cerrar tantas cosas materiales, pero qué triste es cuando cerramos el propio corazón. ¿Quién puede abrir y transformar un corazón que se cierra para Dios? Sobre este tema, la palabra de Dios tiene hoy un bello mensaje para cada uno de nosotros.

Leemos en la primera lectura un oráculo de salvación del profeta Isaías. Tiempos difíciles. El profeta apenas alcanzó a vislumbrar la llegada del Señor, y con su llegada el advenimiento de un tiempo nuevo, donde se abren los ojos del ciego y los oídos del sordo, la lengua del mudo se destraba y canta, y los pies del cojo se enderezan y pueden brincar. La naturaleza también se ve bendecida, porque el desierto estéril se transforma en un manantial cuando se abren sus arenas y desde su interior brotan torrentes de agua. Imágenes elocuentes que en época podían parecer absurdas para los faltos de fe. Son imágenes con un fuerte contenido espiritual, pero llamadas a transformar la realidad concreta del hombre. Imágenes que nos hablan de una nueva realidad que el salmista no deja de proclamar a viva voz: “El Señor libera a los cau tivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos”. Viene, pues, el Señor, y con Él la salvación, la apertura a la vida. Podrían parecer simples metáforas, pero la liberación de las servidumbres concretas de este mundo apunta a la gran liberación de todo el hombre. Y si Dios lo promete, lo cumple.

Y precisamente este cumplimiento lo hallamos en la persona de Jesús. El evangelio de este domingo nos narra, según la versión de Marcos, un signo maravilloso obrado por el Señor cerca al mar de Galilea, tras haber cruzado la Decápolis. Se trataba de un sordomudo. Marcos no nos brinda mayores detalles sobre este hombre, no nos dice su edad ni su nombre ni su origen ni cómo adquirió tal condición. El hecho es que se trataba de un hombre que tenía el oído cerrado y la lengua trabada. No podía comunicar desde su interior y tampoco podía recibir apropiadamente las comunicaciones provenientes del mundo exterior. Jesús tocó con los dedos y con la saliva los oídos y la lengua del mudo, diciéndole “ábrete”. El signo como tal nos puede poner en presencia de un antiguo rito bautismal que de algún modo nos señala el inicio de una nueva condición, de una vida nueva. Lo maravilloso fue que al momento se abrieron los oídos de aquel hombre y se soltó su lengua. Y pudo hablar y pudo escuchar. Aquel día su vida cambió radicalmente. La cerrazón de su vida se transformó en apertura y comunicación, se derribaron sus ataduras y pudo andar más libremente por la vida, ya no dependió de la ayuda de otros, pudo valerse por sí mismo. Era un hombre que estaba enfermo e impedido respecto al mundo de Dios, Cristo lo curó y su curación material aparece como signo de la curación salvadora que abarca a todo el hombre. La comunidad cristiana que recibió el relato y su mensaje, así lo comprendió y así lo confesó: “Todo lo ha hecho bien”. El Señor pidió a sus interlocutores guardar el secreto, no decirlo a alguien más, lo cual responde a la teología de Marcos, para quien el tema del secreto mesiánico recorre las páginas de su relato y busca expresar que la gloria y la identidad del Señor están llamadas a revelarse en el momento angustiante de la cruz.

Hoy asistimos al triste espectáculo de contemplar a tantos hombres y mujeres –quizás nosotros mismos- que caminan por la vida en una auténtica condición de “sordomudos” frente al mundo de Dios. Para empezar, nos oímos, pero no sabemos escucharnos. Hablamos mucho, pero no comunicamos. Y esto que ocurre en el plano de nuestras relaciones interpersonales lo aplicamos también a nuestras relaciones con Dios. Hoy estamos cerrados a escuchar y proclamar la palabra de Dios. La verdadera enfermedad del hombre está ahí, en su falta de oído para lo divino y en su falta de lengua para lo sagrado. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Tenemos la fe y la humildad suficientes para recurrir a Cristo y pedirle que nos cure? Tenemos ojos, pero no vemos lo que a diario Dios hace por nosotros dándonos muestras de su amor; tenemos oídos, pero no escuchamos la voz de su palabra, que de muchos modos y en diferentes tiempos nos habla de su amor; tenemos lengua, pero callamos frente a las injusticias del mundo y frente al mal que se opone a la obra de Dios; tenemos pies, pero no nos ponemos en camino, no avanzamos, no nos comprometemos de una manera convencida en la construcción del Reino de Dios, que ente todo es un don que nos es dado gratuitamente en la persona de Jesús. En una palabra, tenemos cerrado el corazón y así ni Dios puede comunicarnos sus maravillas ni nosotros podemos proclamarlas. Hoy necesitamos de un encuentro personal con Cristo, como lo tuvo aquel hombre del evangelio, pero un encuentro de fe. Necesitamos ser tocados por la gracia del Señor, necesitamos que nos diga “ábrete”, de tal modo que se derrumben todas aquellas cosas que nos atan y no nos dejan andar libremente nuestro camino en compañía de Dios. Sólo Jesús nos libera de nuestras ataduras y sólo en Él podemos escuchar y hablar un idioma diferente, el idioma de los hijos de Dios, que son capaces de ponerse el traje de fiesta y crecer hasta la estatura de Cristo. Que sea el mismo Señor quien encamine a su término la acción liberadora que obra en cada uno de nosotros.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb