d) 23 de agosto

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Jo 24, 1-2/ Sal 33/ Ef 5, 21-32/ Jn 6, 60-69

NUESTRA OPCIÓN FUNDAMENTAL POR CRISTO

A diario nos vemos desafiados por todo un conjunto de elecciones libres que hemos de tomar según cada circunstancia que se nos presenta. A veces ni cuenta nos damos, pero continuamente estamos eligiendo entre una cosa u otra. Hay elecciones que son pequeñas en su contenido, pero hay también ocasiones en que hemos de tomar grandes decisiones que comprometen seriamente nuestra existencia. En toda elección hay siempre una dosis de renuncia, pero por sobre todo hay una opción. Nos preguntamos hoy si Cristo no debe ser acaso objeto de nuestra mayor elección. La palabra de Dios tiene una respuesta para nosotros.

La primera lectura nos narra un pasaje tomado del libro de Josué. Fue éste el sucesor de Moisés, aquel caudillo que recibió la misión de cruzar con los israelitas el Jordán y tomar posesión de la tierra prometida. La escena ocurre en Siquem. Habían pasado muchos años desde la salida de Egipto, los suficientes para abarcar a toda una generación. Atrás había quedado el desierto con sus penurias, ahora el pueblo habitaba en tierra fértil y gozaba de campos, de viviendas y del confort que brinda una vida sedentaria. Pero la gente ya no era la misma que un día abandonó los dominios del faraón. Se trataba de una generación nueva que no había presenciado los prodigios de Yahvé en el Mar Rojo ni había sido testigo directo de la Alianza con Dios en el Sinaí. Si bien la tierra que habitaban ahora era generosa, estaba presente también una fuerte tentación con aires de peligro. Era la tentación de la idolatría. La civilización de los habitantes de Canaán abundaba en cultos naturalistas e idolátricos, que podían seducir a más de uno. Josué era ya anciano y temía que esta generación termine dando la espalda a Dios. Por eso convocó a una asamblea, en el templo de Siquem. Él quería renovar la Alianza con Dios, pero no a la fuerza sino de una manera libre y consciente. En presencia de ancianos, jefes, jueces y oficiales, expuso palabras que dejaron convencido a su auditorio, evocando las maravillas obradas por el Señor a favor de su pueblo. Era preciso tomar una opción. Él y su familia se decidieron por Yahvé, a quien quisieron honrar y seguir sirviendo. Y ocurrió que junto con él, el pueblo entero se decidió por Dios. ¿A quién otro se podría acudir que tenga acciones y palabras de vida? No en vano, el salmista nos invita hoy a seguir viendo y gustando qué bueno es el Señor, que redime a sus fieles y acoge a quien confía en Él.

Juan, en el evangelio de hoy, nos presenta el final del discurso eucarístico de Jesús. La escena parecía encaminarse hacia un final infeliz. El Señor, con palabras cargadas de sabiduría, había intentado persuadir a los judíos para que tomaran una libre opción por Él, presentándose ante ellos como el Pan de vida eterna. Pero sus palabras, tomadas materialmente, habían resultado escandalizadoras para muchos, quizás para la mayoría. No es extraño que el hombre se escandalice de Dios, porque su modo de actuar siempre es diferente, porque sus caminos no son nuestros caminos, porque sus criterios no son los nuestros. Y Dios siempre aparece rompiendo esquemas humanos que de continuo o escandalizan o provocan admiración. Feliz aquel que no se escandalice de Dios. Estos judíos tomaron aquel día una opción, sí, pero no por Jesús. Prefirieron darle la espalda e irse en busca de nuevos horizontes. “Su modo de hablar es duro”, se dijeron, no calza con nuestro modo de pensar y valorar las cosas, y por lo mismo, es muy difícil hacerle caso. Se fueron y lo dejaron solo, con sus apóstoles. El fracaso pastoral fue parte del ministerio del Señor, pero Él nunca abandonó la empresa, siguió luchando hasta el final. Con todo, la ocasión fue propicia para interpelar a estos apóstoles, que siendo los más cercanos al Maestro, estaban llamados también a decidirse definitivamente en una libre opción. La pregunta salida de sus labios no pudo ser más clara y directa: “¿También ustedes quieren irse?”. Pedro se atrevería a afrontar ese momento de incertidumbre con palabras auténticas salidas del corazón: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Aquel día Pedro y los suyos optaron libremente por Jesús, tendrían sus momentos de debilidad y caída, es verdad, pero fortalecidos y renovados por la gracia, se quedarían con Él hasta el final y antes de morir emplearían sus dones y energías para evangelizar el mundo.

A dos mil años de distancia en el tiempo, hoy también somos interpelados por la pregunta del Señor: “¿También nosotros queremos irnos?” ¿Qué nos impide hacerlo? Más aún, ¿qué nos motiva a quedarnos con Él? A diferencia de los apóstoles, no somos nosotros testigos directos del Jesús de Nazaret, y cuánto nos cuesta optar por lo que viene a nosotros en modo mediatizado. Nuestro mundo necesita de cristianos auténticos, de hombres y mujeres convencidos que opten realmente por Cristo, y que sea ésta una opción de fe. Pueda que estemos bautizados, pueda que desempeñemos algún ministerio pastoral en alguna parroquia, pueda que seamos religiosos, sacerdotes o que hayamos contraído nupcias por la Iglesia, pero esto no significa necesariamente que hayamos hecho opción por nuestro Señor. Sólo Jesús tiene palabras de vida eterna, sólo Él conoce lo insondable que anida en nuestros corazones, sólo Él puede amar de verdad nuestra fragilidad y redimirla. ¿A quién más podríamos acudir? Es preciso que ese Cristo a quien intentamos conocer con la inteligencia y a quien profesamos con los labios, sea ante todo acogido en el propio corazón, y que siendo Él nuestra opción fundamental de vida, oriente y guíe cada una de nuestras acciones. Qué distinto sería nuestro mundo de hoy si los cristianos realmente optásemos por el Señor. Sólo Él tiene palabras de vida eterna, pero ¿lo creemos realmente?

P. José Antonio Pachas Zapata sdb