b) 09 de agosto

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

1Re 19, 4-8/ Sal 33/ Ef 4, 30-5,2/ Jn 6, 41-51

PAN PARA LA VIDA ETERNA

El cansancio y el desánimo son experiencias que forman parte de nuestra vida. ¿Alguno de nosotros podría afirmar que nunca ha afrontado estas situaciones? Hay ocasiones en que la vida se torna muy dura, circunstancias donde nos sentimos angustiados, afligidos y hasta temerosos. Hay momentos en que nos cuesta mucho vislumbrar una luz al final del túnel de nuestros problemas. El estrés de la vida se transforma en angustia y ésta a veces en depresión. Necesitamos de algo que nos ayude a seguir adelante para no desfallecer. ¿Qué puede ser y dónde encontrarlo? La palabra de Dios tiene hoy una respuesta para nosotros.

La primera lectura de este domingo nos presenta una hermosa página tomada del primer libro de los Reyes. Nos narra la dura experiencia que afrontó Elías, el profeta de Dios, cuando se vio inmerso en peligro de muerte. Perseguido por la reina, que tramaba su destrucción, huyó, buscando a Dios en el Horeb, la montaña santa. La travesía exigía atravesar el desierto, con las circunstancias de peligro que ello significaba. Caminó un día entero, soportando el hambre, la sed, el calor, pero era quizás y sobre todo la angustia y el silencio de Dios lo que le afligía en demasía. Era una sensación muy difícil de soportar, hasta el punto de sentir que su fortaleza espiritual y física había disminuido enormemente. Quizás en un momento de depresión se sintió morir, al fin y al cabo, él mismo reconocía no valer más que sus padres. Una retama perdida en medio de la arena le serviría de cobijo mientras a sí mismo se deseaba la muerte. Y así, inmerso en estas tristes sensaciones, se durmió. Pero en la Sagrada Escritura el desierto no es solo una instancia de prueba y tentación, es también un lugar de oración y de encuentro con Dios. Sería allí, en el desierto de su vida, donde Dios vino hasta él a través de la visión de un ángel, que le tocó, le invitó a levantarse y a comer de un pan cocido entre piedras y a beber de un jarro con agua. No era un pan ni un agua cualquiera, eran pan y agua del cielo, que le renovaron las fuerzas y le permitieron seguir el camino. El profeta de Dios no puede dejar de luchar, sus esfuerzos no pueden detenerse, porque la vida continúa y hay que avanzar hasta lo alto de la montaña. Renovado en sus fuerzas, Elías llegará al Horeb para encontrarse con Dios, no en el estruendo del terremoto ni en la espectacularidad del huracán, sino en la tenue caricia arrulladora de una suave brisa. Así, en medio de su soledad y de su angustia, el profeta pudo gustar y experimentar que Dios fue bueno con él. El salmista canta la misma verdad con breves palabras agrupadas en un hermoso verso: “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias”.

Muy en sintonía con esta realidad se abre paso el evangelio de hoy, que es continuación del domingo anterior. Jesús, el Profeta, experimenta una suerte de fracaso pastoral a causa de la actitud de muchos judíos, que le critican por sus palabras, a pesar de haber visto el signo de la multiplicación de los panes y de los peces. Es frecuente en el evangelio de Juan leer páginas donde el Señor aparece en polémica con los judíos, que tienen la cabeza dura y no pueden comprender su mensaje. Nadie, ni el Hijo de Dios, está exento de la crítica destructiva cuando se hace el bien. Pero Jesús no se desanima, Él continúa con su misión, enseñando la verdad y proclamando el Reinado de Dios con signos y palabras. A estos mismos judíos que le critican les ofrece la vida eterna si es que realmente llegan a creer que Él es el pan de vida. En otras palabras, les ofrece un alimento que no es un alimento cualquiera, pues se trata de su propio Cuerpo y de su propia Sangre, cuyos beneficios no se apagan en esta vida terrenal sino que se prolongan hasta la vida eterna. Quien coma de este pan de vida no volverá a tener hambre, verá continuamente renovadas sus fuerzas y será capaz de luchar hasta el final, recibiendo de Dios la gloria eterna.

Desde entonces han pasado dos mil años. Hoy los cristianos que deseamos tomar en serio nuestra misión en el mundo nos vemos asaltados continuamente por circunstancias adversas que tienden a desanimarnos. A veces son tantos peligros que nos rodean, otras veces son nuestros fracasos pastorales y otras tantas nuestros pecados e incoherencias personales. Como Elías en su momento nos gustaría que todo esto termine de una vez y evitarnos tanta lucha que parecería estar destinada al fracaso. Comúnmente nos vemos asaltados por la tentación de abandonar esta lid y “echarnos a morir”, seducidos por el ideal de una vida sin mayores problemas. Sentir el cansancio y el desánimo no es necesariamente un pecado, pero sí puede serlo dejarnos vencer por esta tentación. Una parábola moderna nos narra la historia de un payasito que fue enviado al pueblo con una cubeta a pedir ayuda a los aldeanos porque el circo se estaba quemando. Tocó muchas puertas, pidió ayuda a muchas personas, quiso convencerles de que todos servían para ayudar, mas todo fue inútil. La indiferencia de la gente fue mayor. El payaso mordió el fracaso en su misión, desanimado dejó la cubeta en el suelo y se marchó. Y el circo se quemó. A veces tomamos a Jesús como un payaso, pero hay una diferencia muy grande con este relato moderno, porque el Señor no abandona la cubeta y lucha hasta las últimas consecuencias. Él espera lo mismo de nosotros, mas para que esto sea posible nos ofrece el alimento que renueva y recompone nuestras fuerzas. Hoy los cristianos tomamos parte en la sagrada Eucaristía y nos alimentamos del Cuerpo y de la Sangre del Señor. ¿Lo hacemos por simple rutina? ¿Creemos realmente que el Señor nos salva y nos libera de nuestras angustias cuando nos alimentamos de Él? Que el pan de vida, recibido con amor y fe, nos ayude a superar nuestros desánimos, repare nuestras fuerzas y nos permita el encuentro personal con Dios.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb