c) 16 de agosto

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Pr 9, 1-6/ Sal 33/ Ef 5, 15-20/ Jn 6, 51-58

EL BANQUETE DE LA SABIDURÍA

Amamos la ciencia, pero ¿amamos también la sabiduría? Ella nos conduce a hacer experiencia y sentir el sabor de las cosas de Dios. Y este Dios se nos ofrece de continuo en un banquete que quiere saciar nuestra sed de eternidad. Meditemos esto a la luz del mensaje de la palabra de Dios para este domingo litúrgico.

Compuesto en el siglo IV a.C., el libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial del Antiguo Testamento. Comprende todo un conjunto de colecciones de proverbios muy antiguos. La primera lectura de hoy está tomada de este libro y forma parte de una serie de consejos que un padre brinda con amor a su hijo inexperto, tomando como fundamento la sabiduría. En el Antiguo Testamento la sabiduría aparece como un atributo divino que progresivamente se fue personificando hasta que los primeros cristianos la identificaron con Cristo, nuestro Señor. El Hijo eterno de Dios, encarnado por nosotros, es la sabiduría del Padre, por quien fueron hechas todas las cosas. Precisamente, el pasaje de hoy nos habla de esta sabiduría, que se construye una casa y prepara un gran banquete. Ella misma pone la mesa y mezcla el vino, envía a sus criadas a pregonarlo por las calles de la ciudad. Y los invitados son sobre todo los inexpertos y los faltos de juicio. Quien se atreva a comer dejará de ser inexperto y encontrará la vida siguiendo el camino de la prudencia. Esta casa es el universo entero, obra maravillosa de Dios, de la que el hombre es su expresión más hermosa. La sabiduría quiere habitar en él y celebrar con él un banquete con manjares suculentos. Invitados están todos los hombres de buena voluntad, y precisamente porque son inexpertos, podrán iniciarse en una gratuita experiencia personal con Dios, en la que podrán crecer día a día hasta alcanzar la vida plena y verdadera. La prudencia es el camino a seguir, porque ella consiste en escoger los bienes mejores y no hay mayor bien para el hombre que gozar de la dulzura del Señor, quien brinda todo a quienes le temen y aman la vida deseando días de prosperidad, tal como canta el salmo de este domingo.

Cuatro siglos después la sabiduría escondida en estos viejos proverbios hallaría su realización en aquel que es la Sabiduría de Dios, su hijo Jesús. El evangelio de hoy, que es continuación del relato del domingo pasado, nos lo presenta polemizando con gente inexperta. Son los judíos de su época, arrogantes por considerarse hijos de Abraham, pero ignorantes en lo que se refería a las cosas de Dios. Ellos son duros de cabeza y encuentran una seria dificultad para ir más allá del sentido material de las palabras del Señor, que se autoproclama como el Pan vivo que ha bajado del cielo, en cuya carne y sangre los comensales podrán encontrar la vida eterna. Para estos judíos las palabras del Señor eran escandalizadoras y carentes de sentido. Pero “feliz aquel que no se escandalice de mí”, dirá el Señor en otro contexto. Los antepasados de estos hombres habían sido alimentados en el desierto con el maná que caía del cielo, habían sido testigos de los signos salvíficos de Dios, pero habían sido inexpertos, no pudieron hacer una experiencia real del amor gratuito de Dios, continuamente cedieron a su desconfianza, tentando frecuentemente al Señor. Y así también eran estos descendientes contemporáneos al Maestro. Jactanciosos por considerarse el pueblo escogido, soberbios en la mentalidad de sus autoridades religiosas, que esperaba hallar la salvación por sí mismos, por el estricto cumplimiento de la ley, pero prescindiendo de Dios. A ellos Jesús invitaba a servirse del banquete de su cuerpo y de su sangre, pero tendrían motivos para no asistir. No en vano, alguna vez el Maestro les interpeló con aquella parábola del Rey que organizó un gran banquete celebrando las bodas de su hijo, pero los invitados se pretextaron para no asistir. Los criados saldrían por las calles a invitar a todos: cojos, mancos, ciegos, mudos, es decir, a todos aquellos que en su discapacidad personal reconocen su necesidad de Dios y están dispuestos a hacer experiencia del banquete nupcial colocándose el vestido de fiesta.

Hoy los cristianos nos vemos iluminados por la verdad de esta palabra. Una primera mirada interpelante nos dice que más que la ciencia, estamos invitados a crecer en sabiduría. La sabiduría no es sólo cuestión de conocimiento, por más importante que éste sea, sino ante todo de actitud. Se trata de sentir y gustar el sabor de la propia vida, pero teniendo a Dios como horizonte personal. Esta Sabiduría, el Hijo de Dios, quiere construirse y habitar en una casa que no es otra cosa más que nuestro propio corazón, porque a imagen de este Hijo fuimos hechos y esta imagen fue inscrita gratuitamente en el propio corazón. Es allí donde debemos gozar de la dulzura del Señor, pero ¿estaremos dispuestos a abrir la puerta para sentarnos en nuestra mesa y comer con Él? Y una segunda mirada nos dice que hemos de reconocer que no somos expertos en las cosas de Dios y estamos llamados a crecer día a día en esta experiencia. Podemos ocupar cargos muy altos, podemos disponer de mayor o menor dinero, podemos gozar de muchos honores humanos o haber estudiado mucho, pero nada de esto significa que hayamos hecho una experiencia real de Dios en nuestras vidas. Necesitamos nutrirnos espiritualmente de Él, y qué mejor medio sacramental que la misma Eucaristía, donde el Señor nos alimenta con su palabra y con su cuerpo y sangre. Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos, ¿nos ayuda la celebración de la Eucaristía a crecer en la experiencia personal de Dios? Que sea el mismo Señor quien nos ayude a encontrar una respuesta y nos renueve cada día la invitación para gustar la sabiduría y la vida que nos ofrece en su banquete.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb