a) 02 de agosto

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Ex 16, 2-4.12-15/ Sal 77/ Ef 4, 17.20-24/ Jn 6, 24-35

EL PAN DE VIDA

¿Quién de nosotros no ha padecido alguna vez en su vida la experiencia del hambre y de la sed? El cuerpo reclama lo suyo y quien siente hambre y sed busca el alimento apropiado y debido para saciarse. Es una exigencia de nuestro ciclo vital. Pero los alimentos materiales por más sabrosos y buenos que sean no evitarán que un día nos veamos abrazados por la muerte física. Por eso mismo nos preguntamos si puede existir un alimento que pueda perdurar para la vida eterna y se convierta para nosotros en prenda de salvación. La palabra de Dios de este domingo tiene para nosotros una respuesta al respecto.

La primera lectura nos narra hoy aquella experiencia vivida por los israelitas en el desierto, camino a la tierra prometida. Era, sin duda alguna, un pueblo obstinado y de cabeza dura, pero más dura era quizás la prueba a la que estaba sometido. El desierto abrumaba de manera inmisericorde, el sol y el calor del día quemaban fuertemente la piel, el frío de la noche helaba hasta los huesos. Animales peligrosos y grupos de salteadores que sembraban muerte a su paso hacían más dramática la situación. Además, no siempre tenían algo para comer, el hambre y la sed eran una amenaza muy seria para su subsistencia. Frente a una penuria de tal magnitud la fe tambaleaba y la mirada se centraba en el pasado. En Egipto no pasaban esta necesidad, allá se sentaban junto a la olla de carne y comían pan hasta saciarse. Quizás la situación ameritaba pensar que todo tiempo pasado fue mejor, pero olvidaban que en Egipto eran esclavos y duramente maltratados. Sobre esta fuerte desazón se eleva la promesa de Dios a Moisés: Él mismo hará llover pan del cielo. Y ocurrió que de pronto la tarde les permitió alimentarse con carne de codornices y la mañana les saludaba ofreciéndoles un polvo fino parecido a la escarcha, que llamaron maná. Los israelitas comieron hasta saciarse, fue Dios quien les alimentó gratuitamente con un pan de trigo celestial. Pero este pan calmaba el hambre del cuerpo, es bastante, pero no es suficiente. Aún quedará un apetito que necesitará ser calmado con otro tipo de pan superior al maná del desierto, pues el creyente está llamado a comer pan de ángeles.

Muchos siglos pasarían para la realización de este designio amoroso. Vemos en el evangelio de hoy cómo la gente nuevamente acude presurosa al encuentro del Señor. Cualquiera podría haber pensado que tenían hambre de la palabra de Dios, pero Jesús conocía bien los corazones y les echa en cara su interés material. Ellos le buscan porque los alimentó en el desierto hasta saciarse. Cuántas veces nuestra fe resulta así, interesada, buscando a Dios solo para satisfacer carencias personales, cuántas motivaciones hemos aún de purificar en nuestra relación con Dios. Jesús les invita a dirigir sus afanes hacia un alimento que perdure para la vida eterna. Y es cuando ellos le piden un signo que el Maestro se presenta a sí mismo como el Pan de vida, afirmando que quien acuda a Él no pasará hambre y que quien crea en Él no pasará sed. Sin duda, el evangelista hace aquí una clara referencia a la Eucaristía, misterio de comunión y sacrificio agradable al Padre, donde Cristo es el mismo tiempo sacerdote, víctima y altar, ofreciéndose a sí mismo y entregándonos su Cuerpo y su Sangre como alimento para la vida eterna.

Hoy como ayer los creyentes vivimos la experiencia humana del hambre y de la sed. Pero qué importante es que tengamos siempre hambre de Dios. Ya lo decía un sencillo poblador de Villa el Salvador a san Juan Pablo II en su primera visita al Perú: “Tenemos hambre de Dios”. Cuentan también de la Madre Teresa de Calcuta, que debiendo entrevistarse cierto día con el Presidente de una nación, pasó por una barriada pobre y preguntó a unas pobres mujeres que rastreaban los desechos de la basura qué deseaban que le dijera al Presidente de parte de ellas. Una le respondió casi sin pensarlo: “Dígale que tenemos hambre de Dios”.

Alguna vez el Señor llamó bienaventurados a quienes tienen hambre y sed de la justicia, es decir, a quienes tienen hambre y sed de su propia salvación, pues entonces son saciados gratuitamente por el sacrificio redentor de Cristo. Si nuestra fe es auténtica hemos de buscar a Dios no por simples intereses personales sino por acoger esa salvación que gratuitamente nos ofrece en la persona de su Hijo. Alimentar el cuerpo es muy importante en nuestras vidas, pero tan importante como esto es también alimentar el espíritu, que solo puede saciarse con el alimento de la palabra y de la Eucaristía. Y ocurre que Dios nos sacia espiritualmente, pero apenas saciados nos vuelve a abrir el apetito espiritual para que siempre tengamos hambre de Él. Se trata, pues, de una suerte de “saciedad insaciada” que nos permite crecer y crecer espiritualmente hasta llegar a la medida de Cristo Jesús. Tenemos hambre de Dios y lo buscamos, pero antes de encontrarlo, Él ya vino a nuestro encuentro. “Danos hoy hambre de Dios; aliméntanos, Señor”, cantamos en una sencilla canción cristiana. Que esta santa hambre y que este alimento del cielo nos conduzcan a encontrarnos fraternalmente reunidos un día en la mesa celestial.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb