a) 12 de julio

Ciclo “B”

Domingo XV del Tiempo Ordinario

Am 7, 12-15 – Sal 84 – Ef 1, 3-14 – Mc 6, 7-13

Es natural que planifiquemos las actividades diarias que realizamos y las empresas que acometemos a lo largo de nuestra vida, no hacerlo sería abandonarse en un conjunto de desafíos irresponsablemente enfrentados. Por ejemplo, si tuviésemos que emprender un viaje importante y lejano, se precisa planificar el itinerario, contar con una bolsa de viaje, un conjunto de maletas para el equipaje, conocer la ruta a seguir, lugares de hospedaje y cosas por el estilo. Al fin y al cabo, son recursos humanos que nos dan seguridad y bienestar. Sin embargo, ¿basta con que pongamos nuestra confianza en estos medios o precisamos, como creyentes, de algo más de fondo? ¿Corremos realmente el peligro de cerrar los oídos del corazón a la voz de Dios, que nos habla continuamente? La palabra de Dios tiene hoy para nosotros una respuesta.

La primera lectura, tomada del libro del profeta Amós (7, 12-15) nos presenta un diálogo entre el profeta y Amasías, sacerdote de Betel. El segundo intenta prohibir al profeta su tarea de profetizar en Betel, porque es el santuario del rey y el templo principal del reino. Amós era oriundo de Tecoa, en el reino de Judá, al sur; pero desempeñaba su misión profética en el norte, en Israel. Muy mal iban las cosas en ese reino, había mucha prosperidad material, pero el pueblo estaba podrido por dentro: el rico oprimía al pobre, el poderoso explotaba al humilde, el adine­rado se enriquecía con extorsiones, medidas injustas, usuras despiadadas.

Añadíanse a esto suntuosas casas de campo, lechos de marfil, vino aromático, manjares sucu­lentos, hombres embriagados por el lujo y la lujuria, culto de mucho ruido e incienso, pero abominables; prostitución sagrada, costumbres paganas, abandono de la fe yavista.  Amasías no reconoce la voz de Dios en el profeta, su confianza está puesta en el trono de la realeza y en un santuario hecho de piedras en Betel. En efecto, Betel gozaba de la protección real, era el santuario oficial del reino y, desde los tiempos de Je­roboam I, dotado de privilegios especiales y frecuentado por multitudes. Supuestamente su mantenimiento y culto garantizaban la protección de Yavé. Pero esto era un gran engaño. Para Amasías más importante que la voz de Dios en el profeta era la formalidad de una religión que intentaba ser oficial y que estaba marcada por una serie de ritos y normas.

El profeta refuta y con razón. Él es un simple pastor de ovejas que un día escuchó en su corazón la llamada de Dios, que le enviaba a profetizar un mensaje de salvación. Queda en claro que él no se ha dado a sí mismo la tarea, es Dios quien le envía sin que él lo merezca, y ha de emprender su misión con total libertad, confiando en la fidelidad de Dios antes que en la aparente seguridad que puedan brindar las estructuras formales de una religión oficial. Amós viene arrastrado por el “soplo” de Dios, y este soplo es irresistible. Es un profeta de vocación particular. Y ahora su oficio es ese: condenar aquello. Es la voz de Dios, a veces suave como una brisa; y otras, implacable como un fuego devorador. Rechazar esta voz es rechazar al mismo Dios.

CON UNA TÚNICA, UN BASTÓN Y UN PAR DE SANDALIAS

Más clara aún es la página del evangelio (Mc 6, 7-13), que nos narra cómo un día Jesús llamó a sus doce apóstoles para enviarlos de dos en dos a anunciar la buena  nueva del Reino. Los envía de dos en dos, pues así será más seguro su testimonio. Los envía por tierras de Galilea, sin salir de los confines del pueblo elegido. Les hace par­tícipes de su misión y poder: lanzar demonios. Es el signo evidente de la lle­gada del Reino. Ellos han de predicar la conversión, porque sin conversión no puede implantarse este Reino. No son ellos los que se dan la tarea a sí mismos, es Jesús quien los llama gratuitamente y los hace partícipes de su gran misión. Pero llama la atención las instrucciones que reciben de parte de su Maestro: les permite llevar un bastón de soporte y sandalias, pero les prohíbe llevar pan, alforja, dinero y túnicas de repuesto. No es que esas cosas no sean importantes para un viaje misionero, pero ellos han de comprender que cuanto menos recursos lleven en sus mochilas más libres se sentirán en su empresa, y que sin menospreciar los recursos humanos, han de poner su confianza primero en Dios y en su Providencia, que jamás nos abandona y nos concede todo aquello que necesitamos si sabemos confiar en Él. Son los mensajeros de la luz y de la paz. Pero ¡ay de aquellos que se cierren a su voz! La paz pa­sará con ellos de largo y pueda que jamás retorne.

Intentemos una aplicación concreta para nuestras vidas. También a nosotros el Señor nos llama hoy gratuitamente para hacernos partícipes de la misión de construir con Él su propio Reino, cada uno según su condición personal y en las circunstancias que le rodean. Pero nos pide libertad interior. No aferrarnos a nuestros esquemas, a nuestros planes y a nuestros recursos humanos, sino y ante todo a su gracia, que jamás nos abandona. Un pájaro parado sobre una rama no teme que la rama se quiebre, pues su confianza no está puesta en la rama sino en sus propias alas. Salvando la diferencia, estas alas son el amor gratuito de Dios y la rama nuestros efímeros recursos humanos. En la tarea de la evangelización y en cuanta empresa debamos realizar, pongamos primero la confianza en Dios y Él pondrá todo lo demás. Aprendamos a reconocer su voz en las mediaciones que Él mismo pone en nuestro camino, aunque éstas no sean las que realmente esperábamos, no sea que sobre nuestra historia sean sacudidas las sandalias de Dios.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb