b) 19 de julio

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Jr 23, 1-6 / Sal 22/ Ef 2, 13-18/ Mc 6, 30-34

EN VERDES PRADERAS

Habituados hoy al ensordecedor ruido de los autos, desplegando nuestras vidas en esta selva de cemento a la que llamamos ciudad, a un ritmo acelerado que tiende a ir cada vez más de prisa, nos resulta quizás extraña la imagen del pastor que cuida con amor de sus ovejas y las conduce hacia verdes praderas y fuentes tranquilas para alimentarlas y hacerles reposar. Hoy la Palabra de Dios juega con esta imagen para hablarnos de la gran responsabilidad que tenemos quienes hemos recibido gratuitamente de Él la misión de animar espiritualmente la porción de su pueblo que nos ha sido confiada. En efecto, la imagen del pastor es bastante recurrente en la Sagrada Escritura. Se aplicaba principalmente al rey y al sacerdote, es decir, a quienes tenían la misión de guiar el destino del pueblo, sea en el plano político o espiritual. Escuchamos, pues, en la primera lectura la voz de Jeremías, el profeta, que habla en nombre de Dios para denunciar los abusos de los malos pastores de su época, que lejos de cuidar con amor, dispSersan y ahuyentan al pueblo que les ha sido confiado. En tiempos difíciles, a este hombre bueno le tocó una dura misión, que consistía en anunciar y contemplar la destrucción del pueblo elegido por Dios. Pobre pueblo y pobre casa de Israel, pero ¿Dónde estaban sus guías? ¿Dónde estaban aquellos que tenían la misión de conducirte por los caminos del Señor?

Estos malos guías, pensando en sí mismos y en su bienestar personal, sólo habían dispersado el rebaño, lo habían ahuyentado, lo habían descuidado y abandonado, con su falta de diligencia y sus malos ejemplos. Por esta misma razón, Dios exigirá cuentas severas a estos falsos pastores con un juicio terrible. Sin embargo, Él es rico en misericordia y escribe recto sobre renglones torcidos. El profeta alcanza a vislumbrar la llegada de un auténtico pastor que reunirá, cuidará, hará crecer y multiplicará para su pueblo. No hay que temer porque no habrá más perdición.

Las palabras proféticas encontrarían su realización muchos años después con la llegada del Hijo de Dios encarnado. Leyendo las reveladoras páginas del evangelio vemos a Jesús como un buen pastor, que conoce y ofrece todo tipo de cuidados por sus ovejas. En primer lugar se preocupa de sus apóstoles, que acaban de llegar de la misión a la cual les había enviado de dos en dos. Ellos regresan contentos, pero muy cansados, a contar las maravillas obradas en nombre de Dios. Jesús atiende a sus cansancios llevándolos a un lugar solitario para orar y reponer las fuerzas, haciendo realidad las palabras que tiempo atrás brotaran del corazón del salmista: “El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”.

Pero no hay descanso físico que pueda ser indiferente a las necesidades de la gente. El Señor contempló la multitud de personas que habían ido en busca de ellos, y sintió no lástima, sino compasión. La lástima es estéril, la compasión produce fruto abundante. El motivo que tocó las fibras íntimas de su corazón fue contemplar una multitud extraviada y errante como oveja sin pastor. Nos dice el evangelista que Él mismo tomó la iniciativa, interrumpió su descanso y se puso a enseñarles con cariño y autoridad.

“El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas…” Salmo 23

A dos mil años de distancia nos vemos interpelados hoy por lo que la palabra de Dios nos ha querido recordar. Para todos, pero muy especialmente para quienes hemos recibido la misión de apacentar, qué importante resulta encontrar un pequeño oasis en medio del desierto de la vida. Un oasis de soledad, de silencio, de contemplación, pero junto al Señor. Sólo en su presencia el descanso y el silencio no se vuelven vanos. Envueltos en el ruido y errantes en la senda de un mundo que gira muy de prisa, nos cuesta comprender que el silencio y la contemplación son vías muy importantes para el encuentro personal con Dios. Nadie da lo que no tiene. Si como apóstoles no nos llenamos de Dios en el silencio contemplativo y en la oración, mucho menos lo podremos comunicar a los demás.

Y todo pastor que quiera ser bueno, como el Señor, ha de dejarse llevar por sentimientos de compasión frente a las grandes necesidades de la gente. Aunque parezca paradójico, en medio del confort y de la búsqueda desenfrenada de placer y bienestar, se esconde en todo hombre un fuerte deseo de Dios. Y para eso estamos los pastores: para que nuestra vida y nuestra presencia hablen de Dios. Hay una misión muy grande que gratuitamente nos ha sido confiada por Él, pero, ay de nosotros si somos malos pastores. Hoy esta palabra nos interpela severamente sobre la calidad de nuestro  ministerio, sobre nuestro apasionamiento por comunicar a Cristo a quienes vienen a nuestro encuentro, sobre nuestra dedicación para ir al encuentro de quienes no vienen a buscarnos y andan extraviados en las periferias existenciales del mundo de hoy. El Señor no tuvo reparo alguno para interrumpir su descanso y ponerse a servir, pero cuántas veces nosotros nos dejamos llevar por el aburguesamiento, la comodidad y la indiferencia ante las necesidades espirituales de nuestro pueblo. A los guías espirituales la gente podrá perdonarnos muchas cosas, nuestros yerros, nuestra tosquedad y hasta nuestra falta de preparación, pero nunca nos perdonará, por ejemplo, que no tengamos tiempo para ellos.

Que esta palabra nos sirva hoy como un auténtico examen de conciencia. Que de la mano con nuestra gente, guiados por el Señor, avancemos todos juntos hacia aquellas vedes praderas a donde Él nos quiere conducir.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb