c) 26 de julio

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

2Re 4, 42-44/ Sal 144/ Ef 4, 1-6/ Jn 6, 1-15

COMPARTIR EN NOMBRE DE JESÚS

Inmersos en un mundo mercantilista, donde todo se vende y se negocia, fácilmente nos acostumbramos a medir las cosas al momento de ofrecerlas. Muchas veces nos mostramos mezquinos y perdemos el valor de la generosidad y de la solidaridad. Hoy la palabra de Dios tiene un hermoso mensaje sobre esta situación, porque Dios actúa de una manera muy diferente a como lo hacemos ordinariamente nosotros.

En la primera lectura, tomada del segundo libro de los reyes, vemos al profeta Eliseo haciendo un acto de generosidad. Le quieren regalar veinte panes y un poco de grano, pero él piensa en la gente que le rodea. Son alrededor de cien personas, quizás muy cansadas, quizás muy hambrientas. Él ofrece esta donación con la confianza puesta en Dios, lo ofreció todo, sin guardarse nada para sí, y es Dios quien obró la maravilla, pues la gente comió hasta saciarse y sobró. Un hermoso signo que de algún modo prefiguró lo que Jesús haría en el nuevo testamento.

En efecto, una hermosa página tomada del evangelio de Juan, nos narra cómo un día Jesús alimentó a una muchedumbre hambrienta, que se había congregado en torno a Él para escucharle con atención. El evangelista recrea la escena con ciertos detalles que pone bajo nuestro conocimiento: a la orilla del mar de Galilea, desde lo alto de una pequeña montaña, muy cerca de la fiesta de pascua, ante más de cinco mil personas y en un lugar donde había mucha hierba. Desde lo alto de la montaña el Señor lanza una mirada humanitaria fijando su atención en el hambre de aquella gente. Han caminado mucho, han pasado muchas horas bajo el sol, han hecho un sacrificio grande para congregarse en torno al Señor y están muy cansados. Es natural que necesiten comer, pero de ¿de dónde sacar el alimento necesario y suficiente? Jesús acude a sus discípulos en busca de una solución. Felipe, con buen sentido práctico, le expone las dificultades, pues no hay el dinero suficiente, ni siquiera doscientos denarios serían suficientes. Un denario equivalía al jornal de un trabajador. ¿Podía Jesús haber dado solución a la situación sin necesidad de acudir a sus discípulos? Claro que sí, Él podía haber hecho que la hierba abundante se convirtiera en pan si así lo hubiese deseado, pero no quiso hacerlo, porque de algún modo quiso enseñarnos que en la obra de la salvación el hombre debe siempre colaborar. Y la generosidad con un fuerte sentido solidario es una excelente muestra concreta de colaboración. Dios salva gratuitamente al hombre, es verdad, pero siempre con la colaboración del hombre.

Es entonces cuando el dramatismo de la situación cambia repentinamente de color. Por allí le presentan a un muchachito que tiene algo para comer. No es mucho, son sólo cinco panes de cebada y dos peces, pero lo maravilloso no es la cantidad sino la generosidad del muchacho, pues él lo ofreció todo, sin reservar nada para sí. Tomando los panes y dando gracias al Padre, el Señor obró un signo admirable, multiplicando la pequeñez de la ofrenda y alimentado a aquella multitud. Eran más de cinco mil personas, sin contar mujeres y niños, lo cual nos habla de una multiplicación abundante, más aún si cada uno comió hasta saciarse y si al recoger las sobras se alcanzaron a llenar doce canastos. El evangelista, pues nos quiere poner de relieve que cuando somos capaces de compartir de lo nuestro en nombre de Jesús, alcanza para todos, nadie sufre necesidad, porque el Señor se encarga de multiplicar y de romper los límites de nuestra pequeñez. El signo obrado en la soledad y silencio del lugar manifiesta que el Señor es el alimento de los hombres, es el gran Profeta, es el Rey.

Dios no mide nuestras ofrendas, las pesa, y la unidad de peso que utiliza se llama amor. Tanto Eliseo, el profeta, como el muchacho del evangelio, ofrecieron poco, pero lo dieron todo y lo dieron con amor. A muchísimos años de distancia hoy nos vemos interpelados muy de cerca por esta palabra. Son tantas las necesidades que vemos a nuestro alrededor, pero ¿qué hacemos frente a ellas? ¿Qué aportamos de nosotros mismos para que los problemas encuentren solución? Nadie es tan pobre que nada tenga que ofrecer. Pero no se trata de ofrecer cualquier cosa y de cualquier manera, se trata de darlo todo y darlo con amor, el Señor se encargará de multiplicar. Ponemos nuestros panes y nuestros peces, como expresamos en un canto, y el Señor pondrá todo lo demás. Hay que dar hasta que duela, decía san Alberto Hurtado, pero ¿somos capaces de llegar hasta esa dimensión?

La gracia de Dios es siempre mayor y sobreabundante, lo expresan claramente las diversas páginas del evangelio. Cuando se trató de convertir el agua en vino, en Caná, las seis tinajas fueron llenadas hasta el borde; cuando se trató de la pesca milagrosa, las redes se rompían por tantos peces que había dentro de ellas; la mano de dios se abre y todos los vivientes acuden a saciarse de ella, como rezábamos en el salmo responsorial. Dios es así, siempre generoso y bueno, nunca mezquino, y espera nuestra colaboración generosa. Que el señor nos ayude a ser siempre solidarios y que ofreciendo desde nuestra pobreza podamos enriquecernos los unos a los otros en nombre del Señor.

P. José Antonio Pachas Zapata sdb