- Cuarto día

CUARTO DÍA

Santa María, Madre de la unidad

“Bendita Tú entre las mujeres” (Lc. 1,42)

Diciembre de 1859. El sueño de la niñez, repetido en más de una ocasión, la experiencia del oratorio, con todos sus avatares, y los consejos de algunos personajes, hacen madurar en Don Bosco la idea de fundar una congregación religiosa dedicada al servicio de la juventud, sobre todo la más pobre y abandonada. A la sazón, el santo de Turín contaba ya con cuarenta y cuatro años de edad y la experiencia de Valdocco estaba bastante consolidada. Veamos un breve recorrido histórico.

“Ya en 1841, el sacerdote Juan Bosco, trabajando en asociación con otros presbíteros, empezó a acoger a jóvenes pobres y necesitados en algunos lugares adecuados de la ciudad de Turín. Para preservar esa unidad de espíritu y disciplina de la que dependía el éxito de los Oratorios, desde 1844 unos cuantos sacerdotes se unieron para formar una especie de congregación. Esto fue para ayudarse mutuamente con el ejemplo y el estudio. No hicieron ningún voto propiamente dicho, solo se comprometieron por medio de una simple promesa a dedicarse exclusivamente a aquellos menesteres que su Superior juzgase que eran para mayor gloria de Dios y el bien de la propia alma. Reconocían como Superior suyo al sacerdote Juan Bosco. El santo no pudo encontrar un nombre satisfactorio para los miembros de esta agrupación apostólica. En distintas ocasiones los llama aliados, asociados, bienhechores, promotores, cooperadores y hasta “congregación”.

La palabra “congregación” debe entenderse en el sentido amplio que tenía en el siglo XIX que no designaba necesariamente una sociedad religiosa con votos simples; se usaba para nombrar un grupo de fieles que se unían para hacer obras pías y de caridad, como por ejemplo, las “congregaciones” marianas. En 1850, la Congregación Salesiana, en la mente de su fundador, era una asociación de cristianos unidos con el sacerdote Juan Bosco para el bien de los jóvenes del Oratorio de Turín. Su patrón era san Francisco de Sales, el gran santo de Saboya y modelo de amabilidad, muy popular por aquel entonces en el Piamonte.

El sacerdote Juan Bosco a menudo se encontraba rodeado de quinientos o seiscientos jóvenes, así que se hizo imposible controlar esa multitud y cubrir sus necesidades. Muchos sacerdotes celosos y también devotos laicos vinieron a ayudarle en este ministerio tan necesario. Con gran orgullo podemos citar los nombres de los más destacados: el teólogo Borel, el sacerdote José Cafasso, el canónigo Borsarelli, estos fueron los primeros cooperadores de entre el clero. Pero la mayoría de estos sacerdotes estaban muy ocupados. Don Bosco tuvo que recurrir a laicos que, más liberados, tenían dinero suficiente como para permitirse disponer de su tiempo para enseñar el catecismo, dar clases [diurnas y nocturnas], ayudar en cuestiones logísticas y en las actividades al aire libre. Su tarea era dirigir las oraciones y los cantos, preparar a los jóvenes para recibir los sacramentos e instruirlos para la confirmación. Mantenían el orden fuera de la iglesia. Recibían a los jóvenes a la entrada del Oratorio y amigablemente se unían a ellos en sus juegos, manteniendo el orden mientras jugaban. Otra tarea importante de estos “cooperadores” era la colocación de los jóvenes en el mundo del trabajo. Muchos de éstos venían de aldeas y pueblos lejanos, necesitaban comida y un empleo, y alguien que se preocupara de ellos. Se aseguraban de que los chicos estuviesen aseados y convenientemente vestidos para ir a solicitar trabajo. Durante la semana los visitaban, y se veían el domingo para no dejar que un solo día destruyera el fruto de varias semanas de esfuerzo. Incluso en las peores tardes del invierno muchos de estos cooperadores iban por calles peligrosas para venir a enseñar a leer, escribir, aritmética y gramática a estos jóvenes. Otros venían cada tarde para atender a los que iban más lentos en el catecismo.

Don Bosco creyó probablemente que la estructura de una congregación “mixta” era demasiado endeble. La crisis del Oratorio de 1851-1852 parece que le sirvió de aviso. Hacia 1852, o incluso antes, ya estaba preparando a algunos muchachos con la esperanza de que se quedaran con él. En marzo de 1858, estando en Roma, Don Bosco había presentado un borrador de la Regla a Pío IX. El Papa era abiertamente partidario de una congregación religiosa propiamente dicha, con los tres votos tradicionales, pero permitiendo que cada miembro fuera “religioso para la Iglesia y libre ciudadano en la sociedad civil”. Este era el concepto que Don Bosco acariciaba desde el primer borrador de las constituciones. Los salesianos no eran una congregación religiosa, sino una organización religiosa caritativa que ayudaba a los jóvenes abandonados y que la palabra latina “voto” podía traducirse como promesa en italiano. Alegó que ante la Iglesia y el Estado los salesianos eran considerados como una pía sociedad caritativa cuyos miembros disfrutaban y ejercían todos los derechos civiles de ciudadanos libres.

Sea como fuere, el 9 de diciembre de 1859, Don Bosco reunió a un grupo de miembros en su habitación y les propuso formar una congregación religiosa. A pesar de algunos recelos (¡convertirse en frailes!) decidieron quedarse con Don Bosco; todos, excepto dos, aparecieron en un encuentro posterior el 18 de diciembre. Aquella tarde se redactó el acta fundacional de la Sociedad Salesiana, distinta de la primitiva Congregación de San Francisco de Sales. Registra los nombres de 18 miembros efectivos de la Sociedad, centrados en tomo a Don Bosco, y describe el espíritu y los fines de la Sociedad. Todos con el fin y en un mismo deseo de promover y conservar el espíritu de verdadera caridad que se requiere en la obra de los Oratorios para la juventud abandonada y en peligro. Agradó a los mismos reunidos erigirse en Sociedad o Congregación que, teniendo como mira la mutua ayuda para la santificación propia, se propusiera promover la gloria de Dios y la salud de las almas especialmente de las más necesitadas de instrucción y de educación. Se solicitó por unanimidad a Don Bosco que aceptara el oficio de superior. El subdiácono Miguel Rúa fue elegido por unanimidad como director espiritual. El 14 de mayo de 1862 un grupo de 22 que había estado “viviendo en comunidad”, a cargo de Don Bosco, dio otro paso adelante: “Prometieron a Dios observar la Regla con los votos de pobreza, castidad y obediencia durante tres años”. Miguel Rúa, ordenado sacerdote dos años antes, dirigió la fórmula de profesión, mientras los otros la repetían tras él.

José Buzetti se buscó un trabajo en Turín y fue a despedirse de Don Bosco. Con su acostumbrada franqueza le dijo que ya se estaba convirtiendo en la última rueda del carro, que le tocaba obedecer a los que él había visto llegar de niños, a los que había enseñado a limpiarse la nariz. Manifestó su gran pena por tener que marcharse de aquella casa que había visto levantarse, desde los días del sotechado. Don Bosco no le dijo: “Me dejas solo. ¿Cómo me las apañaré sin ti?”. No tuvo compasión de sí mismo. Pensó en él, en su amigo más querido: “¿Ya has encontrado trabajo? ¿Te pagan bien? No tienes dinero y ciertamente te hará falta para los primeros gastos”. Abrió los cajones de la escribanía: “Tú conoces, mejor que yo, estos cajones. Toma lo que te falta; si no alcanza, dime cuánto necesitas y lo buscaré. No quiero, José, que tengas que padecer ninguna privación por mí”. Le miró después con aquel amor que solamente él tenía para sus muchachos: “Nos hemos querido siempre. Espero que no me olvides nunca”. Entonces Buzetti estalló en llanto. Lloró largo rato, y dijo: “No, no quiero dejar a Don Bosco. Me quedaré siempre con él”.