- Primer Día

PRIMER DÍA

Madre y Maestra espiritual

“El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc. 3,35)

“Tuve por entonces un sueño que me quedó profundamente grabado en la mente para toda la vida. En el sueño me pareció estar junto a mi casa, en un paraje bastante espacioso, donde había reunida una muchedumbre de chiquillos en pleno juego. Unos reían, otros jugaban, muchos blasfemaban. Al oír aquellas blasfemias, me metí en medio de ellos para hacerlos callar a puñetazos e insultos. En aquel momento apareció un hombre muy respetable, de varonil aspecto, notablemente vestido. Un blanco manto le cubría de arriba abajo; pero su rostro era luminoso, tanto que no se podía fijar en él la mirada. Me llamó por mi nombre y me mandó ponerme al frente de aquellos muchachos, añadiendo estas palabras:

-   No con golpes, sino con mansedumbre y caridad deberás ganarte a éstos, tus amigos. Ponte, pues, ahora mismo a enseñarles la fealdad del pecado y la hermosura de la virtud’.

-    ¿Quién eres tú para mandarme estos imposibles?

-      Precisamente porque esto te parece imposible, debes convertirlo en posible por la obediencia y la adquisición de la ciencia.

-      ¿En dónde?, ¿Cómo podré adquirir la ciencia?

-       Yo te daré la Maestra, bajo cuya disciplina podrás llegar a ser sabio y sin la cual toda sabiduría se convierte en necedad.

-       Pero ¿quién eres tú, que me hablas de este modo?

-        Yo soy el Hijo de aquella a quien tu madre te acostumbró a saludar tres veces al día.

-          Mi madre me dice que no me junte con los que no conozco sin su permiso. Dime, por tanto, tu nombre.

-          Mi nombre pregúntaselo a mi madre.

En aquel momento vi junto a él una Señora de aspecto majestuoso, vestida con un manto que resplandecía por todas partes, como si cada uno de sus puntos fuera una estrella refulgente. La cual, viéndome cada vez más desconcertado en mis preguntas y respuestas, me indicó que me acercase a ella, y me tomó  bondadosamente de la mano:

-   Mira, me dijo.

Al mirar me di cuenta de que aquellos muchachos habían escapado, y vi en su lugar una multitud de cabritos, perros, gatos, osos y varios otros animales.

-    He aquí tu campo, he aquí en donde debes trabajar. Hazte humilde, fuerte y robusto, y lo que veas que ocurre en estos momentos con estos animales, lo deberás tú hacer con mis hijos.

En aquel momento, siempre en sueños, me eché a llorar. Pedí que se me hablase de modo que pudiera comprender, pues no alcanzaba a entender qué quería representar todo aquello. Entonces ella me puso la mano sobre la cabeza y me dijo:

-    A su debido tiempo todo lo comprenderás.

Dicho esto, un ruido me despertó y desapareció la visión. Quedé muy aturdido. Me parecía que tenía deshechas las manos por los puñetazos que había dado y me dolía la cara por las bofetadas recibidas. Y después, aquel personaje y aquella Señora de tal modo llenaron mi mente por lo dicho y oído, que ya no pude reanudar el sueño aquella noche.

Por la mañana conté en seguida aquel sueño; primero a mis hermanos, que se echaron a reír, y luego a mi madre y a la abuela. Mi hermano José decía:

-   Tú serás pastor de cabras, ovejas y otros animales.

Mi madre:

-    ¡Quién sabe si un día serás sacerdote!

Antonio, con dureza:

-    Tal vez, capitán de bandoleros.

Pero la abuela, analfabeta del todo, con ribetes de teólogo, dio la sentencia definitiva:

-   No hay que hacer caso a los sueños.

Yo era de la opinión de mi abuela, pero nunca pude echar al olvido aquel sueño. Y yo no hablé más de esto, y mis parientes no le dieron la menor importancia.